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jueves, 22 de noviembre de 2012

MexiCalidad, vestigios de una civilización futura



 Toro mexicano
La exposición que presenta el artista Rafael Sánchez de Icaza (México, 1958) en la Galería Bálsamo, con el título de MexiCalidad, reúne los trabajos en óleo y serilustre producidos hasta el 2012, con los que el autor, en calidad de Mexicano, explora sus raíces precolombinas. Esta aproximación curiosa, familiar y juguetona, la facilita precisamente, lo vital que se mantiene la sabiduría de los ancestros, y lo vigente de los símbolos que, sin deshonrar el origen, favorecen el brinco de esa frontera de solemnidad -muchas veces autoimpuesta-, para tocar el mito y volverlo rito de creación.

En esta serie vuelca el estilo que él mismo denomina surrealismo geométrico, en escenarios límbicos, atemporales, donde los elementos de su composición dialogan entre sí, logrando una narrativa sumamente aséptica, como si cada uno de los cuadros fueran inseminaciones in vitro de identidades genéticas; miniaturas de un cosmos articulado de recuerdos y épicas futuras. Se puede identificar un fuerte apoyo en el geometrismo característico de su poética, y en el collage, o reciclaje de elementos preexistentes (readymade), a la manera de Giussepe Arcimboldo (Milán 1527-1593), quien construyó retratos y paisajes manieristas a partir del acomodo creativo de elementos de la naturaleza como vegetales, frutas, verduras y otras herramientas domésticas para crear, con pequeñas figuras, la ilusión de un objeto más complejo y grande. 

Sin embargo, el maestro Sánchez de Icaza no se conforma con reutilizar elementos diversos como breves sintagmas de un sintagma más grande, ni tampoco se detiene en el delirio ilusionista que ha dado fama y trascendencia a la obra del maestro Octavio Ocampo (México 1943), sino que se nutre de esas fuentes para concentrar su corpus plástico en la articulación desarticulada (o en la desarticulación articulada, si se quiere) de los signos que cimentaron al gran imperio Mexica, y conforman hoy un mosaico polimorfo con el que da fondo y forma al sincretismo histórico-simbólico-temporal que aún inspira la posibilidad de una neo-mexicanidad.

Esta apropiación que el artista hace de los elementos religiosos, domésticos y símbolos prehispánicos, es una deconstrucción de un lenguaje –de por sí críptico- cuya interpretación nos queda muy lejos a los mexicanos occidentalizados de este tiempo, pero que formalmente nos identifica y nos cohesiona, más allá del discurso. Por eso las figuras, los altares y dioses que representa el autor ya no son los que eran, así como el mexicano de hoy no es el de hace cinco siglos. Porque los mexicanos de hoy no somos códice muerto en los anales del tiempo; sino acción concreta, dinamismo y creación simbólica constante. El guerrear del México contemporáneo está en la recuperación del sentido sagrado de sus actos, de su relación con el otro, con la tierra y los elementos; del compromiso con su creatividad, con el mundo espiritual más allá de los dogmas, que bulle todavía en los idiomas mesoamericanos, y del que hay vestigios en estas composiciones, a manera de cadáveres exquisitos plásticos, que más que discurso es danza de símbolos, alegorías de un conocimiento ancestral que el inconsciente nacional decodifica aún sin necesidad de exégesis étnicas. Porque el signo explota en la pupila para develar la identidad del alma.

La riqueza plástica que, además de las texturas que la pasta oleosa permite, alcanza la poética de Sánchez de Icaza en esta serie, es de gran peso simbólico, porque el elemento que imbrica en sus figuras, si bien no puede leerse como una inscripción, no le resta significados aleatorios, quizás, a la combinación de formas, las cuales en algunos casos mantienen sus campos semánticos, apoyando la escena, como es el caso de El músico, donde el rostro del personaje, emergiendo de las fauces del animal que su rango militar o religioso le confiere, ejecuta un instrumento de viento, y el color azul evidencia la liberación de sonidos que son plumas de cristal, en medio de los cuales viaja la luz del espíritu; o en el Teotihuacano, donde el personaje aguarda estoico la completa evacuación de la ciudad en llamas, cuyo reflejo se derrite en los brillos de su rostro; o en Ornamentos, una vitrina de reliquias que suspende en el espacio la investidura del guerrero-sacerdote, tal vez ya no como objetos utilitarios para la batalla o el ritual, sino como advocaciones de poder que pueden ser apropiados por el espectador, también, como símbolos patrios; o en Los elementos de Tlaloc, donde la fuerza y dignidad del ser mitológico incide sobre la naturaleza del río, a través de la voluntad, claramente expresada en la conformación del gesto, los colores y texturas que el tocado sagrado evoca.

Si bien la serie de veinte cuadros es sumamente elocuente, en cuanto a la reinterpretación y reordenamiento de los glifos, sellos, mascarones, sartales de cuentas, chapetones, dardos, flechas, flores, plumas, pectorales, signos calendáricos, elementales, del sol, la luna y el tiempo, entre otros, hay dos cuadros que son emblemáticos por su impactante sincretismo y trascendencia universal: El cristo mexicano, y El toro mexicano. En estas piezas queda perfectamente bien articulada la cosmovisión enriquecida de un ser complementado - oriente y occidente en el centro del universo; en el ombligo de la luna-, con un lenguaje renovado de México para el mundo, como parte de la expresión de esa nueva conciencia que surge del chakra activo de la tierra que es la mujer blanca; la polaridad cósmica que hace resurgir el espíritu creativo, lúdico y lúcido de los pobladores de Cem-Anahuac. 

El cristo mexicano devuelve el mito icónico de la civilización judeo-cristiana incrustado de simbologías encriptadas que evidencian el infinito rompecabezas existencial que ha creado la historia, a través de la fe y la magia sagrada. Y El toro mexicano es la elaboración de una figura de poder a través de la cual se asimila toda la historia de europa, para devolverla enhiesta en un hito que simboliza la fuerza imbatible y la nobleza de un pueblo que busca nuevos derroteros, pues ya no acepta el castigo ni el dolor como acicate.

Esta aportación del maestro Sánchez de Icaza evidencia lo que ya de suyo tiene de conceptual el códice como soporte escritural pictográfico. Y así como fue sustituida la Tonantzin, el aspecto positivo de la madre celeste, por la imagen de la Virgen de Guadalupe en 1531, a través de una tilma hecha para ser leída por un pueblo fervoroso –y no sólo para ser mirada-, MexiCalidad puede considerarse en conjunto un nuevo códice articulado para ser leído también, no sólo para ser mirado como cuadros aislados. Pues el todo es mayor que la suma de sus partes, y juntos develan la otra cara de la madre, Coatlicue, la sagrada madre muerte, la que lleva a la altura del vientre un atajo de saetas de las que cuelgan dos grandes lenguas de pedernal, y juntas simbolizan el fuego de la creación.  Sepamos leer entre líneas el misterio de la identidad futura que aquí se nos presenta.

Imágenes: Toro mexicano, Músico, Ornamentos, Cristo mexicano, de Rafael Sánchez de Icaza.
 
Lic. José Manuel Ruiz Regil
Analista cultural
arteduro.dealers@gmail.com


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