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lunes, 12 de febrero de 2018

El matalote 2

Polvo enamorado

Me pasa -como seguramente a ti también te pasa- que hay días en los que amanezco rumiando una tonadita y todo el día la traigo vuelta y vuelta; y me acostumbro a caminar con ella y a andar de aquí para allá evocando el sonsonete, sin saberme bien a bien la letra, el corito, tarareando despreocupado algún verso maltrecho. Creo que eso es normal. De hecho, aprendí a hacerlo conscientemente con la práctica de la musicosofía; a confiar en que el interno busca en la memoria cerebral el estímulo necesario para balancear biológica y emocionalmente al organismo en un momento determinado -si es que se ha ejercitado esta habilidad-; si no, el mismo inconsciente la administra y pasa lo que pasa.

Aclaro que esta disciplina (la de la musicosofía) se enfoca principalmente al estudio de la música clásica e identifica patrones que traduce en una expresión gráfica que sirve de guía al practicante; una especie de partitura para el escucha o melorritmia, según nos enseñó el Dr. Baumbach. Se utilizan signos convenidos para algunos pasajes, colores, y se permite personalizar los gestos cuando se está escuchando o estudiando alguna pieza, así como crear nuevas convenciones según comunique con más claridad o profundidad de sentido el nuevo signo.

El escucha entonces se convierte en un creador. Su cuerpo se convierte en el instrumento y la nueva pieza se desarrolla a partir de los sonidos, ritmos, énfasis y remates que el escucha capta y profundiza en ellos; diríase, encarna a un director de orquesta todopoderoso que ordena aquí y allá sonar de tal o cual manera; un dios creador de mundos, de pequeños universos y galaxias; un pantocrator que construye parajes sonoros tan sólidos como un planeta o tan ligeros como el gas. Es un viaje interior por medio del cual se abstrae de toda la realidad circundante y se enfoca en su mundo interior donde todo es sonido, vibración.

Bajo esta tónica uno, juguetonamente, sabe cuando una secuencia va in crescendo o cuando hay un pizzicato que evoluciona con gracia; o se anuncia el estallido triunfal de una sinfonía como la 9na de Mozart, el ritmo machacante del 1er. movimiento de la 4ta de Beethoven o se va a explorar el sentimiento profundo del intermezzo de Caballería rusticana; y así -como dirían los chavos- : Bach, Haendel, Mendelson, Gounod…




Hace unos días mi amiga Karla Servín, mejor conocida como Vadavagani Tezcatlipoca - no sé por qué oscuras artes llegó a nombrarse así- preguntó en su Facebook si a alguien más le pasaba eso que describí al principio, pues a ella le pasaba y no se explicaba el porqué. Sin embargo, preguntó, en un profundo Karlacentrismo, propio de una psicóloga en recuperación si sería un rasgo único y particular, un poder sobrenatural o un castigo inmerecido, o si a todos los demás también nos pasa.

Pues yo te respondo, amiga, a unos días de tu pregunta. A mí también me pasa y creo que es normal que le pase a todo el mundo. Así funciona el cerebro, la memoria y el inconsciente, ese tirano que nos descubre el verdadero ser y lo que somos; y nos devuelve la imagen en el espejo de lo que nunca hubiéramos querido ser.

Y ahora te reviro la pregunta: ¿Por qué habiendo estudiado la técnica del Dr. Balan, con piezas de trascendencia clásica, repitiendo una y mil veces sus pasajes hasta apropiarlas como mi mismo nombre, al grado de poder entonarlas, silvarlas, bailarlas o cantarlas de memoria sin necesidad alguna de un reproductor de sonido, alegran mi despertar fragmentos de “maldita primavera”, “la chica ye-ye”, “Amor eterno” u “Odisea Burbujas”?

        




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José Manuel Ruiz Regil
Poeta, publicista y analista cultural

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