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jueves, 31 de julio de 2014

¿Who´s affraid of lo políticamente (in)correcto?


Elenco de ¿Quién teme a Virginia Woolf?

“A pesar de todo, cada hombre mata lo que ama, Para cada uno, oigan esto, Algunos lo hacen con una mirada amarga, Algunos con una palabra adulatoria, El cobarde lo hace con un beso, ¡El hombre valiente con una espada!”
― Oscar Wilde, The Ballad of Reading Gaol and Other Poems

La libertad es esa tan querida, como sabe quien por ella da la vida

Martha  (Blanca Guerra) y Jorge (Álvaro Guerrero) son una desgraciada pareja de mediana edad que ha encontrado en el escarnio mutuo una razón para justificar su amor perdido y cultivar el odio que los mantiene juntos como víctimas responsables de su mutua frustración. Una noche después de una gran fiesta que ha dado el padre de Martha, rector de la universidad donde han perdido sus ilusiones, reciben after hours a una pareja de jóvenes, Nicolás (Sergio Bonilla) y Linda (Adriana Llabrés). 
Él biólogo; ella, rica heredera. El paralelismo de historias entre las parejas, separadas únicamente por veinte años de tropiezos, supone una suerte de espejo para los mayores, a la vez que profecía para los incipientes trepadores sociales, víctimas de las veleidades de una Martha alcohólica que pierde el pudor con facilidad –si es que lo tuviera-  y busca cualquier coyuntura para envilecer la existencia de su marido, al tiempo que él le revira sus insultos con un agudo sarcasmo, generando entre ellos un juego de inteligencias donde la palabra es la preciada moneda de cambio. 
Las tensiones van aumentando a medida que corre el alcohol hasta descubrir que este juego de abyecciones va a ir a parar, como suerte de novatada, a los ingenuos aspirantes al sistema. Tímidos y acartonados al principio, los jóvenes van cayendo poco a poco en esta espiral degradante de la que, sin embargo, es posible, quizás, que se libren. No lo sabemos.

Jorge es un maestro de historia con una ética firme que se contrapone a la ambición desmedida de Martha, quien se ha casado con él con la esperanza de que pueda conquistar la posición de poder que debería heredar ella por ser hija del rector, pero no puede “¿por ser mujer?” Esta expectativa se frustra al tiempo que no les es posible tener familia. De tal forma que Martha se ve encadenada en un calabozo oscuro de tiniebla en el que no recibe la atención del padre, ni del hijo que pudo haber tenido.

Nicolás, traducción del Nick original, es una lumbrera académica, profesor de biología, se ha casado con Linda a raíz de un embarazo psicológico que no tuvo mayores consecuencias. Bella, joven y simplona, pero promete ser la rica heredera de un “hombre de dios”.

¿Qué hay detrás de todos estos entretelones y  misterios? ; ¿Dónde está la raíz de tanta rabia, tristeza y coraje? ¿Qué nos lleva a la madurez arrastrando tantos miedos, atavismos y ansiedades al grado de matar aquello que amamos; nuestras íntimas ilusiones, los sueños más justos?

“Lloramos, lloramos mucho los dos, todo el tiempo lloramos por dentro”  -dice Martha en uno de sus parlamentos.. “y guardamos las lágrimas  en estos cubitos de hielo que luego servimos en los vasos de alcohol que nos bebemos”.

¿Qué es lo que nos viene a decir a principios del siglo XXI este dramaturgo estadounidense, homosexual, abandonado por sus padres biológicos, poseedor de una franca profundidad en su argumentación capaz de incomodar a toda una generación (la de los sesenta), y cultivar la tragedia realista moderna como pocos?; ¿Qué relevancia tiene hoy la sola mención del nombre de una de las escritoras más emblemáticas de la emancipación femenina? Lo mismo que a principios del siglo XX, y a mediados. Porque la lucha por ser persona, levantarse individuo ante la masa, construir un destino propio a partir del reconocimiento y cultivo de los talentos personales a favor o en contra de las tendencias sociales, sigue siendo amenazada cada día por la cultura de la conveniencia y la comodidad.

¿Acaso las exigencias sociales, la moda, los prejuicios, las inercias, las ideologías  o la misma ignorancia siguen oprimiendo tanto al individuo contemporáneo como para verse reflejado en un cuadro trágico como el que aquí se presenta; o ya estamos viviendo los estragos del siguiente paso?

¿Ya brincamos la cerca del autoritarismo y no sabemos qué hacer con tanta libertad?; ¿Estamos abrumados ante la multiplicidad de opciones que nos encajonan en un autismo defensivo y seguimos responsabilizando al otro por aquello que podemos o no hacer? 

¿Cuál es la respuesta correcta –efectiva- ante una sociedad contradictoria que por un lado te invita a ser tú, libre, único, y por otro discrimina las diferencias, reduce las oportunidades para todo el que no se alinee al sistema económico-productivo imperante? 
¿De dónde el reclamo de tantas y tan emergentes minorías que luchan por sus derechos básicos ante la inercia boba e insulsa de la uniformidad controlable? ¿Por qué está tan de moda la discriminación positiva y ahora celebramos la moralidad, cómplice del atraso y la cerrazón, con el eufemismo de lo políticamente correcto?

La escalada femenina ha sido enorme. Sin embargo, hay entreveradas, muchas facturas históricas pendientes que huelen a revancha, al tiempo que cierta reticencia por perder del todo los privilegios que la minoría de edad social reserva para quienes optan por seguir al amparo de la figura masculina, dominante, llámese hombre, Estado, empresa, institución, logia o cualquier entidad que represente una figura paternal de sujeción, incluso mujer, lo que no es poco común en estos días.

La misma propuesta escénica en estos tiempos es una graciosa impostura. Dentro de la cartelera donde la mayoría de las propuestas son consideradas espectáculo suenan las alarmas. ¡SE HA COLADO TEATRO DE TEXTO EN LA ESCENA! El tema rebasa –quisiera- la reflexión de género para abarcar a todo individuo y confrontarlo con su realidad vocacional, sacudir el fuego de su espíritu y salir del sonambulismo rutinario en el que lo único que se persigue es dinero y poder –en el mejor de los casos-; cuando no al menos llegar a fin de mes. “¿Quién teme a Virginia Woolf?”

El tono irónico que mantiene muy bien la traducción al español chilango de Víctor Weinstock, especialista en la obra del dramaturgo estadounidense, favorece este contacto con el público. Mantiene la intensidad trágica y la ironía característica de la voz autoral sin perder de vista el humor, los giros de lenguaje, inflexiones y profundidad de los argumentos que son los que construyen, finalmente, ese espacio emocional propicio para la catarsis. Utilizar el título de la obra con la tonadita de Los tres cochinitos como un acento irónico que a la vez relaja la tensión es uno de los muchos aciertos de la dirección de Daniel Veronese. 
La homofonía del apellido Woolf con la palabra lobo en inglés justifica la posibilidad del miedo ante la presencia de todo aquello que representa el pensamiento de la autora de Un cuarto propio, en el sentido de cuestionarnos si uno realmente estará preparado para cuando llegue la hora de confrontarnos cara a cara con la verdad desnuda, con nosotros mismos; con eso que en la intimidad rebasa lo políticamente incorrecto para convertirse en  horrorosamente cierto, pues ¿habremos  construido nuestra casa con la soberbia de la paja que se abulta de ilusiones falsas, vicios, mentiras y apariencias; con la humildad de la madera, que suele conformarse y flotar sobre las aguas en medio de la tempestad;  o con el sólido ladrillo de la crítica y el trabajo comprometido que edifica una axiología fuera del chantaje y el sometimiento vil?   

La escenografía de Óscar Acosta no deja nada a la imaginación. Reproduce el interior de una casa de dos pisos donde hay un sofá al centro de la sala, una mesa baja en frente con unos libros desperdigados. Del lado izquierdo del público una puerta corrediza que abre a los jardines de la universidad, y del lado derecho el bar con botellas a medio vaciar y vasos de la juerga anterior, junto a una puerta que conduce al baño y al interior de la casa. Hacia el fondo y centro del foro está la puerta de entrada. A un lado un enorme librero de piso a techo. Contiene algunas enciclopedias, libros sueltos, legajos, espacios vacíos, junto a un clóset sin puerta del que cuelgan algunos ganchos desaliñados donde las visitas habrán de colgar sus abrigos, y del otro lado, detrás de un panel de cuadros traslúcidos, suben las escaleras a las habitaciones. 
El piso de madera resalta el realismo que el género exige y la iluminación estable de Patricia Gutiérrez tiene pocos cambios. Los necesarios para sugerir el paso del tiempo, apoyada también por una música, selección de Edher corte,  que devela las tensiones escondidas en el silencio. Quiero pensar que la metáfora de los materiales con que los cochinitos del cuento infantil construyen su casa está presente en varias ocasiones, y se hace evidente también en los materiales con que ha sido lograda esta ambientación.

La tragedia albeegoriana, término acuñado por Ruby Cohn en los años setenta, se rinde ante el poder de la palabra. Es ahí donde sucede la acción, en esos significantes, que a la vez crean la dimensión dramática. El teatro sucede entre la escena y el espectador en la medida que sus emociones y su conciencia son trastocados por el testimonio de los personajes.  ¿Quién teme a Virginia Woolf? ¿Tú, yo, el Estado, el orden trastocado de las cosas? La respuesta la ofrece Martha antes del telón.

Esta obra clásica fue escrita originalmente en tres actos y su primera representación fue en Nueva York en 1962, duró tres horas. Luego fue llevada a la pantalla en 1966 interpretada por Richard Burton y Elizabeth Taylor en una dirección de Mike Nichols, y ahora se presenta en una versión de 1 hora 50 minutos sin intermedio en el Foro Cultural Chapultepec, con una producción de Arturo Barba, Rodrigo Trujillo y Jacobo Nazar , producción ejecutiva de Mar y Sol Rodríguez, del 4 de julio al 28 de septiembre de 2014.

José Manuel Ruiz Regil
Analista cultural


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