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sábado, 19 de noviembre de 2011

Texto de presentación del poemario Destrozar las ratas de Blanca Esthela Roth Por José Manuel Ruiz Regil




Tengo el gusto de conocer a Blanca hace poco más o menos de un año. Sin embargo, hemos encontrado en el punto donde las miradas se cruzan y las almas se reconocen que no es la primera vez que nos acompañamos en un cacho de existencia. Y algo que me ha impactado mucho de ella es la certeza que tiene de su oficio. Mientras otros andan intentando poemas, explorando formas, ella se asume poeta y no le queda más que comprobarlo. Poeta en la palabra hablada, en el afecto, en el papel, en el escenario. No pierde ocasión para afirmarse y en estos tiempos de crisis multifactorial no hay nada más refrescante que tener cerca alguien que enarbole al menos una certeza. Y para constatarlo está el poema “comprensión” que no les adelanto para que tengan en su lectura la experiencia de la primera vez.

Después de este breve prólogo comenzaré mi comentario sobre el libro:

El poemario se anticipa con una pregunta existencial, incluso, antes del título de la primera parte. ¿Ser quién? –dice- Sólo yo –responde. La pregunta en sí es un desafío, pues reta a quién a ser. A quien se atreva. Y la poeta responde entre todas las voces posibles: Sólo yo. Sabiéndose especial, la escogida, la única capaz de enfrentar esta tarea. Sin embargo, la pregunta también tiene su sesgo de fatalidad y de resignación. No se puede ser más que quien se es. No hay tal heroísmo. De tal suerte que por muy valeroso que sea quien se atreva a transitar el camino hacia el sí mismo, no será más que eso. Mas, esto no resta valía a librar la más grande de todas las batallas. La que derriba los muros para acceder al sí mismo; la librada contra el abismo del no ser. 

Blanca la ha emprendido con arrojo y tezón; y de ello testimonia, en este poemario a la manera de los antiguos guerreros, cargando en vilo el cráneo sangrante de su enemigo. Aquí están sus ratas destrozadas. Aquí está su desafío, el ruido del silencio, su presente y dualidad.

Destrozar las ratas es un canto de asunción y de sumisión a la historia personal, a la vida. Un  confesionario de humanidad a flor de verso. Manejado con la precisión que el instante amerita. Con una simplicidad –cuando lo exige el poema- enunciativa, lo mismo que con imágenes contundentes de realidad. “Besos. Ojos del alma que mora”. Con esta imagen la poeta se prende de la piel, y succiona la savia de vida como una sanguijuela, no con cualquier sentido, sino con el de la vista, que es el que más apresa e impronta a la memoria. Plantea paradojas que nacen del revés del sufrimiento “Entristecer me alegra”. Esto en la primera instancia del libro titulada Ruido de silencio.

En la segunda parte, Estructura de la carne, explora tres escenarios fantasmales. En Veladora, el relato de un deseo del ánima por ocupar de nuevo la materia. Quizás, todo sucede en el escenario mental de la voz narradora, o quizás, sea el testimonio de un acontecimiento metafísico. En Culpa afronta el dilema vocacional versus la comodidad de ignorarlo. Con una voz interior muy exigente, tirana, digamos. Porque la conciencia es suprema y reclama. En Mortaja es claro que la acción sucede dentro de la mente del personaje. Evocaciones, recuerdos, apegos, huellas psicológicas que determinan las acciones presentes y fraguan las, muchas veces, conversaciones que nunca se llevan a cabo, más que en el imaginario, pero que repercuten en la acción y en la construcción de las relaciones con el otro. Plumajes que anticipan los picoteos, los mordiscos, arañazos y las rumias interiores que devienen luego en Destrozar las ratas, última parte y que le da nombre al libro.

“Soy yo quien en la carne las palabras forma,
igual que la emoción figura la lágrima”.

Pareciera que la escritura de Blanca va comiéndose al olvido. Su poética –lo afirma en diferentes ocasiones- es de recuperación, de rescate, de lucha contra el carterista que visita su cerebro. Sabe que no importaría si no lo hiciera. Pero ha decidido salir a cazar palabras y mostrarlas como trofeo. Para Blanca la escritura es una batalla contra la desmemoria y una reconstrucción de lo olvidado. Y lo mismo nombra un paisaje urbano, que una tormenta interior; un río desmadrado de emociones y su rellano de paz, después de la espuma. Tiene esa cándida simplicidad que le permite cantar al árbol de su casa igual que denostar las obscenidades del poder. No ignora que somos “árboles desnudos”, mas sabe que a su paso, la esperanza crece y la alimenta de libertad sembrando palabras.


Si el arte de leer poesía consiste en descubrir lo que no está escrito, los versos de Blanca Roth son huellas de lo que ha sido, de lo que tendría que ser, de lo que pudo haber sido.

Sorteando entre las instancias del libro a veces las vivencias son tan evidentes y prosaicas, cercanas y cotidianas que enuncian no más que lo que es. Pero a ratos puebla sus palabras un espíritu maestro que insufla luz a la penumbra existencial.

Imágenes de la decepción, del desencanto, de la gresca amorosa irredenta, de la cual ha salido victoriosa, como de la vida misma. Estos poemas son evidencia de haber pasado por el mundo. Las heridas son trofeos: los duelos, las más altas certezas; las alegrías, ilusión. Este destrozo roedor será un campo fértil donde pulir la armadura para el siguiente encontronazo con la realidad, para seguir escupiéndole al olvido, que es la muerte.

No importa ya, Blanca, que esas ratas te carcoman el cerebro, en tanto quede el testimonio en tus palabras, que ya habrá lector que se encargue de roerlas hasta el fin de tus páginas.

Termino con un instante revelador de la autora, donde podemos apreciar la fuerza con que la poeta construye sus imágenes a partir de asunciones y funda su esperanza en la belleza.

En el balcón de la casa
gotea la sangre de cristo
colibrí suspendido


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