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miércoles, 24 de agosto de 2011

Anfibia. Por José Manuel Ruiz Regil. Con dedicatoria a Angel Verdugo que instó a los radioescuchas de 98.5 a aplastar ciclistas.


¡Qué privilegio ir montado en dos ruedas!
Con los pies en los pedales,
girando la manivela de la vida a voluntad. 
Sin presión ni competencia.
Ninguna ley sobre mi ruta más que el albedrío.
Ningún punto de referencia más que el propio.
Freno. Regreso. Doy media vuelta. Camino en reversa.
Las manos agarradas al manubrio comandan travesía,
reflejo impredecible de mis laberintos mentales.

Me muevo de aquí a cualquier parte,
por cualquier lado.
La anfibia es extensión de mi cerebro,
mis brazos, mis piernas, mis sueños.
Su inercia obedece a mi peso.
Me soporta.
Lo mismo da si guío por la banqueta o
por el centro de la calle.
Mi bírula es medio de transporte, lenguaje, compañera.
Su cadena está ligada a mi imaginación.
Pedaleo, arriba abajo.
El mecanismo de pensar se activa.
La mente va girando con las ruedas.
Hay más hallazgos dentro que fuera;
más caminos que recorrer en la fantasía;
horizontes avistados entre los rayos de sus ruedas,
donde poder ir más lejos que esta realidad,
y, quizá,
más rápido.

La llamo anfibia porque es animal de tierra
 Y también lo es de aire.
Difícil distinguir la frontera entre elementos.
Ave que repta, pegaso, esfinge.
Lo más parecido a volar.
No depende más que de mi equilibrio y de mi fuerza motriz,
limitada, apenas, por las leyes de la física.

Andar en bici nada tiene que ver con el ciclismo.
El primero es arte; el otro, gimnasia apenas.
Andar en bici es vagar.
Ir a todos lados y a ninguno.
Encontrar sin buscar,
por el simple gusto de ir de frente.
Nunca en un mismo sitio.
No hay camino ni meta,
sino un ansia satisfecha de voluntad.



Hay algo de anarquía en birulear.
Contrasentidos, zigzag improvisado entre los autos,
inquieta presencia en medio de la noche.
No hay ley que aplique.
La autoridad enmudece ante lo inasible de su condición vehicular.
Escurridiza por definición.
La empujo a pie cuando es preciso confundirse entre peatones,
la llevo al hombro si subo a un  puente peatonal o voy al metro.
Explorar otros rumbos,
masticar otros asfaltos,
encumbrar banquetas
(cruzar viaducto montado es un manjar).
Somos una unidad psico-ciclo-podal perfecta. 

En cada ciclo mis alas se extienden.
Puedo planear, hacer barrenas, desplegarme del camino;
de sentidos, de instrucciones que seguir.
No se cansa.
En cierta forma es anodina.
Quien la considera un juguete
me ve con indulgente madurez.
Ignora que es el vehículo más propicio para la libertad.
No en vano el florentino la usó como motor de tanto invento.
Vertebral de maquinarias surrealistas,
pueblan lienzos metafísicas pintoras.

A veces, personaje encapotado, emerjo de tal cosmogonía.
Otras me transporto entre querubes y demonios por la urbe,
pedaleando mis afanes en el desierto del anonimato.

2 comentarios:

José Manuel Ruiz Regil dijo...

Propongo crear un comando ciclista para acompañar a Verdugo en su caminar por las calles, ofrecerle una bici, regalarle camisetas con su imagen montado en una bici. Tocar la bocina cuando nos topemos con él.

Anónimo dijo...
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