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jueves, 23 de mayo de 2013

El arte de evidenciar lo que se esconde



La niña con la mano en el pecho. Óleo sobre tela. 140 x 120 cms.


El cuerpo es el paisaje donde confluyen las aguas de los afectos, los vientos de las ideologías, las hogueras de todas las pasiones y la piel ignota de las geografías. Así como en el individuo más joven de la especie está contenida toda la evolución, en los grandes desnudos de José Antonio Farrera estalla la modernidad con fuerza y contundencia. 

No estamos ante una colección de gente sin ropa que muestra su cuerpo sin más, como si de un juego erótico se tratara; ni las mujeres que han posado esperan verse como la Maja desnuda de Goya. Eso sería como querer enviar una carta por correo postal a caballo cuando contamos con e-mail. Los tiempos han cambiado, la manera en que se desarrolla una técnica pictórica también. Y aunque los temas siguen siendo esos mismos tres o cuatro que al hombre le preocupan desde el principio de la historia, la manera de decir, el lenguaje que se usa cambia, se recrea, se mutila y regenera en cada autor.


Estamos ante un testimonio de una época convulsa, estrujante, deforme, impúdica, vulnerable, que confronta, agrede, cuestiona, reclama, anhela, se planta y propone; que mira al pasado para tomar impulso, pero que está completamente decidida a poner en cuello su voz. Y la obra de Farrera es un reflejo fiel de este espíritu.


¿Qué pasaría si desaparecieran todos los edificios, las calles, los puestos ambulantes, la ropa, todos los accesorios que nos esconden y nos revelan a la vez, y quedáramos desnudos en medio de un oscuro silencio, cada uno iluminado por la única fuente de luz de su interno? Esta es la escena que nos recibe.


El cuerpo es un paisaje que crece en tres dimensiones: hacia arriba, las esferas del entendimento y las altas vibraciones del espíritu; hacia abajo, las medianías de la comodidad, la conveniencia y los abismos del instinto; y hacia dentro, las profundidades de lo posible.


Al mirar de frente cada uno de estos cuadros lo primero que impacta es la ruptura que hace la figura central con el fondo. El contraste lumínico es dramático. Concentra entonces la mirada en las formas y la piel. Piel que descubre varias calidades y que revela quizás, en muchos casos, durezas y contrastes que el sujeto mismo ignora. 

Esta piel es arada, sembrada, trillada y cultivada como parcelas en las que rotan las semillas de la experiencia vital. Donde antes crecía seguridad, ahora crece prudencia; donde el miedo era una plaga, quizás mañana nazca una fresca flor curativa. En otros puntos hay abrojos, lodazales y pantanos, lo mismo que escarpadas montañas, desiertos incumplidos o selvas de humedad constante.


Desnudo infantil Victoria.
Estos cuerpos femeninos representan la belleza, sí, pero también representan la vida, la historia de un género que ha forjado al mundo. Las creadoras de los hombres y mujeres que nos han traído hasta aquí, y que no se ven. Heroínas anónimas de una historia en cuyo rostro ha quedado la huella del dolor, muy por encima de la del placer, y que a pesar de ello –o quizás, por ello mismo- son capaces de alzar la mirada y mostrarse encarnecidamente descarnadas. La mirada que las pinta no las acaricia tampoco. Las acoge, desnuda su desnudez, espiritualiza su carne y las apropia.


El territorio del cuerpo es expresado en la poética de Farrera como capas geológicas cuya superposición corresponde al nivel de luz que reflejan. Los diferentes estratos son logrados a base de pequeñas, medianas o grandes pinceladas que conviven íntimamente, creando un mosaico de sentidos de donde se desprende el color, a veces siguiendo una misma gama, otras haciendo énfasis con los complementarios ideales, que al tiempo que definen el espíritu de la pieza, la evidencian al ocultarlo, y deja al espectador acaso unos breves cabos sueltos para iluminar su concepto. El pincel borda la tela como una aguja que hilvana retazos de historia, sueños y tragedias. Y una vez terminado el retrato, es necesario imprimirle la herida del tiempo. Para ello el autor dibuja, incide sobre la materia oleosa unos filos que marcan un rostro como si de un tatuaje aborigen se tratara, o abren un surco en alguna zona del cuerpo como si fuera un guiño, una cicatriz que permite no olvidar el trauma que vertebra al personaje. 


La venus del vientre.
Es fácil remitir a la escuela de Freud cuando se está frente a Farrera. Sin embargo, yo diría que está lo mismo que Egon Schielle, Goya o Jenny Saville, o incluso varios de sus contemporáneos que puede conocer o no el autor. Por lo que rescato que la búsqueda artística se da en un espacio de conciencia colectiva; de maná que es recibido por aquellos que atinan a trabajar la veta por donde se surte esta ambrosía. Por encima de ello Farrera tiene un sello propio, un lenguaje personal que se asocia con un compromiso técnico de una factura impecable y un estudio del color, sin exagerar, científico. Los grados de matiz que aplica obedecen no sólo al entusiasmo del momento, sino al resultado de un análisis matemático, lo que sugiere que estos cuerpos, además, pueden leerse como una cartografía emocional. 

Los volúmenes, curvas, sombras y luces están codificadas a través de un balance cromático y armonía con la forma. Por lo que podemos decir que en arte el desnudo es al paisaje, lo que la variable a la ecuación: La posibilidad de cambiarlo todo sin cambiar nada, pues si bien a lo largo de la historia del arte el cuerpo humano ha sido siempre el cuerpo humano, las diversas maneras de representarlo y verter en él los valores que la época aspira, reconoce o sufre es la variable que modifica por completo la ecuación de la armonía.


En la museografía que presenta para esta exposición AldamaFine Art coloca al centro de la galería el retrato del artista garbancero y en derredeor (en el perímetro del inmueble) circulan las divas de la carne, en una dinámica seductora que muestra y esconde al mismo tiempo. Desde el centro a la circunferencia y viceversa la desnudez de las modelos se traslapa al espíritu del artista quien a su vez las cobija y abriga a todas ellas con el manto de su pincel.


Si ya es tradición que los catálogos de Aldama Fine Art sean verdaderas joyas preciosas por su calidad editorial y belleza, el libro/catálogo que edita en esta ocasión es un diamante ámbar. Con un texto de presentación hecho por Rafael Muñoz Saldaña Sustrato humano, un ensayo de Santiago Espinosa de los Monteros José Antonio Farrera La inviolable frontalidad, un texto de Juan Carlos Pereda Elogio del cuerpo Los nuevos desnudos en la obra de José Antonio Farrera y una exquisita entrevista hecha al autor por José Ignacio Aldama, principal pilar y promotor de esta voz artística que ya tiene asegurado su lugar en la historia del arte nacional, los óleos de Farrera quedan dispuestos en este documento con gran acierto semántico, equilibrando en la distribución de su diseño la aparición precisa de acuerdo al contenido de la lectura. Esta exposición permanecerá abierta al público durante toda la temporada primavera-verano 2013.


José Manuel Ruiz Regil

Analista cultural
arteduro.dealers@gmail.com

3 comentarios:

Angelica Anduiza dijo...

el pintor jose antonio farrera es un orgullo mexicano felicidades

Angelica Anduiza dijo...

el pintor jose antonio farrera es un orgullo mexicano felicidades

Periodismo en medios electrónicos dijo...

El análisis de las obras y sus descripciones provocan unas ganas infinitas de estar frente a la obra de Antonio Ferrara. Lo bueno es que esas ganas se solucionan asistiendo a la exposición. Gracias por promoverla y, sobre todo, por "pro-mover" mi interés por mantener la experiencia estética cotidiana.