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viernes, 23 de febrero de 2018

El Matalote 5


Leo
      


I

El lunes 9 de octubre de 2017 mi hermano fue asesinado. ¿Por quién? No sabemos todavía. Se levantó un acta ante el Ministerio Público de la zona, pero no ha habido noticias; ¿Cómo? con un arma calibre veintidós cuya bala (loca) penetró en su abdomen, lacerando vasos y órganos vitales; ¿Dónde? Saliendo de una bodega en Azcapotzalco. Iba caminando. Tenía una cita en Polanco para comer con mi primo Paco. Iban a festejar el cierre de un negocio y la promesa de una posición en la empresa de los clientes gringos con quienes habían trabajado otros proyectos y les había gustado su desempeño. Ese día mi primo y él habían hablado varias veces por teléfono celular desde temprano. Paco venía de Acapulco. Llamadas de relajo y albur, como de costumbre; de cariño y festejo.

Una versión dice que un empleado de la misma bodega le había dado un aventón hasta un cruce de avenidas, y al bajarse del coche vio como a unas cuadras adelante lo abordaron dos jóvenes en moto para asaltarlo. No hay descripción de su aspecto. Uno manejaba, el otro le robó una mochila que traía cargando y le disparó. ¿Qué caso tiene dispararle a una víctima de asalto si ya obtuviste lo que querías? ¿por qué no se llevaron la cartera ni el móvil? ¿fue un blanco de oportunidad o estaba todo planeado? ¿por qué eliminarlo así? ¿se ha devaluado tanto la vida? ¿es tan fácil arrancarle el último suspiro a un desconocido, o iban tras él por mandato de alguien?

En otra versión un hombre que pasaba al verlo herido en el piso cogió su celular y al revisar la cantidad de llamadas hechas al número de Paco, hizo contacto con él para avisar. Mi primo solicitó apoyo a la Cruz Roja, según los datos que le dieron, y le habló a Georgina, esposa de Leo.

Una versión más dice que el empleado de la bodega que le había dado el aventón llamó a Georgina para reportar la situación. Ella habló a la Cruz Roja y se encontró con él ya agonizando. Alguien más dice que él, al darse cuenta de la gravedad de la herida sacó su celular y se lo entregó a una pareja que pasaba, diciéndoles el nombre de su esposa mientras caía al suelo y perdía la consciencia.


II

Yo tenía pocos días de haber salido de la segunda operación de corazón. Esa mañana estaba con Claudia en una revisión de rutina en Cardiología de Centro Médico. Mientras me atendía la enfermera ella recibió una llamada en su celular. Era Eduardo, mi cuñado. Fue la consulta más estúpida de la historia del hospital. No entraré en detalles pero les diré que algo que nos preocupaba mucho acabó solucionándose como quien se quita un pelo de la ceja con la pinza adecuada.

    
Al terminar la consulta Claudia me pidió que me quedara sentado e invitó a las enfermeras a que se quedaran un segundo porque tenía que decirme algo, y quería que me tomaran la presión después de ello, pues le preocupaba cómo iba a reaccionar mi corazón. La escuché atentamente. Ella dijo, tomándome de las manos: “Mataron a Leo en un asalto”. Después de unos segundos unas lágrimas calientes brotaron de mis ojos y poco a poco el dolor fue alojandose en mi pecho como la espuma de una ola que arriba en la caleta; cálida, suave, tierna. Bajé la cabeza. Seguí llorando. Miré a Claudia con los ojos inundados y la abracé. Ella me consoló. -Gracias, -le dije. Dejé que mi cuerpo asimilara la nueva realidad, el nuevo orden. Pensé en mi papá. Pensé en mi mamá y en mi hermana, que ya venían en camino de Querétaro, junto con Vero, mi prima, y su esposo, Luigi.

Traté de imaginar la acción. Y el resultado. Mi hermano muerto por un hijo de puta desconocido; ¡¿por qué?! Mi Leyo cariñoso, insoportable, incontrolable, lleno de amor y sueños y contradicciones y enojos y puntadas y abrazos y besos y te amos, había quedado tendido en el piso en una de las delegaciones más violentas de la ciudad, tratando de resolver, conseguir o conectar algún “bisne”. Esa mañana esta ciudad nos cobró tributo y entregamos un muerto en holocausto a la impunidad. Cada día se cometen 60 asesinatos dolosos en el país; Leo, uno más de los sesenta cadáveres que produce la falta de educación y la crisis económica, la falta de voluntad política de las autoridades para desvincularse del crimen organizado, para que los ciudadanos podamos tener confianza en que no estamos desamparados ante una ley que no se cumple. Al día siguiente mataron a un maestro de la U.N.A.M. afuera de un Oxxo, sólo porque sí. El asesinato doloso se está volviendo la “causa natural” de muerte en estos días.


III
       

Leo era mi hermano (es), mi hermano menor. Cuatro años más chico que yo. 44 tenía. Y nos queríamos -a su modo- ; nos adorábamos, tanto o más que cuando éramos pequeños y nos agarraba la risa sin motivo, o se fastidiaba porque yo oía música toda la noche; y jugábamos a las luchas isleñas y nos daba risa un pedo, un eructo, un juego de palabras o el retrato de una actitud común caricaturizada hasta la náusea. Porque nos conocimos y pasamos de la competencia a la admiración mutua, por la aceptación del mundo en el que cada quien creíamos que vivía el otro; y no tratábamos de imponernos. Simplemente confiábamos en que nuestras diferencias nos hacían especiales, nos complementaban, y nos permitían asomarnos al mundo del otro como quien mira por el ojo de una cerradura hacia un cuarto al que sabe que nunca accederá. Festejábamos nuestros triunfos, compartíamos las angustias y nos acompañábamos cuando caíamos. A veces rebotábamos, y volvíamos a reír. Reíamos por no llorar ante tanto dolor que el alcoholismo le infligía; y el encierro y los demonios y las ganas de dejarlo atrás.

     

Iba bien. Al día de su muerte llevaba varios meses sin tomar. Aunque el daño ya estaba hecho en el cerebro persiguió al amor de su vida hasta el último aliento, y amó a su hija como a una diosa, y él era un dios para ella: su papi. 


         

   Aún así se había alejado mucho, en presencia física, de la familia. Nos veíamos poco, realmente. Pero cuando lo hacíamos era una fiesta. (cumpleaños de Sofi, mi cumpleaños o el suyo). Se sentía juzgado, minimizado, poco valorado su estilo de vida, inseguro. Pero hablaba por teléfono, y luego de saludarme rápido pedía hablar con Claudia y le contaba sus cuitas y ella lo escuchaba, y lo consolaba o le daba sus soplamocos cuando lo ameritaba. Eso le gustaba a él. Necesitaba contención. Su ansiedad era tan grande y tan dispersa y tan enorme que buscaba que algo o alguien le pusiera límite; ellos se decían “hermanitos”. Era difícil, porque había que atinarle al estilo de límite que él buscaba en cada momento. Para eso Claudia es muy buena. Sé que eso hacía con algunas otras personas; siempre buscando, siempre insatisfecho.

La distancia entre las zonas donde cada uno hacíamos la vida tampoco ayudaba mucho para encontrarnos seguido, pero Georgina siempre zanjaba ese inconveniente con tal de vernos reunidos riendo a carcajadas; carcajadas de dolor de estómago y córrele al baño, de moco tendido y suspiro, por cualquier babosada. El 29 de agosto nos vimos los tres hermanos, Claudia, Georgina y Sofi por última vez en un Toks que, por cierto, ya no existe: el del Insurgentes sur, por El Gallito. Celebramos anticipadamente el cumpleaños de Martha, mi hermana (el sandwich), y auguramos éxito para mi operación a corazón abierto que sería el 1ro de septiembre, a tres días. Durante mi estancia en el hospital, así como Claudia se fletó durante un mes todos los días trece horas diarias a mi lado, Leo llamaba o mandaba mensajes todos los días, dos y hasta tres veces para saber de mí y saber de Claudia. Me hubiera gustado verlo alguna vez por ahí en el hospital, pero ya sabíamos, como él nos lo aclaró varias veces que era “muy maricón para estas cosas”. No le gustaba verme débil o enfermo; pensar en que una situación así podría desembocar en mi muerte. Prefería mantenerse al margen, informado y dispuesto a todo.

De hecho, por esos días (mediados de septiembre de 2017) Leo se unió a una brigada de rescate para ayudar a los damnificados del temblor del día 19. Ahí conoció a un grupo de chavos y chavas comprometidos con quienes se integró de maravilla, por su buen humor y liderazgo único para motivar a las personas -siendo él quien sufría una condición que podría deprimir a cualquiera- . “¡Animoooooooo!” era su grito de guerra. Fue ahí, entre los escombros, el polvo y las desveladas que encontró vocación y se sintió cobijado. Toda la angustia que lo corroía por dentro la pudo convertir en energía para salvar gente, motivar equipos, y dejar un mensaje de amor entre sus compañeros. Todos esos ideales de unión y familia, de amistad y compañerismo que tanto buscaba, los encontró con un grupo de desconocidos a los que adoptó en su corazón y ellos a él. Cristianos, no creyentes, judíos; a todos los supo ver como individuos y ellos reconocieron su luz.

     

Los vi llegar al velorio en Gayosso Santa Mónica. Chavos fresas que venían con sus cascos de trabajo y una palabra de agradecimiento y adiós al amigo que apenas conocían, pero que les había dejado mucho. Habían abierto un grupo de Whatsapp donde propagaban sus consejos y sus frases de amor y compañerismo. Su ataúd se llenó de flores blancas y encima pusieron un casco blanco con su nombre. Aquel que en su incipiente adolescencia me confesó que le gustaría hacer una frase como la de “yo sólo sé que no sé nada”, hoy es recordado por sus puntadas, sus observaciones escatológicas y sus frases moralizantes.

Durante el día y hasta las diez de la noche cuando salimos de Gayosso, vimos llegar gente de todo tipo que lo conocía y se enteró de su muerte. Nos decían cosas fabulosas de él. Todos resaltaban su bonhomía, energía y buen humor, -además de su guapura y estilo, claro.

Hacía tiempo que vivía en un hotel por el rumbo de casa de Georgina. Llevaba varios meses sin tomar alcohol, y apenas un par de semanas de haber conocido a este grupo donde dejó sus últimas energías sirviendo. Georgina me comentó la forma en que ella entendía esto: “Encontró dónde ejercer su vocación las últimas semanas; dónde hacer lo correcto, y se ganó inmediatamente el pase al cielo. Cumplió su misión”. Mi madre y mi hermana están tranquilas porque confían en que en sus últimos momentos él se entregó a Jesús y fue directo a la presencia de d-os. Nosotros lo oímos decir que él era como su abuelita Pita: Católico, Apostólico y Romano porque era lo que le habían enseñado sus padres. Estoy seguro que de haber convivido con un grupo budista habría aceptado también esa forma, y de haber tenido un amigo musulmán lo mismo. Leo lo que buscaba era la paz. Y se la ganó.

Regreso a la diversidad de personalidades que se reunió en su velorio. Estaban los chicos fresas del grupo de rescate, los gangsters, los fashionistas, los cristianos, los católicos, los agnósticos, la familia, los padres de familia de la escuela de Sofi, los del patinaje, los vecinos, los empresarios, los nuevos clientes que ya no pudieron contratarlo; los amigos de mi hermana, mis amigos, los amigos de mamá. Todos fueron a despedirlo y a celebrar la alegría que les dio conocerlo y la admiración que les suscitaba su ímpetu, reflejo de un espíritu ardiente.

No supimos entenderlo. Rebasaba los límites de nuestra ufana tolerancia. Sí, de pronto era demasiado, por eso se había alejado de nosotros.


IV

La mascota del equipo, el perro, el baterista oficial del grupo, el DJ desconsolado porque nunca encontró la perfección en el sonido que calibraba, el neurótico que convertía un auto bien lavado en una joya de aparador, el amigo que daba lo que fuera por ayudar a una causa, resolver un problema, conseguir un contacto, arreglar una falla de cualquier naturaleza material, el porrista más apasionado de su hija. El inge, el arqui, el lic, el jefe, el patrón, el dueño, que lucía impecable aún en pijama. El dandy que hermoseaba la calle de Mazaryk al pasearse frente a las tiendas de lujo, saludando conocidos. Polanco, su terreno. Su sueño logrado.

Los días posteriores a su muerte se escucharon en la casa campanitas y más de una vez nos visitó un colibrí verde; Lhasa, la perra, se asustó al verlo. Hubo signos de su presencia, corrientes de viento inexplicables. Quizás quería darnos un mensaje que no supimos descifrar.

Lo extraño, quiero hablar con él. Oír su “¿Qué onda bro?”, gritar en la bocina “¡Ánimooooooo!” cuando más nos lleva la chingada, y reir a carcajadas hasta que nos volvamos a ver.

jmrr

3 comentarios:

Spalanzzini dijo...

Te mando otro abrazo, si es posible, todavía más fuerte.

Periodismo en medios electrónicos dijo...

Hermoso homenaje/epitafio/crónica/relato. Cuando el hermano grande es un gran hermano puede ver completo a su hermano pequeño. Me hacía mucha falta tu texto. Gracias!!!

Luis Hernández dijo...

Querido Josman, te mando un abrazo muy sentido desde mi ser, espero pronto tu corazón se reconforte, ese corazón guerrero de mil batallas, deseo que cumplas felizmente con tu misión de sanador mediante la palabra y cuando llegue el momento de reunirte con Leo estés muy satisfecho y sereno. Aquí tu amigo Luis te manda fuerza y mucho cariño, porque lo que le pasa a uno nos pasa a todos.