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jueves, 23 de agosto de 2012

Letras vencidas, cartas marcadas*, por José Manuel Ruiz Regil


*Presentación del libro Letras vencidas, cartas marcadas
de Juan Carlos Abreu y Abreu, Ed. VersodestierrO
Viernes 25 de Abril de 2008 Biblioteca Amalia González Caballero
Parque México. Colonia Condesa. Distrito Federal.



Letras vencidas, cartas marcadas, de Juan Carlos Abreu y Abreu, es un sarcófago de intimidades compartidas, no con impudor, sino con la veladura oficiosa de un alma arrestada en el Samsara, que de tanto rodar canta al hastío, al desconsuelo, la incertidumbre y la congoja con aliento templado de gresca espiritual. A pesar de ello, no sólo mantiene la belleza del misterio, sino que además la muestra con sobrada compasión y un dejo de asumida derrota. Cito el final del poema Depresión tropical “nunca supe transitar del desconsuelo a la esperanza”. Mas no por ello deja de cantar. Al contrario. Sale airoso de este ir y venir entre Pañales y Sudarios, como lo anunciara León  Felipe, para compartir su conclusión corolaria: del mismo poema: “...heme aquí,/ he aprendido a reírme del dolor/ y a dolerme de alegrías”.

La intención de Abreu es volar alto; sublimar lo inevitable. Por ello en el escenario gramático donde transcurre la transmigración, que es su poesía, “calza los coturnos”,  “viste el peplo”. Transgrede el hermetismo para develar el secreto de la permanente impermanencia.

Abreu despliega en su ofrenda poética una nostalgia de destino; trasciende su vocación de avatar y narra los efectos de una rendición ontológica, cantando “letras vencidas, cartas marcadas” con la misma fatalidad con la que pasa el tiempo; con el desconsuelo de quien recuenta los daños de la existencia, para descubrir que “no era necesario” casi nada, porque al final, ni la muerte acaba.

Abre el poemario con una asunción de quien sabe que ha transitado por la eternidad desde el principio del tiempo y no lo calla. “Soy decano en angustias”, declara. Como el Orlando de Virginia Wolf , el poeta construye una identidad polimorfa, perenne, a través de los siglos, donde la ausencia, el olvido y el silencio son sus más íntimos compañeros.

La instancia V de Autorretrato hace la escala obligada en el centro de la historia. En el punto cero de la conciencia colectiva. Sabemos que el sujeto a quien habla es uno mismo, aunque quiera alejarlo con el uso de la 2da. Persona. Cualquiera de nosotros que en su día asuma su condición de “Lázaro podrido”, milagro de un capricho del que nadie ha sido ajeno. Todos somos Lázaros resucitando eternamente. ¡Más he aquí donde el olvido es redención!. Aun así, la lucidez del estro de Abreu no escatima experiencias ni soslaya la memoria. Por eso canta: “Lo que al rufián es fiesta, en mí es picota”.

“Recuento de daños” pareciera un foto álbum de instantáneas añejas y raídas por la necedad de una criatura inconsciente, o la perversión de un teúrgo a quién le habría bastado un ¡No más! Para suspender su mórbido artificio.

“...no era necesario/acudir al arrepentimiento/luego de aquel beso en la mejilla/para lucir la testa de espinas coronada”.

Si en la instancia II de Autorretrato sentencia ”Lo único que puede ocultar el silencio: /es la verdad; /lo que no puede esconderse del silencio: /es el salitre de una lágrima, / ingrata delatora / tan íntima como el pudor, /tan frágil como la inocencia”, he aquí entonces, el llanto fósil del poeta, anunciado en el poema que da nombre al libro como una amenaza cumplida “he de romper el silencio, / voy a desgranarlo / hasta tenerlo amartajado / entre los dientes...

Con esa determinación existencial desuella el tiempo en un exorcismo del ego; ejercicio de desprendimiento de este gozo tránsfuga que es el intermezzo entre dos nadas que llamamos vida, para confesar desprendimiento y acusar al destino alcahuete del plagio, consciente de que la posteridad tragará sus versos, pues “otro bardo empuñará el cálamo / y ciego cantará los yambos”. Avistamiento que también hiciera, Borges, el diógenes gaucho, al declarar que “todos escribimos uno y el mismo poema, el de la humanidad”.

En Jardines solitarios barrunta una poética de la escritura como “esa excusa para lo inclemente del desasosiego” y luego de dos instancias nos ofrece la mueca socarrona del que bebe la cicuta del tiempo “Todo es una fiesta, /... el lagarto lloriquea / la presa de sus fauces : /carcajada.

Concluye el poemario con una aparente evasión. No me queda claro si es anuncio o testimonio ¿Y quién quisiera quedarse al baile después de semejante mascarada? “....huyo”, dice el bardo. Pero no con horror, sino con la prudencia de un ogro que se sabe romo ante el rosario infinito de instantes y sutilezas de esta noria; consciente de su insuficiente pasión para trastocar el orden cósmico, sino, acaso, con la palabra más fina. Así, como los amorosos de Sabines, esos que abandonan, los que siempre se están yendo, el poeta “huye, siempre”.



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