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sábado, 25 de agosto de 2012

La dama del lago en la cueva de los diamantes*, por José Manuel Ruiz Regil


“ Bendita oscuridad, haces que brillen auténticos diamantes enterrados”.
Mónica Suárez
 “Diamonds are the girls best friends”.
Marilyn Monroe

Foto: Ojos para ver, Graciela Iturbide.

Si el verdadero sentido de la poesía es el conjuro, este poemario amplio, depurado, construido a manera de testimonio de quien ha transitado por las catacumbas de la existencia, es un recetario de filtros para revelar la luz. No quiero decir con esto que Instrucciones para buscar en la niebla, de Mónica Suárez sea un libro luminoso, al contrario, es un trabajo oscuro, instalado en la sombra, en la que se regocija la mayor parte del tiempo, pero que contiene la semilla de la revelación espiritual a la que aspira todo ejercicio poético. En él, la voz creativa se alza en primera persona a manera de anfitrión que nos advierte acerca de la inevitable oscuridad que es menester absorber si se quiere acceder al destello luminoso.

La maestría con que Mónica Suárez detenta el oficio escritural me hace pensar que nada es casualidad. Cada palabra, línea, verso, espacio está destinado a construir un edificio sonoro y conceptual, cuyos cimientos se enraízan en los lodazales del olvido para erigirse herrumbrados hacia las alturas de la claridad. Horadados muros cuyas costras traslucen haces que se cruzan a medida que ascienden, construyendo una red de intersecciones lumínicas sobre ese aparente campo vacío ausente de luz que llamamos sombra, pero que es esencial para su existencia. En este tapiz de claroscuros, la densidad emocional se va sustituyendo por la profundidad de una transparencia que a ratos aletea en la cara y otras asesta un ramalazo de oscuridad provocada por el relumbrón del hallazgo. Luz anclada en la sombra, como un tributo constante al origen.

En esta travesía la autora evidencia una larga estadía en la región de las tinieblas, y percibo unos pasos cansinos sobre las cenizas de una soledad construida no por el fruto de la fantasía, sino por el anhelo de lo que se ha perdido. Quizá, por ello sea más difícil huir, brincar al otro lado de la barda, hacia la tierra fértil nutrida por el sol; porque el abrigo de la memoria es más seguro que el frío de lo conocible. Sin embargo, una nostalgia superior, tal vez el recuerdo de otros tiempos, una intuición primigenia, casi genética, anima a esta poeta viajera, a adentrarse en la nubosidad incierta del abismo propio, que también es el de todos - he ahí el carácter universal de la particularidad sagrada que aporta el fenómeno estético- y golpear fuerte con el zapapico de sus versos la dura corteza de su mina oscura, confiada en que tarde o temprano la roca cederá a su canto y le regalará esos diamantes enterrados.

Instrucciones para buscar en la niebla es un texto místico, en el sentido más literal y sagrado del término, pues la nebulosa que se antepone a la realidad opera también como una nube de incienso que limpia y descubre ese portal por donde transita la poesía como único vehículo hacia la verdad del espíritu, para nombrar al Absoluto; dama del lago que navega por la noche oscura del alma.
Los poemas están agrupados en cuatro secciones de las que la primera es la más extensa, y da nombre al libro. Aquí nace ya la necesidad de curar, sanar, recomponer, recobrar, revelar, iluminar lo que la sombra anuncia. Y en una suerte de hechicería la autora ofrece su metáfora como una medicina para iniciar la cura de sombra “cataplasma de silencio y otros lodos”.

En la segunda parte, La bruma y sus puñales, atisba una claridad, pero se duele aún de sus inercias “Hay quien se asusta del ruido de sus alas cuando camina, sin atreverse a deshojar el aire con los aletazos de su verso”.

En la tercera parte, Astillas de la noche, canta al cascarón roto por el que se desangra. Sangría de un parto en el que se reconoce materia nueva. “Ya instalada la noche puedo abandonarme bajo el manto de los párpados a las callejuelas oscuras de mi cuerpo”.

Y en Filos de luz, suelta una ojiva nuclear cuya explosión filosófica hace vibrar el libro entero “Cómo explicarle a la luz que su madre es la sombra”.

Yo quisiera decir que después de este acto terrorista Mónica se planta en la cima del escombro mirando al horizonte con altivez para remontar la luz que ha creado, pero sospecho que no; que es tal su amor a la penumbra que nos entrega este instructivo-testamento con la tímida humildad de quien ha visto más allá, pero no se atreve a cruzar; como si no tuviera los arrestos suficientes para emprender camino, o es quizás, porque los tiene, y de sobra, que prepara el viaje del héroe, disponiendo su embalaje mortuorio con la claridad que el último aliento depare, bien sea de día, de tarde, de noche, en el que pide “... se miren desnudas mis palabras abiertas,/ que las dejen soltar su ceniza morena, / que de su polvo nazcan conjunciones más ciertas”.

*Comentario al libro de Mónica Suárez, Instrucciones para buscar en la niebla, de editorial VersodestierrO.

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