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viernes, 14 de diciembre de 2012

Cósimo, poeta





 
Novela maravillosa del escritor italiano Italo Calvino: "El Barón Rampante". No sé cómo no se ha hecho una película basada en esta obra, sería preciosa. Toda ella es un poema. Cosimo, el personaje principal, decide subir a los árboles a la edad de doce años, y no bajar nunca. Pero desde las altas copas, de una rama a otra, crece, ama, lucha, viaja, piensa. Sobre todo ésto último. Su vida se convierte en un acto de rebeldía hacia la humanidad, que es la esencia del acto poético.

Encaramado en las horquetas hace frente a las más simples complicaciones que impone la fuerza de gravedad, el clima, los animales. Redacta leyes, lee muchísimo, y con el tiempo se gana la confianza de los habitantes de la comarca de Ombrosa. Su actitud es una lucha pacífica contra la necedad de vivir "con los pies en la tierra", del orden, aparentemente lógico, de las cosas. De esta forma vence -convirtiéndose en su principal amigo y guía literario-, al ladrón más temido, derrota a los piratas, acaba con la amenaza de los lobos, es admirado por Napoleón, combate en la revolución; todo, sin bajar un solo pie.



Viejo y enfermo, desaparece trepándose al ancla de un globo, que pasaba rozando la copa de un pino. En su tumba se lee : 'Vivió en los árboles, amó la tierra".



La historia es narrada por su hermano, quien recuerda, ya en su vejez, la vida de el Barón, que es una exaltación de ética, de amor propio, de voluntad. Una forma singular de decir a los hombres de la tierra que vuelvan el rostro a las alturas, hacia lo elevado; una metáfora de la humildad, la sencillez, que exigen los más altos valores de la persona.

Si Erasmo elogia a la locura como la forma de afrontar la realidad de la vida, Cosimo supera el delirio y hace de su vida la más cuerda y temible poesía. 

José Manuel Ruiz Regil, 1994.
Analista cultural.


domingo, 5 de agosto de 2012

Una voz enam(i)rada, por José Manuel Ruiz Regil



“El fado se inventó para llorar” Amalia Rodrígues
 
Me enteré del fado cuando vi por primera vez a Teresa Salgueiro cantar en la película Historia de Lisboa (Wim Wenders, 1998) en la Cineteca Nacional, hace más de doce años. Quedé impactado, primero por la belleza de su voz, la estampa de su imagen y el misterio solidario de los músicos que la acompañan (Madredeus) en una especie de coro de plañideras que custodian un catafalco rumbo al precipicio del destino. Gusté los discos de la agrupación portuguesa, bebí a borbotones la tesitura de su solista más de una madrugada, monté sobre la carrera de sus cuerdas un torpe mimo en mi guitarra y emulé esa saudade que acompaña al solitario en su profunda mirada interior. “El fado se inventó para llorar”, dice la autora de las canciones más melancólicas en lengua portuguesa. Quienes padecemos-gozamos de temperamento crepuscular hemos bebido de esta absenta musical que embriaga los sentidos de hipersensibilidad, hasta el punto en que el dolor existencial es sublimado por el éxtasis casi místico, como esos que los poetas medievales registraron en sus libros de horas.

Hace apenas pocos años en el festival de cabaret  presentaron una puesta en escena de La reina del fado, como se conoce a Amalia Rodrígues, figura icónica del género, reconocida por la profundidad de su interpretación y su terrible historia de amores, desencantos y miserias, redimidas únicamente por el bálsamo de su voz; una voz que convoca todos los lamentos de la humanidad y los acaricia tiernamente entre sus labios. Querida, admirada y deseada mujer de la península ibérica, esta artista, acaso la Edith Piaff portuguesa, robó el corazón de su público dentro y fuera de su país,  y marcó una época con el velo del gozo mórbido. Cofrade de la hermandad de las suicidas marinas, ahogó su voz en el océano de penas y desapareció dejando un hueco enorme en el corazón de la melancolía.

Uno de estos días de taxi abordé, tan al azar como el destino puede ser planeado, un taxi al medio día. –De frente. –Indiqué al chofer. No había pasado un segundo cuando identifiqué en las bocinas del auto esa belleza que sólo la tristeza puede producir en tono menor. -¿A poco es Amalia Rodrígues? –pregunté. Al instante ese hombre maduro, de aspecto jovial, cabello coronado y bigote entrecano, destinado a ilustrarme musicalmente los próximos veinte minutos, que vestía playera futbolera azul sin mangas, me miró por el espejo retrovisor. -¿Le gusta el fado? –Me encanta. –contesté. Algo en su ánimo se encendió al instante. -¿Entiende portugués? –me preguntó sin esperar respuesta. Llevó su mano al stereo del auto y cambió de track el disco.- Así es más fácil entenderle. Despacito se parece mucho al español –dijo, luego de aclarar que en ese disco sólo traía 167 canciones. Advertí que, prensado en la visera del copiloto, yacía un diccionario portugués-español. Sonó Sardinheiras 

Como un cazador de mariposas iba tras las palabras aprendidas, para hacer de mi trayecto un viaje único con traducción simultánea donde me enteraría de la historia de una adolescente que se enamora de la mirada de un muchacho que vivía en Alfama, al que vio por casualidad una vez y del cual se enamoró. 

Um dia ele seguiu-me
Da água onde eu morava
Cumprimentou-me, fugiu-me
E a outro dia lá estaba
Atirei-lhe de trapeira
Da minha água furtada
Uma rubra sardinheira
Que se tornou mais corada
Depois, nunca mais o vi
Nem do seu olhar a chama
Passou tempo, descobri
Que ele morava na Alfama
Uma noite, sem pensar
Pus o meu xaile, meu lenço
E fui atrás desse olhar
Que deixara o meu suspenso
Hoje moro onde ele mora
Hoje durmo onde ele dorme
E só olho por dentro e por fora
Da minha alegria enorme.

Como vio mi interés en el título de la canción me extendió una copia fotostática que sacó hábilmente de la otra visera, mientras escuchábamos Perseguicao.

Se de mim, nada consegues,
Não sei por que me persegues
Constantemente na rua!
Sabes bem que sou casada
Que fui sempre dedicada
E que não posso ser tua!
Lá por que és rico e elegante,
Queres que eu seja a tua amante,
Por capricho ou presunção?
Ah, eu tenho o marido pobre
Que tem uma alma nobre,
E é toda a minha paixão!

Rasguei as cartas sem ler,
Nem nunca quis receber
Jóias ou flores que trouxesses!
Não me vendo, nem me dou,
Pois já dei tudo o que sou
Com o amor que não conheces!

En esta pieza clásica la autora desprecia a un pretendiente que no conoce de amor, pues no sabe respetar su condición de casada. Ya casi para llegar a mi destino el Sr. Alejandro Becerra, compartido y paciente me explicó que en la película Primal fear (Las dos caras de la verdad), donde actúa Richard Gere haciendo un papel de mafioso, entra en un bar donde está sonando la Canción del mar pero interpretada por Dulce Pontes. El actor antes de retirarse pide al camarero le muestre el disco que escuchan y se lo lleva. Ese es el soundtrack de la película. El mismo tema musical que Sara Brightman volvió un éxito en Harem. Dice don Alejandro que es la pieza que tocaba la orquesta del Titanic mientras el buque se hundía en las heladas aguas. No estoy tan seguro de este último dato y no he encontrado evidencia contraria. Pero la idea es muy atractiva.

Fui bailar no meu batel
Além do mar cruel
E o mar bramindo
Diz que eu fui roubar
A luz sem par
Do teu olhar tão lindo
Vem saber se o mar terá razão
Vem cá ver bailar meu coração

Se eu bailar no meu batel
Não vou ao mar cruel
E nem lhe digo aonde eu fui cantar
Sorrir, bailar, viver, sonhar contigo

Vem saber se o mar terá razão
Vem cá ver bailar meu coração

Se eu bailar no meu batel
Não vou ao mar cruel
E nem lhe digo aonde eu fui cantar
Sorrir, bailar, viver, sonhar contigo.

A este sensible servidor del volante le conmueve el valor de las mujeres cuya obsesión por buscar el amor ideal las ha llevado al fondo del mar es el caso de Amalia Rodríguez y Alfonsina Storni. Una voz enamorada de unos ojos que cantan profundo y que miran alto y quedo, para consuelo de un chofer y un pasajero que transitan por las aguas tempestuosas del tráfico chilango. Remeros que luchan contra el Kraken de la indiferencia y llegan a puerto victoriosos con ánimo para otra aventura.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Poesía en el ring


La editorial VersodestierrO respalda con hechos el concepto que el maestro Roberto López Moreno acuña con absoluta contundencia sobre el ring: Esto es "Poesía gladiadora". Esfuerzo titánico, tesis política y actitud estética que ha hecho posible que el Torneo de poesía Adversario en el cuadrilátero sea un formato que figure ya en la historia de la divulgación cultural y el fomento a la lectura y la creación.

Torneo de Poesía 2011: Venancio Neria, nuevo campeón del Torneo de Poesía...: Neria, versos de campeón Resultados de la Gran Final del Torneo de Poesía 2011 Venancio Neria Poeta campeón Athena Ramírez Segundo lu...

sábado, 19 de noviembre de 2011

Texto de presentación del poemario Destrozar las ratas de Blanca Esthela Roth Por José Manuel Ruiz Regil




Tengo el gusto de conocer a Blanca hace poco más o menos de un año. Sin embargo, hemos encontrado en el punto donde las miradas se cruzan y las almas se reconocen que no es la primera vez que nos acompañamos en un cacho de existencia. Y algo que me ha impactado mucho de ella es la certeza que tiene de su oficio. Mientras otros andan intentando poemas, explorando formas, ella se asume poeta y no le queda más que comprobarlo. Poeta en la palabra hablada, en el afecto, en el papel, en el escenario. No pierde ocasión para afirmarse y en estos tiempos de crisis multifactorial no hay nada más refrescante que tener cerca alguien que enarbole al menos una certeza. Y para constatarlo está el poema “comprensión” que no les adelanto para que tengan en su lectura la experiencia de la primera vez.

Después de este breve prólogo comenzaré mi comentario sobre el libro:

El poemario se anticipa con una pregunta existencial, incluso, antes del título de la primera parte. ¿Ser quién? –dice- Sólo yo –responde. La pregunta en sí es un desafío, pues reta a quién a ser. A quien se atreva. Y la poeta responde entre todas las voces posibles: Sólo yo. Sabiéndose especial, la escogida, la única capaz de enfrentar esta tarea. Sin embargo, la pregunta también tiene su sesgo de fatalidad y de resignación. No se puede ser más que quien se es. No hay tal heroísmo. De tal suerte que por muy valeroso que sea quien se atreva a transitar el camino hacia el sí mismo, no será más que eso. Mas, esto no resta valía a librar la más grande de todas las batallas. La que derriba los muros para acceder al sí mismo; la librada contra el abismo del no ser. 

Blanca la ha emprendido con arrojo y tezón; y de ello testimonia, en este poemario a la manera de los antiguos guerreros, cargando en vilo el cráneo sangrante de su enemigo. Aquí están sus ratas destrozadas. Aquí está su desafío, el ruido del silencio, su presente y dualidad.

Destrozar las ratas es un canto de asunción y de sumisión a la historia personal, a la vida. Un  confesionario de humanidad a flor de verso. Manejado con la precisión que el instante amerita. Con una simplicidad –cuando lo exige el poema- enunciativa, lo mismo que con imágenes contundentes de realidad. “Besos. Ojos del alma que mora”. Con esta imagen la poeta se prende de la piel, y succiona la savia de vida como una sanguijuela, no con cualquier sentido, sino con el de la vista, que es el que más apresa e impronta a la memoria. Plantea paradojas que nacen del revés del sufrimiento “Entristecer me alegra”. Esto en la primera instancia del libro titulada Ruido de silencio.

En la segunda parte, Estructura de la carne, explora tres escenarios fantasmales. En Veladora, el relato de un deseo del ánima por ocupar de nuevo la materia. Quizás, todo sucede en el escenario mental de la voz narradora, o quizás, sea el testimonio de un acontecimiento metafísico. En Culpa afronta el dilema vocacional versus la comodidad de ignorarlo. Con una voz interior muy exigente, tirana, digamos. Porque la conciencia es suprema y reclama. En Mortaja es claro que la acción sucede dentro de la mente del personaje. Evocaciones, recuerdos, apegos, huellas psicológicas que determinan las acciones presentes y fraguan las, muchas veces, conversaciones que nunca se llevan a cabo, más que en el imaginario, pero que repercuten en la acción y en la construcción de las relaciones con el otro. Plumajes que anticipan los picoteos, los mordiscos, arañazos y las rumias interiores que devienen luego en Destrozar las ratas, última parte y que le da nombre al libro.

“Soy yo quien en la carne las palabras forma,
igual que la emoción figura la lágrima”.

Pareciera que la escritura de Blanca va comiéndose al olvido. Su poética –lo afirma en diferentes ocasiones- es de recuperación, de rescate, de lucha contra el carterista que visita su cerebro. Sabe que no importaría si no lo hiciera. Pero ha decidido salir a cazar palabras y mostrarlas como trofeo. Para Blanca la escritura es una batalla contra la desmemoria y una reconstrucción de lo olvidado. Y lo mismo nombra un paisaje urbano, que una tormenta interior; un río desmadrado de emociones y su rellano de paz, después de la espuma. Tiene esa cándida simplicidad que le permite cantar al árbol de su casa igual que denostar las obscenidades del poder. No ignora que somos “árboles desnudos”, mas sabe que a su paso, la esperanza crece y la alimenta de libertad sembrando palabras.


Si el arte de leer poesía consiste en descubrir lo que no está escrito, los versos de Blanca Roth son huellas de lo que ha sido, de lo que tendría que ser, de lo que pudo haber sido.

Sorteando entre las instancias del libro a veces las vivencias son tan evidentes y prosaicas, cercanas y cotidianas que enuncian no más que lo que es. Pero a ratos puebla sus palabras un espíritu maestro que insufla luz a la penumbra existencial.

Imágenes de la decepción, del desencanto, de la gresca amorosa irredenta, de la cual ha salido victoriosa, como de la vida misma. Estos poemas son evidencia de haber pasado por el mundo. Las heridas son trofeos: los duelos, las más altas certezas; las alegrías, ilusión. Este destrozo roedor será un campo fértil donde pulir la armadura para el siguiente encontronazo con la realidad, para seguir escupiéndole al olvido, que es la muerte.

No importa ya, Blanca, que esas ratas te carcoman el cerebro, en tanto quede el testimonio en tus palabras, que ya habrá lector que se encargue de roerlas hasta el fin de tus páginas.

Termino con un instante revelador de la autora, donde podemos apreciar la fuerza con que la poeta construye sus imágenes a partir de asunciones y funda su esperanza en la belleza.

En el balcón de la casa
gotea la sangre de cristo
colibrí suspendido


martes, 15 de noviembre de 2011

Un blues para cruz Por José Manuel Ruiz Regil



“Cuán desnutridos los cielos para los pájaros de la soledad” José Cruz

Como pidió León Felipe: “Deshaced ese verso./ Quitadle los caireles y la rima,/ el metro,/la cadencia/y hasta la idea misma.// Aventad las palabras,/y si después queda algo todavía/ eso/ será la poesía.  Fiel a la lección del poeta, José Cruz canta a la noche, a la pasión, al dolor, la soledad, al desamparo, la ciudad, consciente de que –citando de nuevo al maestro del exilio- “de aquí no se va nadie… ni el místico ni el suicida”. Antes hay que deshacer este entuerto./Antes hay que resolver este enigma.

De los textos del alcohol es un retrato al rojo-vino de las emociones; versos desnudos que resplandecen por la tensión de su verdad. Reporte crudo del sentimiento, sin arreglos ni florituras que distraigan el instante. Cada poema es alma descarnada que el autor confía será bebida en la alta voz de la lectura noctámbula, y que al hacerlo, como un mago cabalista, el lector, ira creando realidades al nombrarlas una y otra vez, en un delirium de palabras que son ojos. Ojos que son sexo. Sexo que llora de hastío y sus lágrimas humedecen la memoria, crean un presente lleno de olvido.

Con un trasfondo reticular en blanco y negro, donde la práctica de la melancolía (“ando de luto solo por el gusto de beber café”) es un embuste para no perder la paz y no dar por hecho la felicidad, para que no se vaya; el maestro la cubre, como ave domesticada, con su manto de hiel urbana, bajo la luz de una luna ebria. Sus versos son, como el lo dice: pájaros de la soledad a los que no les basta la inmensidad del aire para volar.

Guardián del sueño, velador del azulado aliento que se gesta en la vigilia nocturna, a la espera de la escala menor que baja del cielo, y cuyos andamios sólo puede sostener quien está armado de luz por dentro; quien está dispuesto a morir en el resplandor del relámpago.  Por eso sobrevive, cada blues más cargado, más eléctrico, aunque a veces no sepa qué decir, y saque a beber al perico, o experimente la amarga hermosura de mirar las palabras-góndolas hundirse*.

Solo de armónica

Mujer nube/
paz líquida/
heraldo macabro sobre el manto de la soledad.
Arrecife de púas los días/
huesos sonoros sobre el diapasón/.
De los textos del alcohol bebo naufragios/
Ahogando el azul que me mantiene en pie.


 *Referencia al poema Qué decir.
http://josecruzelreal.com/de-los-textos-del-alcohol/