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viernes, 20 de julio de 2012

Todos somos nacos, por José Manuel Ruiz Regil


Prolegómeno a un ensayo filosófico que nunca será escrito (gracias a dios)

...al menos en algunos aspectos. La naquitud consiste en aparecerse ante el otro como distinto. La diferencia confronta, cuestiona, amenaza, incomoda. A mayores coincidencias y afinidades entre los individuos, la homologación del gusto (sea bueno o malo) los cobija bajo un “status” de validez que se dan entre sí mismos. Todo lo que rebase ese círculo, o traspase esa frontera de acuerdos tácitos será calificado como extraño, ajeno, y, por lo tanto, naco. El buen gusto, por supuesto, es el propio. Todo lo demás es inadecuado, ofensivo, ridículo; de ahí su designación de impropio. Lo ridículo es lo que pone en juego la estabilidad, lo que tambalea lo establecido. Por eso provoca esa risa nerviosa que pretende decir: “yo no soy ese. No soy así”. Cuando en el fondo sabemos que sí es posible; que lo hemos sido, y que hacemos todo lo posible por no serlo.
El fomento de la individualidad es un arma de doble filo. Por un lado permite el reconocimiento de la diferencia, pero por otro celebra la irrepetible unicidad. El deseo de distinguirse entre la mayoría y conformar una minoría exclusiva no es suficiente para quedar exentos de tal clasificación (naco) ante otra minoría distinta, separada también de la gran mayoría, la cual se arrogará la cualidad de despreciar nacariamente la naquitud de grupúsculos cuantitativamente insignificantes, pero presentes. Coexisten infinidad de afinidades diversas en un mismo individuo quien, además, concibe como nacas algunas partes propias. Lo mismo hacia fuera. Reconoce afines ciertos aspectos de otros, pero juzga y discrimina otras. La naquitud no es una cuestión social, es el estigma que le pongo a lo que no es mío; a lo que no es como yo. O como yo quisiera.

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