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sábado, 15 de septiembre de 2012

De oficios y otros vicios, por José Manuel Ruiz Regil



15 de septiembre de 2012.



Don Vic te recibe con una enorme palma abierta que refuerza luego con la otra mano en un claro gesto de apertura y afectividad. Su saludo lo acompaña de una sonrisa amplia y una mirada que invita a la complicidad de lo posible. Detrás del vidrio de la puerta corrediza que separa su taller del bullicio callejero, reposan las herramientas de su oficio. Dos máquinas de coser Singer. Una de medio uso, y otra reconstruida por él mismo. Luego cuando hay chance me guardo un dinerito para mí para mí así nomás, y me voy al tianguis a conseguir estas cosas. A chacharear, como se dice. Mis hijos y mi mujer me dicen “ya no traigas esos fierros”. Yo nomás les digo “usté déjeme eso ahí. Y poco a poco las voy arreglando. Cuando están listas salgo en mi triciclo y me voy a tianguis con ellas a venderlas, al mismo lugar donde las compré destartaladas –cuenta, mientras despliega la inercia de su oficio acumulado a través de los años con la cinta métrica, los alfileres y el gis de sastre. Su arte, heredado por línea paterna le ha permitido mantener a su familia y ganarse el afecto de sus clientes por más de treinta años. 
 
Hombres y mujeres acuden a sus manos para realizar ajustes a sus prendas consentidas, para soltar unos centímetros o a reducir la talla, el largo, o corregir un desperfecto. El taller está habitado por lienzos informes y prendas que se siguen una a otra sobre el mostrador, esperando su turno de ser trabajadas. Un espejo de cuerpo entero guarda la memoria de esas cosas que quedan “entre nos, don Vic”, y en un estante recargado en la pared esperan los casimires futuros.
El buen humor y agilidad mental de Don Vic hacen de la visita necesaria un piscolabis de algarabía campechana que se disuelve en risas entre la sisa, la pinza, el tiro y la pretina. 
 

Peyol Tocalli Chopi es un Araucano explorador que ha emigrado de Chile con una guitarra al hombro y prendido de su talento recorrió Centroamérica para llegar a México y comprobar que lo que se oía de aquí en las noticias no era cierto. Que él tenía razón. No le importa la visa ni el negocio. Pero está escribiendo un libro que –dice- contribuirá al despertar de la conciencia de la gente. Cuando era niño su padre le enseñó que había dos cosas en la vida que debía eliminar: la duda y el miedo. Esas fueron sus carencias. Inspirado, ha conocido el amor, la naturaleza y ha hecho camino labrando la armonía en su guitarra y su voz con la que trata de conquistar una sonrisa, una mirada fraterna, y quizás, si hay suerte, unas monedas.


Este es el Señor de la luz, patrono de los apagones. Su frente promiente revela una gran inteligencia bajo ese copetín de fierro. A pesar de tener los ojos bien abiertos se presume que padece la ceguera del vidente. Su mueca retraída testimonia el susto de quien lo ha visto todo, incluso antes de que suceda. Es probable que en las calles te topes con deidades similares. No te confundas. Este es el original.
Señor de la luz

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