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sábado, 24 de marzo de 2018

El matalote 11



Biblioteca roja


    




He estado revisando los libros que nos donó recientemente mi cuñado Eduardo. Aclaro que recientemente, porque a lo largo de veinte años que lleva de casado con mi hermana, me ha regalado varios tomos de diversos temas (historia, novela, ensayo, revistas). El acervo Castellanos-Ruiz se integra a los acervos Trovamala y Castillo, que forman ahora parte de la biblioteca Poeta y Bruja que conservamos celosamente Claudia y yo. Digo celosamente porque los libros que conforman esta desparramada y todoterreno biblioteca han formado parte de su infancia y de mi no tan corto camino como diletante de las letras. Ella conserva los cuentos de los hermanos Grimm, Las mil y una noches, los cuentos de Andersen, la enciclopedia de misterio de Hitchcock; Allan Poe, García Márquez, libros de esoterismo, cristales, cocina, medicina china, terapias,etc. etc.

El enfoque de la colección está sesgado hacia la novela negra y mística, ciencias sagradas y naturismo por su parte, y hacia la teoría del arte, estética, filosofía, sociología y literatura, por la mía. Ambos coincidimos en el estudio de las ciencias sagradas, la mitología y las religiones. Tenemos también un buen número de catálogos de artes plásticas, algunos de los cuales llevan un ensayo mío.


En la más reciente donación está la famosísima biblioteca Crisol de Editorial Aguilar, que son “N” libros de pequeño formato, diversos títulos y autores, empastados en rojo con filitos dorados. En ella he encontrado textos de Rabindranath Tagore, Erasmo de Rotterdam o José Vasconcelos. Menciono estos en especial porque son los que más a la mano tengo, y los he estado leyendo con gran curiosidad y asombro; unos porque ya los conocía y otros por todo lo contrario.


Encuentro que la narrativa de Tagore en El sentido de la vida mezcla magistralmente los conceptos del cristianismo y del hinduismo en una prosa universal que se antojaría irreconciliable, precisamente por la multiplicidad de dioses hindúes y el monoteísmo trinitario del cristiano. Sin embargo, su narrativa me confirma lo que siempre he dicho: que el cristianismo, como por otra parte las religiones mesoamericanas, tienen una genética más oriental que componentes occidentales, que fue por donde nos llegaron a América, gracias a la expansión del imperio romano, primero, y del español, después.



Elogio de la locura es un título que leí hace más de veinticinco años. El libro estaba en los libreros del despacho de mi papá, en casa de mis abuelos. En la portada de fondo azul turquesa aparecen tres elementos: un bufón en rojo, un bastón de mando (varita mágica) en amarillo y una calavera. La edición de Aguilar de esta obra de Erasmo de Rotterfdam trae algunas ilustraciones a línea en blanco y negro. El libro es igual a todos los demás (rojo con filitos dorados). En él habla la locura, y hace un repaso del pensamiento de los primeros filósofos y de los mitos que acompañaron a sus culturas. Es un libro fascinante, escrito como autocrítica, con humor mordaz, -como mordaz pudo ser el siglo XVI- que releeré con enorme gusto.




Como he estado interesado en estudiar la identidad nacional; rellenar esos huecos a veces demasiado grandes que ha dejado el olvido o el mal aprendizaje de la historia de México, he escogido La raza cósmica, de José Vasconcelos, un libro del que he oído hablar - aclaro que sólo del título, porque típico que nadie comenta el contenido- y que así como el Ulises criollo, de él mismo, intuyo que tienen algo que decirme.

Secretario de Educación Pública en tiempo de Álvaro Obregón. Eso no es lo más interesante de él, sino su neurosis por educar al país, por facilitar las condiciones para que de la mezcla de todas las razas surja la elegida quinta raza, la cósmica, que para mejores rasgos, tendría que nacer en territorio latinoamericano; si fuera México, excelente.

Luego de este ensayo que está dividido en dos partes, vienen crónicas de viajes diplomáticos por los exuberantes países de latinoamérica; así como los libros El arte de la fuga, de Sergio Pitol o Confieso que he vivido, de Neruda, que en sus tiempos de diplomacia pudieron pergeñar. En estos, además de la aguda mirada de Vasconcelos, se puede reconocer su rigidez de pensamiento (¿rigor intelectual?), su innegable clasismo y deslumbrante machismo. Bueno, era la época, diremos. Yo creo que no hay época para negarle a nadie sus derechos inalienables como ser humano. Sin embargo, también se trasluce una enorme capacidad de gozo estético y una gran elegancia en su narrativa impecable.


En otro de los libros que recién llegaron a casa está A la sombra del ángel, de Cathryn S. Blair, la nuera de Antonieta Rivas Mercado, quien so pretexto de hablar de ella, le regala al lector una mirada muy íntima de la vida de una familia acomodada en tiempos de la revolución. En esta novela biográfica aparece Vasconcelos, más como un impetuoso y arrogante soñador, que como un noble amante, que explota a la inestable Antonieta hasta dejarla en la ruina, lo que desencadenó, entre muchas otras cosas y una imparable espiral descendente hacia el abismo, su sonado suicidio en la Catedral de Notre Dame de Paris.




Pues aquí le dejamos por hoy. Luego les sigo contando de los libros que por el momento están en doble y hasta en tercera fila en nuestros libreros; en ese aparente caos donde uno ubica perfectamente las cosas donde están. Vuelvo a mi mundillo de papeles, notas y pilas de libros entre los que me pierdo por horas y horas.



José Manuel Ruiz Regil
Poeta, publicista y analista cultural. 


miércoles, 7 de marzo de 2018

El matalote 7


"Querido lector"

        


Querría criticar las campañas de fomento a la lectura que han pululado en televisión, prensa, revistas y espectaculares en la Ciudad de México, pero pensándolo bien, me ha parecido injusto hacer de ese esfuerzo -loable, aunque equivocado- una burla o una anti-campaña. Sólo me preguntaré: ¿Han servido de algo? ¿Más gente está interesada en leer, y si lee sobre qué temas lee y por qué?

De que se compran más libros no tengo duda. 10 mil millones de pesos al año es lo que genera la industria editorial mexicana, a pesar de que solo 46 personas de cada 100 que compran libros los leen (Milenio/negocios, Frida Lara. 10-09-17), y más de la mitad de lo editado son libros de texto y cursos de inglés.

Curiosamente, las razones que dan las personas para no leer son la falta de tiempo y el desinterés, y no el factor económico, necesariamente. Lo que demuestra que aunque no son tan buenos los mensajes, compramos más. Los libros se han convertido en un objeto de “status”, tanto intelectual como social. Pero los supuestos lectores, ¿irán más allá del desfloramiento del retractilado? (quitarles el celofán) Por eso quiero compartir mi punto de vista sobre el fenómeno de leer. Sí con doble e y acento prosódico en la segunda, como le dijo la niña mamona, esa, al Nuño.

Como publicista noto que, salvo la campaña de la librería Gandhi, que merece todos mis respetos, todas las demás parten de una estrategia prejuiciosa, institucionalista, que posiciona la lectura como una actividad snob, lejana a los intereses de la gente, y que es algo “cool” para los “millenians” o los “hipsters” que, por cierto, consumen más e-books que libros de papel. Promover la imagen de un tipo leyendo es para algunos atractivo, “sexy”; pero para la mayoría, es aburrido. Recomendar leer 20 minutos al día es como sugerir tomar 2 litros de agua, hacer 15 minutos de jogging, o usar condón; comer frutas y verduras: una actividad sana. Además, los libros están tan caros que para decidirse a comprar uno se tienen que descartar muchos otros títulos deseables.

Siempre que veo alguien con un libro en la mano me fijo qué tan avanzado va en su lectura. Por lo regular compruebo que no han pasado de las primeras páginas. Y resuelvo que esa persona no es un lector consuetudinario, sino que lee porque “hay que leer. Leer es bueno”. Se lo dijo el sistema. Ahora resulta que una pulsión ética se ha convertido en una moralina. No deja de ser una aproximación frívola de algo que resulta tan íntimo y personal como hacer el amor.


El problema es que se ha visto al libro como un fin y no como un medio. Claro que el libro-objeto (arte) puede ser un fin en sí mismo. Pero aquí quiero hablar específicamente del instrumento transmisor de información. Del conocimiento ya ni hablamos, pues ese sucede en el lector, al procesar la información con su experiencia (pensar). El libro es el trámite burocrático por el que hay que pasar para saber, saber que se sabe y qué no se sabe; la carretera que hay que recorrer para encontrar el destino. Entonces el tema es saber qué se quiere saber y dónde encontrarlo. Hay que generar problemas, discusiones, historias de casos que remitan a autores, temas, lugares, situaciones que lleven a leer una novela para poder hablar de sus valores literarios; a conocer la obra de Montaigne para hablar de todo o exaltar su habilidad de observación. Elevar el nivel de las conversaciones del reporte de las actividades domésticas al intercambio de ideas, a la discusión, el debate y, ¿por qué no? llegar a conclusiones que deriven en la creación de un nuevo conocimiento. Innovación. Cultivar ese bagaje será, entonces, como platicar que en el camino te paraste a comer en un restorán, y luego en una gasolinera, y que pasaste la noche en un motel y al día siguiente acampaste a cielo abierto.



Vuelvo a la metáfora del amor. Cuando se lleva una vida sexual activa, gozosa y feliz, se nota en el rostro, en el brillo de los ojos, en el ritmo de hacer las cosas, en la disposición proactiva hacia la vida, en el buen humor y en la forma en que se afrontan las catástrofes. Nada importa demasiado, si uno goza de lo trascendental. Y no hace falta exhibirse ante todos en el acto, sino que esa experiencia se vuelve privada e íntima; es como un alimento único que nutre el alma y el espíritu; hay pudor, privacidad. La lectura es así.

Al respecto del pudor en la lectura hemos tenido que trasponer las puertas de la intimidad para hacerlo masivo, por razones que le competen más a la mercadotecnia que al conocimiento. Y es porque en las conversaciones ya no sucede ese encuentro secreto entre las personas que comparten experiencias de lectura como para no caer en la vulgaridad de la cita bibliográfica, sino en el guiño de un concepto, un autor, algún pasaje, una frase como la de “are you talking to me?” o “el amor que no se atreve a decir su nombre”. La educación no es homogénea, y eso hace que la seducción de las ideas no permee igual a todos. Quizás ahora eso pase más con las películas, aunque el individualismo colectivo lo atomiza todo*.

Si hacemos eso, ¿qué más da comprar un libro usado en vez de uno nuevo, si además, podemos ahorrarnos unos pesos; pedirlo prestado o sacarlo de la biblioteca? Las librerías de nuevo sólo venden libros nuevos. Difícilmente vamos a encontrar textos que no estén de moda, a menos de que sean lecturas escolares, clásicos o novedades. Hay una enorme cantidad de textos a los que uno puede llegar si sigue la ruta de su curiosidad, no la del mercado. Un libro lleva a otro. Y para eso están las librerías de viejo, llenas de historias de historias. (Sí. lo dije bien) Y en esos espacios mágicos, que parecen saturadas panzas de bajeles, lo importante es no perder la brújula de los saberes, y el sabor de la intuición.

Lo ideal sería tener una variedad de intereses que nos lleven a buscar la información, por lo regular contenida en un libro del tema. Por eso suponer o dar por hecho que a todos nos interesa la historia o los cuentos para niños es algo reduccionista y peligroso porque habrá personas con inquietud por otros temas más prácticos que se van a perder en el camino y dirán: Yo no soy muy afecto a la lectura. ¿Pues cómo, si la mayoría de esos esfuerzos están enfocados a promover la narrativa (novela, cuento) y la poesía, nada más (literatura). También están las biografías, los libros técnicos, los clásicos, los religiosos y esotéricos, los compendios de recetas, las instrucciones para armar un cohete o una bomba casera.


Si el objetivo de las campañas ha sido aumentar las ventas de las editoriales, van muy bien. Pero si éste es acercar a los lectores a escribir su historia de autoconocimiento y despegue de sus potencialidades, no vamos por buen camino.
Leer es lo de menos. Lo importante es estar interesado en un tema, tener curiosidad, necesidad, hambre de saber. Por falta de todo esto fracasan las materias de español, literatura e historia en las escuelas. Porque no parecen tener una aplicación práctica en la vida cotidiana. ¿Qué le va a aportar el Mester de Clerecía a un chavo de quince años cuando lo que le interesa más bien está en la exquisita narrativa de Arturo Perez Reverte en La reina del sur? Los libros nos revelan, sobretodo, y cada vez más, todo aquello que nos falta por saber. Y ahí está el enganche. Por eso es una aventura personal, no escrita, sin reglas, mas que la honestidad del “querido lector” al que dirigió sus palabras el maldito poeta, Baudelaire.



José Manuel Ruiz Regil
Poeta, publicista y analista cultural.

martes, 28 de julio de 2015

La degeneración de los géneros, y la generación de degenerados



“Al visitar una exposición o leer un libro,
uno es el que se expone y también el que se lee”.


Conocer y distinguir los géneros artísticos y sus diferentes registros, me ha permitido disfrutar en profundidad las obras y los fenómenos estéticos, creando una variedad de matices de tono, color, perspectiva y abordaje filosófico que, además de brindarme un enorme placer, me ha dado acceso a valorar en su justa medida -dentro de mis limitaciones- sobretodo, los libros y las exposiciones de arte. ¿Por qué asocio estas dos disciplinas? Porque ambas tienen el común denominador de ser percibidas por el ojo, es decir, leídas, aunque en realidad, podemos leer con los cinco sentidos, es decir, ir más allá del sentido físico y descubrir en las sensaciones y los conceptos un discurso que nos evoque algo más de lo que se presenta: poesía.

Con mucha frecuencia escucho comentarios de amigos, conocidos y otras personas con las que he coincidido en alguna conversación, donde me doy cuenta de que el criterio principal para enfrentarse a una pieza artística es el consabido, pueril y limitado “me gusta” y “no me gusta”. La ligereza con que se aborda el fenómeno no tiene mayor relevancia que el de un programa de entretenimiento televisivo, todo está al servicio de la complacencia del consumidor, si exige cierta interactividad, la pérdida de atención es irremediable; si su lenguaje es críptico, sugiere ciertas referencias o una lectura activa, el rechazo y el desprecio son inminentes. No acabamos de entender (quizá, ni hemos empezado) que la cultura artística no es entretenimiento, sino un discurso paralelo a la realidad que nos ayuda a comprender mejor -o peor- el presente, el pasado y a prefigurar el futuro. 

“Yo no colgaría eso en mi pared”, “No pondría eso en mi sala”, “¡Qué horror!” siguen siendo los juicios que determinan el destino de una obra. Como si no hubiéramos vivido las vanguardias del siglo XX, las rupturas. Seguimos buscando la estética Ray Conniff, sin darnos cuenta de que el mundo en que vivimos ya no es esa burbuja de plástico en la que John Travolta interpretó al joven con inmunosupresión. Tal vez la repulsión hacia la literatura no se note tanto porque, al fin y al cabo, un libro, si no se abre y se lee, es tan inocuo como una cajita de Olinalá.




Recuerdo las excelentes clases que teníamos en la Universidad de la Comunicación (Antes de que fuera UC) con Hilario Arreola. Lo primero que nos dijo en Análisis Cultural, fue “olvídense del me gusta y no me gusta. Más allá de eso ¿qué?”. Otra guía crítica fueron las exposiciones de Emmanuel Carballo en la Escuela de Escritores de la S.O.G.E.M. Invariablemente comenzaba su clase diciendo: “Nos encontramos ante….”, como si aquella pieza literaria de la que nos iba a hablar fuera un cadáver al que se le iba a hacer una autopsia, una pieza arqueológica que estaba a punto de revelar sus secretos de siglos, o un instrumento de complicada ingeniería que habríamos de aprender a manejar con gran minucia. Desde entonces esa exigencia rige mi criterio, y a ello le debo una larga carrera de asombros. 


Cada que tengo oportunidad de hacer la distinción entre los géneros, lo hago. Es una suerte de servicio a la comunidad, con el que veo que algunos abren sus expectativas, ensanchan su tolerancia y se prestan a una discusión más allá de las mojoneras impuestas por la industria cultural (léase, mercado). En principio, para mí, toda expresión creativa tiene un valor en sí misma. De ahí, a valorar sus virtudes estéticas, su tradición o su propuesta, o que sea arte, es otra cosa. 

En mis talleres de lectura, Hablar de libros, insisto mucho en identificar, primero, qué tipo de material es al que se va enfrentar el lector. Si es novela, ficción histórica, cuento, poema (verso libre, blanco, soneto, décima, lira…), antología, trilogía, saga, ensayo (y de qué tipo), teatro (y de qué tipo), mini-ficción, Hai-kú, aforismo, greguería... Esto nos empieza a dar una estructura de pensamiento para poder discutir sobre ello. Saber, al menos, tres de las características de esos géneros nos permite jugar con los autores, ser creativos como lectores, y comprender la hibridación contemporánea sin caer en rigores esclerosantes.


Lo mismo pasa con las exposiciones. No es igual ir al Museo Interactivo de Economía (MIDE), que al Museo Tecnológico; a ver una exposición de pintura de paisaje del siglo XIX al MUNAL, a San Ildefonso a ver una muestra de arte musulmán, a la Colección Jumex o al Museo de la Caricatura. Si bien, cada institución tiene su propia vocación de difusión cultural, hay que comprender el momento histórico por el que está pasando el museo, la ideología que sustenta, los objetivos e intereses que persigue, si son de mera difusión de la tradición o de divulgación científica, social o artística. 


Parece que al gran público le da igual ir a ver la exposición de Yayoi Kusama, que la de Elizabeth Taylor o a Miguel Ángel y Da Vinci. Como si el compromiso fuera únicamente ir, estar, marcar una palomita en el check list de eventos masivos, postear sus selfies y decir sí la vi. Conste que ver no es mirar, para mirar hay que saber, y para saber es preciso pensar, y pensar hoy es un acto poético en sí mismo, pues amenaza la estabilidad social, pero urge.

Detengámonos un segundo a pensar algo tan trivial como ¿Qué ropa te pondrías para ir a una boda, a un picnic o a una comida familiar? ¿Cómo te preparaías para entrevistar a Adal Ramones o a Serrat? ¿Sientes la misma emoción de ir a ver a tu abuelita que a la chica o el chico que te gusta? Esta última pregunta puede causar escalofríos. Los mismos que genera abordar un poema con expectativas narrativas, una película de arte con intenciones de entretenimiento y un best seller en un país de tercer mundo con ojo de filólogo.

No digo con esto que el gusto personal, ese que es resultado del prejuicio, la educación, la cultura mediática y la ilusión de libre albedrío esté desterrado del tema. No. Lo que sí sería bueno es que ese gusto mediatizado, se emancipara de sus condicionantes comerciales y buscara, como la poesía, la palabra esencial, la imagen esclarecedora, el sonido del misterio. Cultura no es antagonista de lo comercial. Al contrario, un cambio que debemos propiciar es que lo cultural sea comercializable, pero ahí entramos en dilemas de propuesta y de mercado. La solución, tener un mercado más educado. 




Detrás de toda obra -y una exposición es una obra en conjunto dirigida por un museógrafo-curador-, tiene una tesis de sustento, o debería tenerla. A veces puede ser algo tan sencillo como mostrar objetos de manera cronológica. Otras veces es mucho más compleja, como hablar del mito de la fraternidad en un recuento de textos de ficción como Los reflejos y la escarcha, de Ignacio Padilla. Hemos tenido el privilegio de disfrutar exposiciones imponentes en Bellas Artes, como la de Picasso o Paz, siendo ambas tan distintas y tan enriquecedoras a la vez, que si las viéramos bajo el mismo criterio, tendríamos que elogiar a una y despreciar otra. Pero gracias a que entendemos que uno es artista plástico y el otro poeta aprendimos el discurso de ambas propuestas, valorando de cada una su congruencia y su lenguaje. Si bien la de Picasso había que verla con los ojos, la de Paz también había que escucharla, pues la palabra suena, y eso hizo cantar la obra plástica que fungió de columna vertebral para el discurso museográfico.

Cuando leemos la biografía de la poeta Guadalupe Amor, escrita por Michael Shuessler, encontramos momentos ensayísticos, fragmentos de poemas, análisis literario, reflexión sociológica, crónica urbana-histórica. Si no vemos todo eso podríamos pensar que tal edición es una mezcla inaudita y farragosa de datos. Sin embargo, hoy las fronteras entre géneros se han machihembrado, y el reto está en saber transitar por ellas con pasaporte de ciudadano del gozo, que no es lo mismo que del placer, pues mientras éste es hedonista, el otro aspira a lo espiritual o trascendente. 

Si leemos Caballo de Troya de J.J. Benitez como quien lee la Biblia, podemos entrar en serios predicamentos morales. Pero si nos damos la oportunidad de saber que la obra de Benitez es ficción -de lo que la Biblia también tiene mucho- disfrutaremos enormemente el viaje imaginario en que el autor nos guía hacia tiempos de Jesús, el profeta.

No es igual leer una exposición como la reciente Tormenta de Mauricio Saenz en Casa Galería, que una muestra de o artesanía en Barro Negro de Oaxaca en el Museo de las Culturas Populares. La primera está catalogada como intervención de arte contemporáneo, lo que sugiere tener cierto antecedente del arte moderno y de la diatriba estética-belleza-concepto-activación de los últimos años; y la otra es un hermosísimo testimonio de la tradición, y del trabajo de una comunidad.

Tal vez sea la comodidad, el hábito de espectadores pasivos, el reflejo del aplauso o la indolencia crasa, lo que nos empuja a tener esta actitud consumista en el arte y la cultura, también. Pero el día que seamos tan exigentes con una sinfónica o un gauche, como lo somos para distinguir cereales en el súper, algo habrá cambiado.

Se nos ha enseñado que el arte es una expresión del espíritu, pero se nos olvida a ratos, que el espíritu está contenido en una carne y que esa carne confronta una serie de vicisitudes económicas, políticas, sociales, ideológicas… La gente todavía busca en el arte actual esa gratificación de los sentidos que le ofrece la pintura de hace más de cien años, la música romántica, el Lago de los cisnes o el Cascanueces. Ese es el rezago conceptual que tenemos en masa. Por eso hoy Van Gogh es uno de los autores más cotizados del mundo. No quiero decir con esto que sólo lo contemporáneo es válido, para nada. Al contrario, sostengo que es indispensable conocer la tradición para valorar lo contemporáneo, ¿y si nos ponemos un poco más al corriente con el calendario? ¿Y si tratamos de vivir, entender, descifrar, discutir en nuestro propio tiempo, el año 2015, aunque no nos guste, aunque tengamos anhelos del siglo de oro, aunque nuestro corazón esté prendado en las novelas del siglo XIX? ¿Y si aprovecháramos las expresiones artísticas como detonadores del pensamiento crítico y nos asomáramos a la realidad, a través de sus espejos? 

Esta degeneración de los géneros, entendida en el sentido de que cultura es perversión, ha generado, asimismo, un público de-generado. Es decir, inmune a los matices, a las provocaciones, a la crítica e incluso hasta al escándalo, quizá, por saturación; tal vez por hartazgo, probablemente por inopia. Entrenado frente a su televisor, que lo único que le pide es la mínima atención para reafirmar los prejuicios que vive a diario, quiere traspolar su actitud cortesana a la sala de ópera, al ballet, o a una muestra de arte contemporáneo y no accede a lo profundo de un acto poético, no se implica ni se compromete con los hallazgos de un compositor, con la tergiversación del fraseo en una danza. Sólo le parece raro y se incomoda, pero no va más allá. Aplaude por imitación y sale del espectáculo dispuesto a cenar, igual de vacío que como entró. No dialoga con su experiencia, no negocia; rechaza y critica con base en su temeraria ignorancia. Le da lo mismo si es cabaret o un cantante de covers del bar de Sanborns. Es ruidito. Música de fondo que lo entretiene. La idea de entretener me ofende. Tener entre es soportar un algo que no se puede soportar a sí mismo mientras transcurre de un lado a otro, de un tiempo a otro, de un espacio a otro, de un pensamiento a otro.. Si necesito que me entretengan o entretenerme, es que no me tengo y preferir estar a ser, porque de otro modo tendría que encargarme de mí mismo, y qué horror. Mejor le endoso mi felicidad a un marcador.

Esto mismo, por otro lado genera también un público especialista, compuesto por una gran minoría de tuertos en país de ciegos, donde sucede todo lo contrario. La mayoría de ellos son pretensos artistas, críticos, ejecutantes mediocres, resentidos del sistema, a los que ninguna propuesta llena sus expectativas, ni cumple con sus exigencias técnicas, conceptuales o de producción. Viven en un idealismo colonizado por sus aspiraciones de clase y se reúnen en guetos que compiten entre sí, en vez de retroalimentarse.


Pero no es el gozo estético de la gran masa, ni el de los intelectuales rancios lo que me preocupa, sino el enriquecimiento progresivo del individuo común, comprometido consigo mismo, que asume, negocia y vence sus taras civiles, religiosas, profesionales, y busca en la experiencia artística una palabra clave, un signo que lo represente, un canto que eleve la voz de su pueblo, su comunidad, su circunstancia, o que haga apología de abstracción y síntesis de un mundo inasible, gaseoso como lo describió Michaux o líquido, como lo ha enunciado Bauman, recientemente.

Por eso antes de ir al Acervo Banamex o al museo de la Tolerancia, preparémonos acerca del género de exposición a la que nos vamos a enfrentar. Antes de leer a Dostoievsky o a Germán Dehesa, pongámonos en los zapatos de un individuo de su época. Antes de asistir a un Concierto de André Rieu o de Polka Madre, internémonos un poco más en las raíces de la música que interpretan y gocemos, con todos los sentidos, la maravillosa experiencia del lenguaje misterioso del arte, con un bagaje esencial que nos de la seguridad de plantarnos en la butaca-escenario de nuestra vida y también gozar de la sorpresa de encontrarnos con las diferencias, las oposiciones, los retos, como quien abraza a un extraño en medio de la multitud, sabiendo que en el fondo, compartimos un mismo origen, y quizá, un mismo destino.




José Manuel Ruiz Regil
Analista Cultural