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martes, 1 de febrero de 2011

La historia del individuo Por Ikram Antaki (Extracto del libro El banquete de Platón, grandes temas)


El individualismo se presenta como un pecado, una enfermedad, un vicio; pero este vicio ha sido, a menudo, emancipador del espíritu. Al lado de un Oriente que vive en un holismo casi total, en medio de la jerarquía y el mutismo público, donde la virtud reside en doblegar la individualidad, nuestra modernidad constituye una excepción enigmática.
(…)nuestra cultura occidental produce cuatro representaciones del individuo. El sublimado, el emancipado, el egoísta, y el individuo anónimo en la masa. Todas estas manifestaciones aparecieron durante el Renacimiento y la Reforma luterana y no han dejado de moldear a los hombres.
La primera representación nació de las herejías y los movimientos puritanos: para lograr dominar la vida religiosa y conquistar el instrumento económico, llave de toda potencia, había que inculcar una disciplina, una fidelidad a la comunidad, un ascetismo sin fallas. El objetivo de esta disciplina aceptada sería una personalidad psicológicamente fuerte; así se logra la soledad en la acción y la presencia en el seno del grupo y a su servicio. Sólo se permite sacar placer de la vocación; el individuo aprende a sublimar las emociones, aleja las ceremonias de la fe y de la magia, se vuelve apasionadamente racional en un mundo desencantado, también es apasionadamente personal; renuncia a los goces del arte, la conversación, la amistad, se hunde en una soledad interior inaudita. Esta representación abstracta del individuo sublimado ha sido llamada santidad.
La segunda representación surge con el Renacimiento, pero se difunde a través de la Revolución Francesa. Las tradiciones se borran, las relaciones milenarias se rompen, el individuo se destaca como fuerza autónoma. Spinoza y Hobbes le encuentran intereses particulares; puede seguir su camino y liberarse de la autoridad colectiva, posee cualidades universales que ninguna sociedad debiera limitar, es el fundamento del derecho del hombre, de justicia y de igualdad. Asimismo es el origen de un peligro, por la disidencia que representa “su libertad" frente a la cohesión social, y el fracaso que alberga este "amor de sí" que lleva al hombre a preferirse a todo. Como decía Toqueville, “el ser que determina esta representación es emancipado y crítico; se ha transformado, en la práctica, en ciudadano”.Se reconocen sus rasgos en los principios éticos de la obra de Kant, en la filosofía el Siglo de las Luces, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
La tercera representación se formó con la economía de mercado, sus rasgos característicos son la posesión y el intercambio, comprar y vender, acelerar la circulación de bienes, descubrir nuevas mercancías con las cuales comerciar. Las relaciones son impersonales, los vínculos de familia o amistad no deben interferir con las transacciones, la generosidad y el honor no tienen lugar, cada quien se define como un extraño ante el otro. Estas personas no son parientes, ni amigos, ni ciudadanos, ni cristianos, quizá ni siquiera son hombres; son dinero. Balzac y Zolá nos hacen penetrar en el universo de los individuos egoístas que siguen la línea que marca su interés propio. Quererse a sí mismo requiere de una energía infinita. La cuarta representación es la del individuo anónimo de las masas nebulosas. Todo mundo es idéntico a todo el mundo y está unido a los otros por el más pequeño denominador común. En la masa se pierde el sentido de las realidades particulares y la voluntad del individuo emancipado, que ya no conoce inhibiciones morales ni obedece al interés propio. Se diluyen las responsabilidades, se autorizan audacias y cobardías. Identificado a un jefe o a una fe, el individuo sólo existe gracias a este parecido, a esta fusión, a esta soledad en medio de todos, aniquilando la imagen del individuo amo de sí mismo, se diluye en lo efímero.
(…)la reacción contra el individualismo ha sido violenta. En esta lucha se unieron los tradicionalistas con los comunistas, el individuo libre se volvió el enemigo público número uno de los totalitarismos. El nazismo, el fascismo y el comunismo condenaron la libertad individual…

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