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lunes, 2 de junio de 2014

Las fronteras del pensar-sentir

Mapa de un árbol

Me parece que la exposición de Edmundo Ocejo es una reflexión sobre el universo interior del que extrae algunas topografías para compartirlas con los observadores de su arte. Delimitados por las fronteras del sentimiento, la emoción y el pensamiento, sus cuadros son postales de un trayecto único, individual y a la vez compartido por todo aquel que logre conectar con la emoción estética que sintetiza cada pieza.

Territorios ambiguos, que desfasan lo concreto del mapa en que se asientan y evidencian un andar errante, a veces decidido, convulso, reiterativo, dudoso, obstinado. Sus composiciones buscan el orden, el equilibrio y la armonización entre sus partes, logrando una tensa, pero a la vez armoniosa negociación de texturas, espacios y profundidades.

Cada cuadro es un palimpsesto de intentos; una búsqueda, una insistencia por hallar lo que en la vida misma se busca: ese momentum  en el que uno sabe que ha llegado al punto de equilibrio, a la estancia donde más es menos y menos aún no es.

Embalsamador de colores, aventura el óleo sobre la tela en una capa, a la que sobre impone otra, y otra más, para luego rayarla, hendirla, trillarla como si quisiera desandar sus pasos hasta encontrar la huella de lo andado. Así construye el mapa de su territorio, y luego lo encapsula en cera para hacer de ese instante un talismán.

En la museografía planteada por José Ignacio Aldama en Aldama Fine Arts, donde se exhibe Inventario de imágenes hasta el 30 de junio de 2014, el portal que da acceso al discurso plástico de Ocejo es un cuadro negro formado por una retícula de cuadros negros que remite de inmediato al suprematismo de Maiakovsky, intervenido en su centro por un fragmento de tronco que se enerva. Desconocemos las raíces y el follaje de ese Árbol templo que nos da la bienvenida, pero intuimos la certeza de que las arborescencias de esa semilla florecerán en el resto de las piezas. Y así es. Conjuntos de paisajes, inventarios, árboles, tableros, nos abrazan ofreciéndonos una vinculación perfecta entre la organicidad del pensamiento y la artificialidad de la razón; entre el primitivismo de la sensación y las correspondencias de la lógica; entre la brutalidad de una naturaleza abstraída y la abstracción gráfica de sus signos.

Sobre la dermis que Ocejo construye y esculpe con diferentes herramientas para extraer del color diversas cualidades se deslizan dameros, como si fueran la escala de la razón, el contenedor, el punto de referencia cartesiano que busca su lógica ante la fuerza entrópica de la vida, y lo que se logra es un híbrido en constante mutación, pues las veces que la mirada recorre el tablero signan un territorio mayor que su espacio mismo.

En Paisaje imaginado vemos horizontes que se entrecruzan a lo lejos, como nubes que se traslapan en el tiempo y en el espacio. La continuidad y discontinuidad de estos pensamientos nos sugiere una tormenta de ideas detenida por espasmos parecidos al contacto con la nada, con el absoluto; ese instante en que se interrumpe el flujo del pensamiento para integrarse a la totalidad del universo. Una aparente ruptura que es la conexión última.

En Mapa de un árbol las oposiciones entre la línea recta y la línea curva; entre lo horizontal y lo vertical; lo de arriba y lo de abajo; lo claro y lo opaco crean un dinamismo semejante al del proceso de pensar-sentir.

En Inventario del paisajeIV,III,II,I la rejilla se impone al paisaje, matizando los cuadros de color, en una gradación progresiva en la que predomina un tono sobre todos los demás, posicionándolos como los armónicos del sentimiento o pensamiento que se explora frente al horizonte agónico. El mayor o menor espacio de cielo representado supone un ahogo terrenal que signa la experiencia como algo más carnal que espiritual.

En la serie de Tableros la retícula se extiende al territorio y dinamiza los paneles de Mondrian como si fuera un juego de Sudoku, ofreciendo al espectador una combinación móvil de cuadros y rectángulos que a su vez funcionan como macros de las mismas texturas. En un principio estos cuadros me sugirieron una presencia zoológica, quizás, un acercamiento a un ser mastodóntico al que sólo se le puede abarcar a través de ciertos cortes o fragmentos, y en cuya piel se encuentra tatuado el devenir de leguas transitadas..

Bajo esta perspectiva Mapa de un árbol es el que más llama mi atención pues la compenetración de estructuras logra un diálogo entre lo visible y lo invisible, el pensamiento y lo actuado; lo sentido y lo percibido; lo dicho y lo enunciado. El follaje bituminoso del árbol se equipara en estructura a la celosía que lo atraviesa y ambos propician el estallamiento visceral de la palabra, esa caligrafía que invade los intersticios del vacío y lo puebla de sentido.
 
Claudia López Vargas, José Ignacio Aldama, Árbol templo de Edmundo Ocejo y José Manuel Ruiz
Por último Poeta del agua suelta nuevamente las estructuras, dispersa los conjuntos y deja fluir esa caligrafía que nace ya no de la conjunción de lo natural y lo natural sublimado, sino de ese tercer componente que es el logos.

José Manuel Ruiz Regil

Arte Duro.

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