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viernes, 11 de febrero de 2011

Arrebatos de la memoria. Sobre Arrebatos carnales de Francisco Martín Moreno Por José Manuel Ruiz Regil


Por encima de los deslices eróticos que promete la novela, que a decir del género es una sucesión de cuentos independientes inspirados en los rasgos de personalidad de los héroes históricos, y cuyo conjunto no entrega ninguna historia entreverada más que la del apabullado destino de México (por si fuera poco), las anécdotas de alcoba no son para escandalizar a ningún lector consuetudinario que se haya revolcado en las páginas de Miller, Bukowsky o Beigbeder, por citar solo algunos hijos del complejo Fitzerald, de donde surge también el trabajo malicioso del Mexicano Enrique Serna o la sublime prosa poética del erotómano Alberto Ruy Sánchez, o de tantos otros que, lejos de pretender escandalizar, renombran el sexo y sus múltiples maneras.
Que un servidor público, político o ideólogo tenga exaltaciones sublimes, amores imposibles, deseos de poseer a otro, debilidad por las mujeres, por los hombres, o por ambos; pasión por la carne y sus fluidos, exabruptos lascivos, aproximaciones venéreas dentro, sobre, cabe, contra, ante, bajo por o fuera del matrimonio, a favor o contra natura, no es extraordinario dentro de la zoología que ofrece la condición humana, y no por ello dejan de sorprender, reflejar, agradar, confrontar o estimular las imágenes que ofrecen las detenidas descripciones de Martín Moreno.
Con esto quiero decir que si bien la inserción de estos pasajes constituye un atrevimiento preciso por la irreverencia histórica que representa –lo cual resulta sumamente terapéutico para el exceso de sobriedad y ceremonia con que tratamos la mentira oficial-, no debería ser (y no lo es, de hecho) el punto más destacable de la obra, sino la seria y profusa documentación, el análisis y la contextualización que relato a relato el autor entrega para que el lector arme los episodios de su propia historia; la de todos los mexicanos, comprendiendo el antes y el después, aun cuando los personajes se hallen tan separados en el tiempo como lo están José Vasconcelos y Sor Juana.
Esta distancia histórica da tiempo a que el lector se reponga de un primer horror para entrar al siguiente e identificar los patrones de conducta idiosincráticos que invariablemente desembocan en la misma tragedia. Como una noria que se cansa de dar vueltas siempre en el mismo sitio, sin moverse apenas un poco en el país del no pasa nada.
Cada capítulo es un ensayo-ficción que funciona de manera independiente y a la vez aporta a la visión general, lo que hace a la obra actual y fácil de leer de muchas maneras.
La estructura y tratamiento de cada ensayo obedece a un vicio de carácter de cada personaje en cuestión. La voz narrativa es consecuente con su propia historia. La de Maximiliano es contada por Carlos Bombelles, quien resulta ser su amante desde niño y acaba siendo chaperón custodio de Carlota en su exilio.
Porfirio Díaz es juzgado por Dios, ante quien no tiene grandes posibilidades de justificación. En el juicio al todopoderoso, el uso del narrador omnisciente es divinamente inapelable.
El caso de José María Morelos y Pavón, revela a un ser humano entrañable. Una confesión en primera persona que revela al verdadero autor intelectual de la lucha de independencia, y lo rescata como persona que obedece a ilusiones, miedos, sueños y equivocaciones, muy humanas.
Francisco Villa se debate con su conciencia. Doroteo Arango le echa en cara las innumerables barbaridades que no puede soslayar su memoria, creando un limbo donde se debate entre el cinismo y la culpa.
A pesar de la imagen áurica del Ateneo, los documentos entregan a un José Vasconcelos fascista, decepcionado de los mexicanos –como todo el que ha apostado a la educación y la cultura en este país-, cuya tormentosa relación con María Antonieta Rivas Mercado posibilita su ascenso a la candidatura presidencial. ¿Imaginarse al maestro de la juventud liado con Hitler o Goebbels? eso sí matiza mucho el busto broncíneo del prócer.
Otro de los textos más logrados, llenos de lirismo y verdad histórica es el de Sor Juana Inés de la Cruz. La voz de  su alter ego, la Condesa de Paredes, esposa del Virrey, es quien narra esta historia enclaustrada de amor al amor y amor a las letras. En la correspondencia de una a la otra denuncia al autor intelectual y material de la muerte de la décima musa: su propio confesor. Moreno traza una monja sensual, extática, sublime, arcangélica, dedicada al conocimiento y con una pasión imposible. Denuncia en voz del poder el escarnio y la injusticia producidos por la envidia de los inquisidores, y traza la pureza de un amor platónico apenas realizado en la carne.
La obra de Francisco Martín Moreno arrebata exclamaciones de sorpresa, indignación, coraje y pena sobre lo que es y ha sido la historia de saqueo físico, moral e intelectual de este país. Es muy importante que la gente común y corriente, no solo los especialistas, historiadores y estudiosos, conozcamos y entendamos la correlación de estos hechos, salpimentados con algunas anotaciones lúbricas sumamente palatables, para tomar en cuenta que la gente en el poder goza y padece de los mismos apetitos que los demás, sólo que tienen más posibilidades de satisfacerlas, muchas veces a costa de la confianza, el abuso e incluso todavía, con el consentimiento innoble del pueblo.
Por mi parte agradezco el interés en la historia que la obra de este autor despertó en mí, lo que no lograron mis maestros en su momento. Continúo con el resto de sus libros aprendiendo de su agudeza para el detalle, la capacidad de crítica y denuncia, y la frescura para cuestionar a quienes llevan el destino de este país atado a la cintura.

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