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miércoles, 7 de marzo de 2018

El matalote 7


"Querido lector"

        


Querría criticar las campañas de fomento a la lectura que han pululado en televisión, prensa, revistas y espectaculares en la Ciudad de México, pero pensándolo bien, me ha parecido injusto hacer de ese esfuerzo -loable, aunque equivocado- una burla o una anti-campaña. Sólo me preguntaré: ¿Han servido de algo? ¿Más gente está interesada en leer, y si lee sobre qué temas lee y por qué?

De que se compran más libros no tengo duda. 10 mil millones de pesos al año es lo que genera la industria editorial mexicana, a pesar de que solo 46 personas de cada 100 que compran libros los leen (Milenio/negocios, Frida Lara. 10-09-17), y más de la mitad de lo editado son libros de texto y cursos de inglés.

Curiosamente, las razones que dan las personas para no leer son la falta de tiempo y el desinterés, y no el factor económico, necesariamente. Lo que demuestra que aunque no son tan buenos los mensajes, compramos más. Los libros se han convertido en un objeto de “status”, tanto intelectual como social. Pero los supuestos lectores, ¿irán más allá del desfloramiento del retractilado? (quitarles el celofán) Por eso quiero compartir mi punto de vista sobre el fenómeno de leer. Sí con doble e y acento prosódico en la segunda, como le dijo la niña mamona, esa, al Nuño.

Como publicista noto que, salvo la campaña de la librería Gandhi, que merece todos mis respetos, todas las demás parten de una estrategia prejuiciosa, institucionalista, que posiciona la lectura como una actividad snob, lejana a los intereses de la gente, y que es algo “cool” para los “millenians” o los “hipsters” que, por cierto, consumen más e-books que libros de papel. Promover la imagen de un tipo leyendo es para algunos atractivo, “sexy”; pero para la mayoría, es aburrido. Recomendar leer 20 minutos al día es como sugerir tomar 2 litros de agua, hacer 15 minutos de jogging, o usar condón; comer frutas y verduras: una actividad sana. Además, los libros están tan caros que para decidirse a comprar uno se tienen que descartar muchos otros títulos deseables.

Siempre que veo alguien con un libro en la mano me fijo qué tan avanzado va en su lectura. Por lo regular compruebo que no han pasado de las primeras páginas. Y resuelvo que esa persona no es un lector consuetudinario, sino que lee porque “hay que leer. Leer es bueno”. Se lo dijo el sistema. Ahora resulta que una pulsión ética se ha convertido en una moralina. No deja de ser una aproximación frívola de algo que resulta tan íntimo y personal como hacer el amor.


El problema es que se ha visto al libro como un fin y no como un medio. Claro que el libro-objeto (arte) puede ser un fin en sí mismo. Pero aquí quiero hablar específicamente del instrumento transmisor de información. Del conocimiento ya ni hablamos, pues ese sucede en el lector, al procesar la información con su experiencia (pensar). El libro es el trámite burocrático por el que hay que pasar para saber, saber que se sabe y qué no se sabe; la carretera que hay que recorrer para encontrar el destino. Entonces el tema es saber qué se quiere saber y dónde encontrarlo. Hay que generar problemas, discusiones, historias de casos que remitan a autores, temas, lugares, situaciones que lleven a leer una novela para poder hablar de sus valores literarios; a conocer la obra de Montaigne para hablar de todo o exaltar su habilidad de observación. Elevar el nivel de las conversaciones del reporte de las actividades domésticas al intercambio de ideas, a la discusión, el debate y, ¿por qué no? llegar a conclusiones que deriven en la creación de un nuevo conocimiento. Innovación. Cultivar ese bagaje será, entonces, como platicar que en el camino te paraste a comer en un restorán, y luego en una gasolinera, y que pasaste la noche en un motel y al día siguiente acampaste a cielo abierto.



Vuelvo a la metáfora del amor. Cuando se lleva una vida sexual activa, gozosa y feliz, se nota en el rostro, en el brillo de los ojos, en el ritmo de hacer las cosas, en la disposición proactiva hacia la vida, en el buen humor y en la forma en que se afrontan las catástrofes. Nada importa demasiado, si uno goza de lo trascendental. Y no hace falta exhibirse ante todos en el acto, sino que esa experiencia se vuelve privada e íntima; es como un alimento único que nutre el alma y el espíritu; hay pudor, privacidad. La lectura es así.

Al respecto del pudor en la lectura hemos tenido que trasponer las puertas de la intimidad para hacerlo masivo, por razones que le competen más a la mercadotecnia que al conocimiento. Y es porque en las conversaciones ya no sucede ese encuentro secreto entre las personas que comparten experiencias de lectura como para no caer en la vulgaridad de la cita bibliográfica, sino en el guiño de un concepto, un autor, algún pasaje, una frase como la de “are you talking to me?” o “el amor que no se atreve a decir su nombre”. La educación no es homogénea, y eso hace que la seducción de las ideas no permee igual a todos. Quizás ahora eso pase más con las películas, aunque el individualismo colectivo lo atomiza todo*.

Si hacemos eso, ¿qué más da comprar un libro usado en vez de uno nuevo, si además, podemos ahorrarnos unos pesos; pedirlo prestado o sacarlo de la biblioteca? Las librerías de nuevo sólo venden libros nuevos. Difícilmente vamos a encontrar textos que no estén de moda, a menos de que sean lecturas escolares, clásicos o novedades. Hay una enorme cantidad de textos a los que uno puede llegar si sigue la ruta de su curiosidad, no la del mercado. Un libro lleva a otro. Y para eso están las librerías de viejo, llenas de historias de historias. (Sí. lo dije bien) Y en esos espacios mágicos, que parecen saturadas panzas de bajeles, lo importante es no perder la brújula de los saberes, y el sabor de la intuición.

Lo ideal sería tener una variedad de intereses que nos lleven a buscar la información, por lo regular contenida en un libro del tema. Por eso suponer o dar por hecho que a todos nos interesa la historia o los cuentos para niños es algo reduccionista y peligroso porque habrá personas con inquietud por otros temas más prácticos que se van a perder en el camino y dirán: Yo no soy muy afecto a la lectura. ¿Pues cómo, si la mayoría de esos esfuerzos están enfocados a promover la narrativa (novela, cuento) y la poesía, nada más (literatura). También están las biografías, los libros técnicos, los clásicos, los religiosos y esotéricos, los compendios de recetas, las instrucciones para armar un cohete o una bomba casera.


Si el objetivo de las campañas ha sido aumentar las ventas de las editoriales, van muy bien. Pero si éste es acercar a los lectores a escribir su historia de autoconocimiento y despegue de sus potencialidades, no vamos por buen camino.
Leer es lo de menos. Lo importante es estar interesado en un tema, tener curiosidad, necesidad, hambre de saber. Por falta de todo esto fracasan las materias de español, literatura e historia en las escuelas. Porque no parecen tener una aplicación práctica en la vida cotidiana. ¿Qué le va a aportar el Mester de Clerecía a un chavo de quince años cuando lo que le interesa más bien está en la exquisita narrativa de Arturo Perez Reverte en La reina del sur? Los libros nos revelan, sobretodo, y cada vez más, todo aquello que nos falta por saber. Y ahí está el enganche. Por eso es una aventura personal, no escrita, sin reglas, mas que la honestidad del “querido lector” al que dirigió sus palabras el maldito poeta, Baudelaire.



José Manuel Ruiz Regil
Poeta, publicista y analista cultural.

sábado, 17 de febrero de 2018

El Matalote 4

Regreso al humanismo
      

I

No es por hacerme la víctima, ni es mi intención justificar nada, pero en veinte años de actividad profesional como creativo publicitario, guionista, locutor y analista cultural, he sido partícipe y testigo de cómo ha cambiado la visión de las actividades tradicionalmente llamadas humanistas frente a otras que, únicamente, están enfocadas a producir, ya no digamos productos y servicios para los consumidores, sino grandes ganancias económicas -entre ellas el tráfico de influencias. Y miren que el medio publicitario se presta mucho para eso -como todos; no se diga la política.




El neoliberalismo rampante y ciego se nota en todos los procesos de desarrollo y producción; desde la escuela hasta el mercado laboral donde oficios, antes bien valorados porque elevaban el nivel de prestigio de quienes los ejercían y los consumían, ahora son despreciados porque no se les reconoce ya una utilidad práctica. Qué tiempos aquellos cuando ir a discutir una idea con Don Eulalio Ferrer era asistir a una lección de buenos modales, consideraciones éticas y expresión impecable. Tuve un muy buen amigo - yo en mis veintes, él en sus sesentas-, pianista de vocación y broker de seguros, Juan Viguria, quien me acercó materiales invaluables en copias fotostáticas (Theillard de Chardin, Antony de Mello, Auspensky, Maharishi y la meditación trascendental, el cuarto camino, budismo zen, por no hablar de las decenas de cassettes con conferencias y música clásica que me obsequió). También otro broker, Carlos Gurrea, que además era fotógrafo y publicaba en National Geographic y en Image bank. Él me enseñó a leer una fotografía por cuadrantes y me aconsejaba “tirar película, que es lo más barato del oficio” .“Charrampion” me decía, cuando nos encontrábamos en los elevadores de la aseguradora.




Yo salí de la Universidad de la Comunicación en 1992. Desde entonces ya se batallaba mucho en las empresas con el presupuesto para comunicación y publicidad. Veníamos de una época conocida por los que la vivieron como “la danza de los millones”; fueron los ochentas, donde producir un comercial para una marca era pretexto para vivir una bacanal de órdago, en medio de lujos y extravagancias exorbitantes. Fue la época de los grandes creativos “artistas”; sí, muchos directores de arte y creativos fueron pintores y escritores muy conocidos años después o en paralelo, entre ellos se cuentan desde Dalí o Picasso hasta Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Nacho Padilla. La publicidad era una forma de vida; las drogas, los viajes, la prostitución, los grandes despilfarros y la fiesta constante -algunos se quedaron ahí. A mi generación le tocó, acaso, el último refilón de aquello que empezó en los sesenta.




Los recortes en presupuesto tanto en la macroeconomía como en la micro siempre fueron dirigidos en primera instancia a las actividades publicitarias, pues estaban posicionadas como gasto suntuario, un lujo, nunca vistas como inversión; a cultura y educación. ¿Deveras los directivos de las empresas y altos funcionarios del gobierno no sabían que esa industria era su principal aliado en la creación de imagen, opinión y percepción de la realidad? Pensaban, entonces, que sólo era el pretexto que la chamba les daba para convivir con modelos exclusivas, salir de casa unos días y ponerse hasta el copete sin gastar un solo peso de su bolsillo? Como no entendieron eso se les hizo fácil eliminar lo supuestamente superfluo. Y desde entonces, capacitación y publicidad han sido sacrificadas en aras de una política de austeridad.




Agradezco que en la Universidad todavía tuviera materias como Antropología filosófica, sociología, psicología, análisis cultural y periodismo, y en la Sogem Historia de la cultura -ahí sería pecado no haberla tenido-, con el maestro José Antonio Alcaraz, quien se sabía la vida de alcoba de casi todos los personajes y funcionarios de su época. -Ah, Beatriz Espejo, también. Ahora sólo enseñan guiones para t.v.-; en prepa, etimologías y ética; lo mismo que en secundaria civismo, con el Lic. Agustín Yañez, quien “off the records” nos enseñó a tomar la botella de refresco levantando el dedo meñique como una antigualla monárquica que algunos todavía conservamos. Todo esto combinado con historia y literatura hace del bachiller un individuo consciente de su entorno, del “otro” y de su responsabilidad como individuo trascendente. Máxime si se es alumno de una escuela católica donde, además de esas materias se cursa religión y se va a la capilla en los descansos.





II

La tecnología nos dinosaureó en un triz. Los cambios de los últimos años en el lenguaje, la forma de vestir, los dispositivos que se usan, los antros que se frecuentan marcan una severa diferencia. Hoy impera la velocidad y la rentabilidad; todo es negocio. Y no es que esté en contra de ello, o de la riqueza y el bienestar material, sino que se soslayan aspectos éticos en busca de una ganancia económica a costa de lo que sea, y si no vas al ritmo, te quedas atrás. Y te quedas con todo eso que apropiaste durante años en tus reflexiones íntimas, en tus horas de lectura y en esas exquisitas discusiones con amigos y maestros; es decir, lo que no importa; con el tiempo perdido (desde la perspectiva materialista). Y pasarán años y tus saberes se irán perdiendo si tú no los conservas y los ejerces, y los compartes en pequeños grupos. Y no quedará nada del hombre más que su capacidad maquiladora, hasta que ésta sea reemplazada por los robots inteligentes, que te volverán a desplazar al desempleo y al ocio obligatorio.




No me crean apocalíptico (en términos de Eco), porque tengo una esperanza que persigo desde hace más de diez años al ver todo esto que les cuento: eso que hoy despreciamos mañana lo necesitaremos como el aire para vivir, para darle sentido a la existencia, para tener un propósito trascendente que no sea únicamente "aumentar en 50% las ventas del año pasado", el poder, la fama y el dinero. Volveremos a buscar con desesperación la armonía de la música, el silencio, el tiempo de ocio creativo -la nada- el gusto por la lectura, la poesía, la buena conversación, la comprensión de nuestro pasado, el homenaje a nuestros ancestros, el respeto al entorno, a los animales y a la tierra.

Para unos será resultado del éxito financiero, y al tener a su disposición todas las comodidades se inclinarán un poco más hacia la filosofía o el arte; para otros será un medio donde crecer y desarrollarse para generar una sociedad más equilibrada. (Por cierto que hace unos días me topé con la noticia de que un maestro suizo escribió un libro que se llama Por un comercio ético. Habrá que leerlo. Publiqué la nota en la página de facebook de Disrupted, laboratorio de ideas, por si lo quieren buscar.




Y ya para cerrar este Matalote sólo quiero decir que confío en el equilibrio del universo, y que podemos estar en un momento dado en un extremo y luego en otro; y aunque las tendencias externas sean tan frívolas estoy convencido de que en el interior de cada ser humano también se está despertando esa necesidad de contacto creativo, espiritual y de cultivo intelectual. Y es allí cuando se va a necesitar nuestra fuerza de trabajo, todo lo acumulado durante años de estudio y congruencia, para compartirlo con las nuevas generaciones, y con generaciones pasadas también cuyas circunstancias los llevaron a enfocarse a asuntos más prácticos, dejando de lado las sutilezas del espíritu y la sensibilidad.





Hace más de diez años que intento llevar el arte y la cultura como una estrategia de bienestar y desarrollo entre los equipos de trabajo en las escuelas y en las empresas. No ha sido fácil. La radicalización hacia el modelo regido por el retorno a la inversión en términos cuantitativos ha sido un buen obstáculo. Ya es tiempo de empezar a evaluar también las inversiones cualitativas que reflejan sorprendentes resultados en el rendimiento de los trabajadores y en el índice de felicidad.




Ya viene, ya viene la era del humanismo. A pesar de la oscuridad que amenaza el fin del hombre único, ya viene también el reconocimiento del potencial humano como la salida al infierno materialista que hemos creado; y el descubrimiento de una nueva humanidad, más ética, libre y creativa.





José Manuel Ruiz Regil
Poeta, publicista y analista cultural

sábado, 10 de febrero de 2018

DISRUPTED*, Laboratorio de ideas


     

ANTECEDENTES

Disrupted* es el resultado de muchos años de experiencia, observación, práctica y estudio; no sólo de diferentes disciplinas del conocimiento, sino de la forma en que éstas se entregan o difunden a un posible receptor.

La publicidad, la poesía, las artes, la escritura, la música, las ciencias sociales y la búsqueda espiritual; pero, sobretodo, la urgente necesidad de educación en México, como elemento indispensable para comenzar a resolver sus problemas de desigualdad, son el crisol donde se fragua esta síntesis; el convencimiento de que es tiempo de descompartimentalizar el conocimiento e integrarlo todo en una sola y única experiencia; la del instante de aprendizaje: el placer de saber.

OBJETIVO

Despertar en el participante su curiosidad por saber, como un pretexto para acercarse a los libros y cualquier otra fuente de información (video, conferencias, audiolibros, entrevistas, programas de t.v. cine, teatro, noticias, conversaciones).

Que desarrolle su capacidad crítica, de argumentación y que genere propuestas creativas (fuera de la caja), y practique el pensamiento disruptivo.

Que reconozca el valor de educarse para tener un panorama más amplio de la realidad, explorar el espíritu, la imaginación; y poder elegir con libertad la vida que se quiere vivir.

MECANISMO
Disrupted, laboratorio de ideas, es un proceso orgánico de diálogo en grupo, que favorece el aprendizaje y desarrolla habilidades suaves a partir del talento potencial y el bagaje de los participantes.

Una sesión de dos horas a la semana durante un año. Se pretende integrar un grupo de diez participantes donde se comparta la curiosidad por saber, el gusto por investigar y la alegría de compartir; un grupo heterogéneo que puede estar formado por jóvenes desde los 12 años hasta adultos mayores.

A partir de una breve lectura seleccionada se provoca la discusión, la investigación, el debate y la proyección imaginativa de las ideas, para descubrir y explotar los recursos intelectuales de los participantes. Esta digresión -disrupted- del tema generará nuevos caminos de pensar y propiciará conclusiones más creativas, habiendo enriquecido el vocabulario, la capacidad de expresión y comunicación, tocando áreas del conocimiento y disciplinas que de otra manera no se tocarían. Es decir, buscando un aprendizaje holístico.

Esta convivencia fomentará el diálogo, la tolerancia hacia otras formas de pensar; el afecto, el respeto, la habilidad de expresión, la camaradería, el ejercicio de la disensión, la habilidad para comunicar asertivamente, el manejo de emociones, el humor, la ironía y la creatividad de pensamiento; mientras se revaloran conceptos como gratitud, congruencia, honestidad, compromiso, honor, autenticidad, verdad, ética, simpatía, erotismo, amistad, etc.

Todo esto en un entorno seguro donde podrán disfrutar de bebidas, botanas y algunas otras exquisiteces.

ESTRUCTURA

La estructura de esta experiencia está basada en una revisión de las ideas más relevantes o trascendentes en la historia de la humanidad con respecto al tiempo actual, enmarcadas en el conocimiento de la historia, la ciencia, la filosofía y la religión, así como también grandes temas que pueden ir desde la revisión del concepto de tiempo, dios, muerte, esoterismo, futuro, etc.

EXPOSITOR

José Manuel Ruiz Regil (1968) Poeta, publicista y analista cultural. Ha escrito libros de ensayo creativo sobre diversas expresiones artísticas, con énfasis en las artes plásticas. Ha publicado cuento, poesía y ensayo en diferentes medios físicos y electrónicos como la revista Mexicanísimo, Este País, La Gualdra, El síndrome de Stendhal, Sinembargo.mx y los Blogs Relatos y figuraciones, laboratorio de poesía y El arte de la crítica. Todos en blogspot. Es profesor de cuento y poesía en la Escuela de Escritores. Imparte el taller de creación literaria “Serendipity” en Taller de Arte Coyoacán. Es fundador del proyecto Hablar de libros, taller de lectura y discusión. Sus más recientes libros son Vario mar incesante, aproximaciones a lo irreductible (Ensayo, 2013) y Testamento del caminante (Poesía, 2014). Actualmente, trabaja en su segundo libro de ensayo creativo Para nombrar el asombro, de próxima aparición.

BIBLIOGRAFIA BÁSICA

El banquete de Platón
Ikram Antaki
JM

La cultura, todo lo que hay que saber
Dietrich Schwanitz
Ed. Taurus

365 días para ser más culto
David S. Kidder
Noah D. Oppenheim
Ed. mr

COMPLEMENTARIA

Diccionario de sentimientos
José Antonio Marina
Anagrama

Ética para náufragos
José Antonio Marina
Anagrama

Ética para Amador
Fernando Savater

Política para Amador
Fernando Savater

Pequeño tratado de las grandes virtudes
André Compte Sponville
Andrés Bello

COSTO
$1,500 por persona cada mes.

INSCRIPCIONES
Depósito en cuenta Bancomer 1423523691 a nombre de José Manuel Ruiz Regil



TELÉFONO DE CONTACTO

Coordinación Claudia López Vargas
55 82 96 52
044 55 61 30 95 03





Disrupted: Pensamiento multidimensional.



IDEA Y FORMATO: D.R. José Manuel Ruiz Regil

lunes, 3 de agosto de 2015

¿Estás list@ para la próxima pregunta?


Interrelación de las disciplinas en el Arte Contemporáneo

   


La dialéctica histórica entre la tradición y la revolución ha generado polos de actividad centrados en la especialización de las disciplinas, así como momentos de profunda integración del conocimiento. De esta manera lo hallado en la disección de un oficio, más tarde se vuelve materia prima de un caldo rico en nuevas perspectivas que engendran, a su vez, otras áreas de exploración. 

De la edad media al renacimiento al clasicismo al barroco al neoclasicismo a las vanguardias del siglo veinte podemos rastrear el desarrollo de una cosmovisión que ha conformado al individuo contemporáneo como ese momentum en el que confluye toda la experiencia humana.

La tendencia a la súper-especialización en las diversas disciplinas del conocimiento, fomentada desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado hasta la década de los noventa, enfatizó la fractura de una conciencia integral del mundo –en términos de entorno y de realidad subjetiva- y ha sido la base del individualismo que hoy asuela nuestras comunidades. El sentido común, que ahora es el menos común de los sentidos, ha dejado de ser la norma, pues el grado de sensibilización generado por las diversas percepciones tamiza el abordaje de la realidad, privilegiando ciertos valores, que en términos prácticos acaban siendo regidos por las conveniencias de mercado y los hábitos de consumo.

Las artes y las ciencias no están exentas a esta dinámica. Sin embargo, tradicionalmente han caminado hermanadas, nutriéndose mutuamente. La poesía ha nutrido a la música; la literatura a la pintura; a su vez la danza y el teatro han sido motivos pictóricos. Pero más allá de lo fenoménico, de imitar la realidad, o de traducir los temas de una a la otra, hay mucho que las disciplinas en tanto meta-lenguaje y tratamiento que pueden aportar en términos de sinestesia, es decir, la confluencia de sentidos para aprehender una realidad; y de esta manera conocerla, develar, descubrir, entender y apropiar la experiencia estético-filosófica

El arte contemporáneo no sólo se nutre de otras artes, sino de todas las disciplinas del conocimiento a su alcance: la ciencia, la tecnología, la biología, la lingüística, la astronomía, la antropología, la economía, la política, la medicina, la filosofía, las matemáticas, la estadística, la botánica, la metalurgia y cualquier otra tarea que aporte una luz sobre el conocimiento del cosmos y el hombre en él. La estética y el arte –que por otro lado habría que precisar su divorcio histórico- se nutren y atraviesan estos campos, generando lenguajes complementarios, mixtos, cuyo mestizaje ofrece una plasticidad conceptual única en la historia. Ejemplos de ello los tenemos en los edificios inteligentes que combinan la ingeniería de alta especialización con una arquitectura bio-sustentable, la moda, la música fusión, la gastronomía y el performance, por mencionar sólo algunas de las expresiones más visibles dentro de la escena contemporánea.

Para un individuo hoy en día es muy normal acudir a una sala de cine y asimilar el contenido que se le ofrece, o en un día cualquiera estar conectado a una red social, al tiempo que escucha un programa de radio en línea, twittea o comparte en Facebook una opinión o un material audio-visual, habla por teléfono, envía o recibe un correo electrónico, al tiempo que se traslada en un transporte público. Esta multimedialidad nos es transaccionalmente muy accesible, es decir, ya la hemos asumido como parte de nuestra contemporaneidad, de nuestro andamiaje de supervivencia, pero ¿somos conscientes del discurso que generamos al poner en marcha este concierto de fractales? Ignorar la episteme que todo esto entraña nos puede mantener en un nivel de superficialidad sorprendente, de un a-criticismo peligroso, y perdernos de una gran riqueza sensible, emocional, psicológica y hasta espiritual. Evidenciarla, significarla, confrontarla, develarla, es tarea del artista.

El cineasta inglés Peter Greenaway declaró a principios del tercer milenio “el cine ha muerto; viva el cine”. Apunta a que la forma tradicional de transcribir las historias de la novelística decimonónica al séptimo arte, ha caducado. Ha hablado de la tiranía del texto sobre la imagen. Sin embargo, propone la creación de piezas efímeras, únicas e irrepetibles, casi como aquella sátira de Giovani Papini en que retrata al artista de la escultura inmaterial. Pues ya hemos llegado a ese punto. El arte contemporáneo, inaugurado por las post-vanguardias (años 40 del siglo 20) según nos recuerda la crítica Avelina Lesper en su artículo más reciente del 14 de septiembre, La herencia maldita, cuenta ya con una fuerte tradición que le pesa, que, incluso, lo lastra. Pero asistimos a la apertura de la era de la creatividad donde toda esa búsqueda de más de un siglo eclosionará en un nuevo arte de interrelación, no sólo estética, sino política, social, económica e ideológica.

Esta dialéctica que va de la especialización al eclecticismo marca la marcha de la historia del arte entre la revolución y la institución. El individuo crítico debe contar con herramientas de juicio que le permitan conocer el detalle, así como el contexto global de un concepto, una idea, una tendencia, y utilizar su capacidad de síntesis para digerir los diversos discursos que nutren su tesis y extraer de todo ello una propuesta personal. Este viaje de ida y vuelta de lo micro a lo macro y de regreso debería ser la vía de alta velocidad del creador, autor, gestor o artista contemporáneo, como sea que se quiera denominar; curador, crítico, objetor de conciencias… en cuyas estaciones de servicio hace un alto para nutrir sus sentidos del devenir global, al tiempo que depura, en la reflexión íntima un lenguaje propio en el que se reconocen fragmentos de otros lenguajes también, pero decantados.

Otra de las herencias que es necesario asimiliar de la era de la alta especialización es la dilucidación de las fronteras entre los diferentes compartimentos estancos en que se encuentra dividido el conocimiento. Los géneros se mezclan, los límites se diluyen, las hibridaciones y mestizajes resurgen nuevamente enriqueciendo el ADN cultural con expresiones de diversas etnias, ritos, tradiciones y culturas.

Hasta hoy el éxito del trabajo consistía en hallar la información, en tener la respuesta a tiempo. Hasta hace pocos días el juego se llamaba velocidad. Pero ya no basta tenerlo todo a la velocidad de un click. Hoy el juego se llama CREATIVIDAD.

¿Qué haces con todo lo que sabes, con toda la información que tienes a mano? ¿Cómo la procesas? ¿Cómo generas nuevo conocimiento a partir de ello? ¿De qué sirve tener almacenados miles y miles de terabytes de datos inútiles si no los pones a jugar entre sí; si no creas a partir de ellos una nueva realidad?

Cabe aquí la reflexión sobre la reproductibilidad de los contenidos, la revisión y la reinterpretación, caminos muy transitados por el arte actual.

Conferencia introductoria, segundo día por: José Manuel Ruíz Regil

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Ocurrencia no hace discurso, sobre las ascuas del facilismo, por José Manuel Ruiz Regil




No hay que confundir las expresiones contemporáneas de creatividad que surgen con la sobre-estimulación mediática y el exceso de información, con el canon del arte contemporáneo. A éste último se le atribuyen muchas piezas que si bien son producto del presente, no clasifican dentro de la categoría citada. Sin embargo, no es fácil, en estos cruces ideológicos, hallar la hebra que nos dirija con claridad hacia una definición concreta, medible y real de lo que es el arte hoy en día. Si a lo largo de la historia no lo ha sido, hoy, en medio de una gran confusión de valores ese ansiado acierto se antoja casi imposible. Sobretodo, cuando la oferta oficial –el mainstream- para usar la jerga de la industria, dicta el sí y el no de acuerdo a los gustos de mercado. Un mercado, por cierto, cada vez más caprichoso e ignorante; que busca la satisfacción inmediata, el placer facilón, la risa regalada o el status que le de lo que en esencia carece. Y para satisfacer esa demanda está el creciente y generoso bono demográfico, que en este país está a punto de ser obseno: 14.2 millones de jóvenes, de los cuales una gran parte, ávida de poder, reconocimiento y fama instantánea correrá a afiliarse a las filas del narco, o se erigirá como futuros Orozcos, si es que su voracidad capitalista no combina ambas opciones. 

Sin embargo, es importante ubicar dentro de la categoría creativa - esa respuesta natural del individuo ante los problemas; esa sublimación de la realidad doliente en algo más vivible; esa transformación del entorno amenazante y agreste en martirio religioso y penitencia que busca redención, el valor real de las búsquedas individuales, de los manifiestos colectivos -si es que los hay-; de las luchas generacionales -si es que éstas se gestan en la unidad. 

Los individuos nacidos en los ochentas han sido criados y lanzados al mercado bajo el signo del “rating”. Inmersos en el culto a la personalidad piensan la trascendencia en términos de audiencia, y miden su éxito en puntos de popularidad. Eso es lo que nos ha enseñado la cultura mediática, de la que no están exentas las expresiones culturales, y dentro de ellas el arte. Es cierto, el dogma actual dice que si no sale en la tele no existe. Este fenómeno es exponencial en internet. El “boom” de las redes sociales nos ha permitido fungir como editores de nuestro propio medio. Y es ahí, en ese espejo de narciso, donde nos reflejamos, nos reconocemos y nos validamos ante una pequeña comunidad complaciente y acrítica, acostumbrada a consumir televisión chatarra y publicidad como las expresiones más altas del pensamiento a la mano.

La preocupación de la crítica Avelina Lesper es urgente, válida y puntual, pues exigir a un autor un juicio crítico, apertura, dominio técnico y capacidad de ejecutar un discurso plástico, amén de las justificaciones curatoriales, es tarea mínima de cualquier individuo que se precie de ser autor. Es importante desbrozar los intereses de mercado del ejercicio filosófico, de la búsqueda creativa que permite a un artista hallar una veta dentro de su lenguaje creativo, no sólo plástico, sino literario, musical o de cualquier índole estética que elija, y contribuir a la creación de conocimiento, a repensar la realidad a través de los sentidos. Si aquello alcanza la categoría de arte se defenderá por sí mismo. Entonces, vendrá la siguiente parte del proceso de socialización del arte que será la exposición en galerías, museos y/o colecciones privadas. A partir de entonces ese producto cultural obedecerá a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda, la especulación y el intercambio. Pero no antes. Por lo tanto, habremos de saber diferenciar muy bien su valor estético del comercial. Confundirlos es lo que hoy se está volviendo un disparate.


Pero si el asunto del artista es la creación, su compromiso es con el tiempo. Y lo efímero de una moda no permite establecer ese diálogo necesario con la historia.  Aquí topamos con una aparente paradoja: ¿Entonces de qué vive el artista? La respuesta es: No hay artista monotemático. La diversificación le es natural. Todo artista, por tradición ha sido oficial de su disciplina. Esto le ha permitido llevar su lenguaje técnico-filosófico hasta sus últimas consecuencias, lo que se supone le ha otorgado una voz propia. En el camino existen una gran cantidad de acciones remunerables asociadas a su tarea. Es conocido el caso del pintor que hace diseño, del escritor que escribe anuncios publicitarios o hace periodismo, del fotógrafo que desarrolla su obra personal paralelamente a su trabajo comercial; el músico que hace jingles, etc. Y curiosamente son éstos los que se destacan en su medio por ese “toque artístico” que le imprimen a su trabajo. El problema es que muchos de los artistas contemporáneos (actuales habría que decir para no sobrevaluarlos) no tienen un lenguaje depurado, ni dominan una técnica, ni aspiran a la maestría de oficio alguno, lo cual los pone en una posición desventajosa para sobrevivir, y es por eso que buscan el beneficio mercantil de sus ideas, sin tener el sustento ejecutivo que requieren, vendiendo justificaciones curatoriales, como bien lo apunta Lesper.

Esta ansia mediática por el reconocimiento es lo que nos ha confundido. Estamos exponiendo talentos antes de consumarse, consolidando carreras antes de cimentarse, batiendo hierros antes de templarse en el frío de la disciplina y el silencio, y todo por una urgente        necesidad de alcanzar la inmortalidad… en vida. Padecemos una sobreexposición de trabajos que deberían quedarse en el ámbito privado para madurar y hallar su resonancia universal; disfrutarse en el pequeño coto de la familia, los amigos o los conocidos, como una muestra de osadía, talento y creatividad que sirva de estímulo para generar un diálogo comunitario, crear lenguajes y expresiones individuales.

Muchos ejemplos de arte producido con materiales de desecho, con basura, con estambres o inscritos en un pristinismo técnico quedan en el terreno de la manualidad, el arte decorativo, la artesanía gastronómica, incluso el arte curativo, disciplina que puede ser un catalizador de talentos, pero que dista mucho de insertarse en la creciente enciclopedia de historia del arte. Al respecto de esta última categoría quiero abogar por su alto contenido terapéutico, e invitar a quienes se saben o se sienten artistas; o al menos creativos, a que miren sus creaciones con la humildad con que se nombra la medicina que alivia sus dolores de cabeza, sus calambres emocionales, sus inflamaciones existenciales, antes de autoerigirse como la más reciente revelación de la feria en turno, porque una ocurrencia no hace discurso.

 Calle de Dolores e Independencia.
Lo que es de rescatarse en medio de esta gran exaltación es el impulso hacia la búsqueda de nuevos lenguajes, hacia la experimentación, el humor, la creatividad cotidiana, desembarazada de la expectativa de obra de arte, desnuda de objetivos mercantiles o ideologías de marca, que permite una expresión social, que crea cultura. Sepamos exigir a los autores la seriedad ejecucional de sus ideas, y reconozcamos en su justa medida esa inercia chabacana y desparpajada que heredó la irreverencia de un mingitorio hace casi cien años, pues si bien rara vez otra propuesta ha alcanzado ese momentum, el espacio tiempo que ha generado deberá decantarse pronto hacia nuevas expresiones que nutran el canon de los años por venir. Hemos de estar atentos a no inhibir esos egos estimulados por la posibilidad de transformar, crear, parodiar, apropiar lenguajes que ayuden a convertir el día a día en un ejercicio lúdico capaz de convertirse en un oficio útil, y quizás más tarde en un arte. Lo que sucede es que el ente social está tan acostumbrado al estímulo estroboscópico de la televisión que aplaude casi cualquier cosa, y no aprende a discernir que la mirada del arte, si es que a algo aspira, está más allá del instante consumible y desechable. 

Las arenas movedizas de estos tiempos mezclan muchas aguas que al beberlas producen la locura de la opinión sin fundamentos. Retomando la inquietud de la crítica Lesper en torno a la psiquiatría y el arte (ver artículo sobre el Síndrome de Diógenes en su blog), hay que recordar que en la dialéctica histórica la sociedad condena hoy lo que mañana propiciará. Muchos individuos han transitado por el canal de la locura atados a la soga de la creación. Quizás, de no ser por su actividad artística, consciente o no, habrían terminado en un manicomio. Y no son pocos los poetas, filósofos, pintores que conocieron esta experiencia en carne propia, sin que esto demeritara sus hallazgos. Porque antes que nada el arte es hallazgo.

Sí, tal vez sea ahora la moneda del marketing la que defina si habrán de ir al pabellón psiquiátrico o al museo. Ellos tienen el derecho de creer su verdad y llevarla hasta las últimas consecuencias. Lo mismo que el espectador deberá saber discernir entre aquello que le brinda una experiencia estética, espiritual que enriquezca su vida y contribuya a entender su momento histórico, o lo desprecie cual basura, más allá de lo que el “artista” exponga y el curador disponga.