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sábado, 17 de febrero de 2018

El Matalote 4

Regreso al humanismo
      

I

No es por hacerme la víctima, ni es mi intención justificar nada, pero en veinte años de actividad profesional como creativo publicitario, guionista, locutor y analista cultural, he sido partícipe y testigo de cómo ha cambiado la visión de las actividades tradicionalmente llamadas humanistas frente a otras que, únicamente, están enfocadas a producir, ya no digamos productos y servicios para los consumidores, sino grandes ganancias económicas -entre ellas el tráfico de influencias. Y miren que el medio publicitario se presta mucho para eso -como todos; no se diga la política.




El neoliberalismo rampante y ciego se nota en todos los procesos de desarrollo y producción; desde la escuela hasta el mercado laboral donde oficios, antes bien valorados porque elevaban el nivel de prestigio de quienes los ejercían y los consumían, ahora son despreciados porque no se les reconoce ya una utilidad práctica. Qué tiempos aquellos cuando ir a discutir una idea con Don Eulalio Ferrer era asistir a una lección de buenos modales, consideraciones éticas y expresión impecable. Tuve un muy buen amigo - yo en mis veintes, él en sus sesentas-, pianista de vocación y broker de seguros, Juan Viguria, quien me acercó materiales invaluables en copias fotostáticas (Theillard de Chardin, Antony de Mello, Auspensky, Maharishi y la meditación trascendental, el cuarto camino, budismo zen, por no hablar de las decenas de cassettes con conferencias y música clásica que me obsequió). También otro broker, Carlos Gurrea, que además era fotógrafo y publicaba en National Geographic y en Image bank. Él me enseñó a leer una fotografía por cuadrantes y me aconsejaba “tirar película, que es lo más barato del oficio” .“Charrampion” me decía, cuando nos encontrábamos en los elevadores de la aseguradora.




Yo salí de la Universidad de la Comunicación en 1992. Desde entonces ya se batallaba mucho en las empresas con el presupuesto para comunicación y publicidad. Veníamos de una época conocida por los que la vivieron como “la danza de los millones”; fueron los ochentas, donde producir un comercial para una marca era pretexto para vivir una bacanal de órdago, en medio de lujos y extravagancias exorbitantes. Fue la época de los grandes creativos “artistas”; sí, muchos directores de arte y creativos fueron pintores y escritores muy conocidos años después o en paralelo, entre ellos se cuentan desde Dalí o Picasso hasta Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Nacho Padilla. La publicidad era una forma de vida; las drogas, los viajes, la prostitución, los grandes despilfarros y la fiesta constante -algunos se quedaron ahí. A mi generación le tocó, acaso, el último refilón de aquello que empezó en los sesenta.




Los recortes en presupuesto tanto en la macroeconomía como en la micro siempre fueron dirigidos en primera instancia a las actividades publicitarias, pues estaban posicionadas como gasto suntuario, un lujo, nunca vistas como inversión; a cultura y educación. ¿Deveras los directivos de las empresas y altos funcionarios del gobierno no sabían que esa industria era su principal aliado en la creación de imagen, opinión y percepción de la realidad? Pensaban, entonces, que sólo era el pretexto que la chamba les daba para convivir con modelos exclusivas, salir de casa unos días y ponerse hasta el copete sin gastar un solo peso de su bolsillo? Como no entendieron eso se les hizo fácil eliminar lo supuestamente superfluo. Y desde entonces, capacitación y publicidad han sido sacrificadas en aras de una política de austeridad.




Agradezco que en la Universidad todavía tuviera materias como Antropología filosófica, sociología, psicología, análisis cultural y periodismo, y en la Sogem Historia de la cultura -ahí sería pecado no haberla tenido-, con el maestro José Antonio Alcaraz, quien se sabía la vida de alcoba de casi todos los personajes y funcionarios de su época. -Ah, Beatriz Espejo, también. Ahora sólo enseñan guiones para t.v.-; en prepa, etimologías y ética; lo mismo que en secundaria civismo, con el Lic. Agustín Yañez, quien “off the records” nos enseñó a tomar la botella de refresco levantando el dedo meñique como una antigualla monárquica que algunos todavía conservamos. Todo esto combinado con historia y literatura hace del bachiller un individuo consciente de su entorno, del “otro” y de su responsabilidad como individuo trascendente. Máxime si se es alumno de una escuela católica donde, además de esas materias se cursa religión y se va a la capilla en los descansos.





II

La tecnología nos dinosaureó en un triz. Los cambios de los últimos años en el lenguaje, la forma de vestir, los dispositivos que se usan, los antros que se frecuentan marcan una severa diferencia. Hoy impera la velocidad y la rentabilidad; todo es negocio. Y no es que esté en contra de ello, o de la riqueza y el bienestar material, sino que se soslayan aspectos éticos en busca de una ganancia económica a costa de lo que sea, y si no vas al ritmo, te quedas atrás. Y te quedas con todo eso que apropiaste durante años en tus reflexiones íntimas, en tus horas de lectura y en esas exquisitas discusiones con amigos y maestros; es decir, lo que no importa; con el tiempo perdido (desde la perspectiva materialista). Y pasarán años y tus saberes se irán perdiendo si tú no los conservas y los ejerces, y los compartes en pequeños grupos. Y no quedará nada del hombre más que su capacidad maquiladora, hasta que ésta sea reemplazada por los robots inteligentes, que te volverán a desplazar al desempleo y al ocio obligatorio.




No me crean apocalíptico (en términos de Eco), porque tengo una esperanza que persigo desde hace más de diez años al ver todo esto que les cuento: eso que hoy despreciamos mañana lo necesitaremos como el aire para vivir, para darle sentido a la existencia, para tener un propósito trascendente que no sea únicamente "aumentar en 50% las ventas del año pasado", el poder, la fama y el dinero. Volveremos a buscar con desesperación la armonía de la música, el silencio, el tiempo de ocio creativo -la nada- el gusto por la lectura, la poesía, la buena conversación, la comprensión de nuestro pasado, el homenaje a nuestros ancestros, el respeto al entorno, a los animales y a la tierra.

Para unos será resultado del éxito financiero, y al tener a su disposición todas las comodidades se inclinarán un poco más hacia la filosofía o el arte; para otros será un medio donde crecer y desarrollarse para generar una sociedad más equilibrada. (Por cierto que hace unos días me topé con la noticia de que un maestro suizo escribió un libro que se llama Por un comercio ético. Habrá que leerlo. Publiqué la nota en la página de facebook de Disrupted, laboratorio de ideas, por si lo quieren buscar.




Y ya para cerrar este Matalote sólo quiero decir que confío en el equilibrio del universo, y que podemos estar en un momento dado en un extremo y luego en otro; y aunque las tendencias externas sean tan frívolas estoy convencido de que en el interior de cada ser humano también se está despertando esa necesidad de contacto creativo, espiritual y de cultivo intelectual. Y es allí cuando se va a necesitar nuestra fuerza de trabajo, todo lo acumulado durante años de estudio y congruencia, para compartirlo con las nuevas generaciones, y con generaciones pasadas también cuyas circunstancias los llevaron a enfocarse a asuntos más prácticos, dejando de lado las sutilezas del espíritu y la sensibilidad.





Hace más de diez años que intento llevar el arte y la cultura como una estrategia de bienestar y desarrollo entre los equipos de trabajo en las escuelas y en las empresas. No ha sido fácil. La radicalización hacia el modelo regido por el retorno a la inversión en términos cuantitativos ha sido un buen obstáculo. Ya es tiempo de empezar a evaluar también las inversiones cualitativas que reflejan sorprendentes resultados en el rendimiento de los trabajadores y en el índice de felicidad.




Ya viene, ya viene la era del humanismo. A pesar de la oscuridad que amenaza el fin del hombre único, ya viene también el reconocimiento del potencial humano como la salida al infierno materialista que hemos creado; y el descubrimiento de una nueva humanidad, más ética, libre y creativa.





José Manuel Ruiz Regil
Poeta, publicista y analista cultural

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