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miércoles, 20 de abril de 2011

Filoctetes desgravidato, Por José Manuel Ruiz Regil

El drama clásico de Sófocles es revisado y adaptado para la escena contemporánea por el filósofo español Fernando Savater, motivado, según declaraciones a los medios, por la vigencia de la reflexión en la que un ser humano, traicionado por el orden, despojado de honor, dignidad y reconocimiento rescata como última opción un “no” por respuesta, o la muerte. Sumido en el dolor y el abandono, este héroe venido a menos descubre en ello su poder. La guerra de Toya es símbolo del eterno conflicto humano, y la reincorporación del arquero a las tropas, la condición de los Aqueos para ganarla. Este pequeño poder en manos del marginado significa esa fisura por donde el individuo puede recuperar su pertenencia - aunque sea dentro de un estado de cosas que lo hieren- o seguir abandonado. A este dilema el anti- héroe de esta historia nos da una respuesta.

La confrontación entre la experiencia como una distorsión axiológica y la habilidad para el engaño, representada por un cínico Odiseo que interpreta, digamos, de manera pastosa Miguel Solórzano, y la juventud cuestionando su ética y valor en un cuasi andrógino Neptólemo, hijo de Aquiles, interpretado por José María Mantilla, simbolizan las dos fuerzas en tensión. Un Filoctetes desgravitado (Jorge Avalos), exento del peso sociopolítico e histórico del original, pero que se acerca al público con un cariz tragicómico hábilmente sostenido por la dirección de María Ruiz. El guión escrito en la mejor tradición Hollywoodense resalta la profundidad del conflicto ontológico de los personajes protagónicos y desahoga la tensión dramática a través de chascarrillos y acrobacias de reminiscencias Schrekianas. Sin embargo, ante lo lejano y denso de las obras clásicas, lo aparentemente impráctico de las reflexiones metafísicas, y el analfabetismo de un público mediatizado cada vez más abúlico, me pregunto si será este tono light; esta línea autocomplaciente;  esta mercadotecnia del pensamiento lo que hará que las ideas brillen y el arte se posicione como un producto más en un nicho de consumidores de cultura predigerida. No es que no lo quiera (de eso pido mi limosna). Me parece genial. Pero preocupa el facilismo que esto puede propiciar. No es lo mismo que un Savater nos facilite el trabajo, invitándonos a transitar por los caminos del pensamiento a que pensemos que podemos evitarlos. Sirva pues, como un estímulo para acercarse a las fuentes originales de los mitos y completar esta lectura con nuestra propia experiencia.

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