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jueves, 15 de marzo de 2018

Miércoles de artistas

    
Los focos de bombilla y filamento de tungsteno vierten su luz ámbar alrededor de la terraza abierta. La noche se antoja bohemia y elegante. Los invitados, reunidos en pequeños corros dispuestos por las sillas de hierro patinado, y los diversos espacios de la casa (sala, estudio, recibidor, terraza baja) intercambian impresiones, se dejan conocer o reconocer (algunos personajes de los medios culturales y educativos), otros se presentan por primera vez. Los meseros vestidos con filipina gris ofrecen copas de cristal y tinto para el catador avezado. Luego de un gesto afirmativo, proceden a llenar la copa.

Una pareja asciende a la terraza abierta donde me encuentro, acompañado por mi esposa, Claudia, y los cuatro hacemos una amable caravana, reconociéndonos sin conocernos. Ella es Sofía -ciencias sociales, le habría dicho Alan a su sobrina Paulina al invitarla, estudiante de filosofía en la U.N.A.M. y oyente de El Colegio de México; y él es Aldo, actuario en la industria bancaria y melómano -lo confirmó horas después al cantar el inicio de un Lead, en la garita musical que improvisamos entre la terraza y la sala, una bolita de locos alborotados por las puyas sinfónicas de Eduardo Casar, poeta y decano del programa televisivo La dichosa palabra; y su esposa, Alma Velasco, locutora, que “hermoso huipil llevaba” de tonos encendidos, como su ánimo.

El mesero ofrece una mini ensalada capresse (mitades de jitomate cherry y bolitas de queso feta) en unos trastecitos transparentes que parecen la envoltura de un panqué. Yo me llevo a la boca un puñito de nueces mixtas. Acuerdo con Claudia dar una vuelta por la sala para saludar a otros amigos. Se ve que están en franca juerga y no me la quiero perder. Allá están Miguel Morales, fotógrafo, querido amigo y cómplice de negocios, con Laura, su novia psicóloga; Juan Carlos Jaurena, artista plástico, a quien no veo desde el fin de cursos del año pasado en el centro cultural de Mariana Pereyra en Coyoacán, donde coincidíamos para dar nuestros talleres. También están Alfonso Villarreal, curador de la Galería Veracruzana (ahora que se quitó el bigote de Kaiser esconde su lado pánico, pero siempre le he dicho que es todo un Calibán), Guadalupe Alonso, directora de noticias y programas culturales de Canal 22, y otros rostros desconocidos para mí, pero atentos a sus interlocutores y al paso de los meseros, que traen en charolas diversos tipos de quesos y carnes frías de primerísima calidad.

Las lozas de barro y los muros de ladrillo rojo contribuyen a crear una atmósfera cálida, amigable; el fermento de la uva relaja el ritmo apresurado de la ciudad y ablanda la lengua, fluye la conversación y las palabras construyen lazos efímeros o duraderos, eso nadie lo sabe, hasta que pase el tiempo.

Nos atoramos al bajar las escaleras vacilando con Eduardo, Alma, Laura Barrera, periodista cultural, siempre bien acompañada, ahora en francés; Fernando Fernández, escritor, editor y conductor del programa Carrusel de libros; Bárbara Gurría, novia de Alan, los anfitriones, y otros más con quienes empezamos a cantar. Noche de ronda, Farolito, Bésame, Granada, Guadalajara. Nessum Dorma -por ahí pronunciado como Jesus Norman-. Sólo nos movemos de ahí más tarde para ir en busca de Alan para despedirnos, aunque nos quedamos en la puerta un rato más, junto con otros que también tenían intenciones de irse, pero se quedaron. Tostaditas de atún con cebolla guisada, sopecitos recién salidos del comal, y el refill constante del líquido escarlata en esos vertederos de cristal, que descubre las verdaderas personalidades.

Parece que todo el que llega hace el mismo recorrido por la estancia que deriva, luego de subir unos cuantos escalones, en esta terraza donde nos encontramos nosotros, y se empieza a llenar de amigos del ala austriaca. Alan de Rosenzweig, es de ascendencia austriaca, aunque él se asume 150% mexicano, y acaba de participar recientemente en un evento conmemorativo del exilio cultural austriaco en México, donde hizo un comentario sobre los artistas que desarrollaron su obra en este país.

Parientes güeros y amigos de ojos claros le recuerdan su origen (el embajador de Austria, Franz Josef Kuglitsch, quien también pagó su óbolo musical en la garita con un fragmento de canción nacionalista; el director del Museo Franz Mayer, Héctor Rivero Borrell, quien no se quedó atrás, y el mismo Alan que con garbo quiso entonar un corrido mexicano; el artista plástico, el primo, el sobrino, el hermano de…)

Claudia platica entusiasmada con Georgina Ariza, a quien me presenta más adelante en el espacio del recibidor, debajo de una de las piezas de mármol de Alan (de nombre artístico Peñalta), un rostro muy fuerte que mira de frente. Ella es una productora mexicana y, junto con su esposo Mijail, austro-mexicano (este año celebra sus 50 en México) quieren que hagamos equipo para realizar un proyecto a mediano plazo. Gajes del oficio, de la química y las vibras.
Luego de librarme de la solicitud de Alan para improvisar un comentario inteligente sobre el pintor austriaco Egon Schiele, cuya obra, igual que la de Klimt, su mentor, siempre me ha inquietado e inspirado, me comprometo, entonces, a estudiarlo a fondo y a escribir un breve ensayo sobre la impresión que me causa su obra. Además, Villarreal anuncia las próximas exposiciones de Peñalta y Eugenia Benabib, en el espacio que dirige, para las que me pide un comentario escrito. Sellamos el pacto con el ¡clin! de las copas semi-vacías.

En medio de varias conversaciones alrededor, Georgina intenta platicarme la coincidencia inaudita que ha descubierto con Claudia al enterarse de que ambas, con cinco años de diferencia, viajaron al Palacio de Schonbrunn en Viena para bailar con los cadetes de la milicia austriaca, en la celebración de su quince años. Mijail, coincide en conocencias con mi alegre productora, recordando viejos clientes, como el cinefotógrafo Fernando Espejo, y compañeros de trabajo; el asombro de la velocidad del cambio tecnológico que hace de dos que se encuentran en la edición de una cinta de ⅛ fraguen una complicidad inquebrantable.



Tomo asiento en una silla otomana para descansar un poco las piernas de haber estado de pie por varias horas. Miro hacia la terraza baja (taller del artista), observo las piezas que está trabajando. Frente a su silencio marmóreo el ritmo incesante de las conversaciones, las risas, el humo, las carcajadas, los tragos, me dice que esta fiesta, aparentemente espontánea, es todo un éxito. “Que se haga cada miércoles”, exclama Bárbara en la puerta, abrazada de Alan.

Por costumbre miro mi celular y voy al contacto de Alan. Su último mensaje es: “El miércoles 7 a partir de las 7:30 p.m. habrá copa/botana en casa. Invité algunos amigos infectados de las artes”.

-Confirmamos.


jmrr

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