Páginas vistas en total

martes, 31 de julio de 2012

Magical Mistery Toys, por José Manuel Ruiz Regil



 “The magical mystery tour is dying to take you away,
Dying to take you away, take you today”.
The Beattles.

Estoy ante una miniatura de colección conformada por un pedestal en el que se yergue el escudo laureado de Superman como escenario del héroe que avanza de frente con el pie izquierdo adelantado para subir el último escalón de su templete, mientras la capa encendida le revolotea por detrás, lo cual acentúa su actitud eminentemente heroica ante el compromiso de salvar al mundo. Conozco muy bien estas tres piezas ensambladas entre sí (cuatro, si considero que la capa tiene un pivote que la sujeta al héroe por la espalda) porque yo mismo las armé, luego de sacarlas de su bolsa independiente de plástico en la que venían doblemente empacadas dentro de un huevo de plástico, cuyos poderes esotéricos dejaré a los expertos descifrar, ya que tratar con súper héroes y sus contenedores puede resultar contraproducente, si se hace a la ligera.

Este fue el “souvenir” que mi queridísimo amigo Héctor (el Yeyo) Rodríguez me obsequió en su  calidad de comandante supremo de la nave ficcional que es ese rincón de la narvarte (Morena casi Vértiz) donde se encuentra su tienda fantástica Magical Mystery Toys; guarida de los más variopintos poderes materializados en forma de muñecos, modelos de arquitectura fantástica para armar; naves, máscaras, aditamentos castrenses de las más desorbitadas milicias, antifaces, anillos de emanaciones cuánticas, llaveros, stickers, mochilas, prototipos motorizados a escala, fetiches galácticos, parafernalia cinematográfica, vestigios allienígenas, amuletos beattlemaniacos, iconos reciclados de la cultura pop, desde la Monroe Warholiana hasta el último transformer; muñequitas eróticas a escala extraídas de mangas orientales, carritos, puppets, sellos, gomas, ejércitos emplomados, batallones medievales dispuestos a combatir el polvo de la historia, lo mismo que gorras, móviles, muñecas de colección (la hermanita de Barbie y sus múltiples escenarios), aplicaciones cosméticas para princesas, pelucas, vestidos, disfraces, casacas Lennonianas, y una inverosímil variedad de productos traídos de Europa y del medio oriente por su exigente Marco Polo. Todo esto estrictamente acomodado por categorías, dispuesto en exhibidores adecuados para el espacio, y respetando el campo vital requerido para que esa síntesis de virtud y fuerza ultraterrena goce del lugar digno que su aura le demanda y, brille con toda intensidad ante los ojos del paseante atento, el cual sabrá valorar la rareza de las piezas que esta estación de placeres imagógicos puede dar al entendido.


El nombre de esta fetichería, pacientemente decorada con escenografía espacial para brindar al tripulante una visión del espacio como si estuviera dentro de una nave y se asomara por la claraboya de la verdad, evidencia las inclinaciones músico-psicodélicas de su gurú, quien modestia aparte, lleva a cuestas la sabiduría del soberano Yoda, el cual, en forma de back pack de peluche está dispuesto a treparse a lomo sobre cualquier parroquiano descuidado que requiera iniciación.


Quien sea fan de las historietas, mangas, comics o cualquier otra denominación que contenga narraciones donde el protagonista logra sus objetivos a través del uso de poderes más allá de la sensibilidad del pan con mantequilla, deberá visitar este Salón de la justicia, lugar de reunión, intercambio y creación de potencialidades maravillosas; de espacios lúdicos y refrescos mentales. Será bienvenido por un capitán a bordo, ávido de charla, generoso en prodigios verbales y valeroso en emprendedurismos heterodoxos. Si lo encuentran trabado en místico arrebato con su modelo a escala de hombre araña, sólo silben los cinco tonos del soundtrack de Encuentros cercanos del tercer tipo y el despliegue de la recepción de honor no se hará esperar. Ah, y no se olviden de llevar algo de recuerdo.

1 comentario:

Quimera dijo...

Además de un texto, como siempre, maravillosamente escrito, reconozco que mi fanatismo interno me mueve a darme una vuelta por tan increíble tienda. No sé qué me convenció más, si el texto que invita, o las fotografías que atraen mi curiosidad.