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martes, 3 de abril de 2018

El Matalote 14


Recuento rápido de S.S. (Semana Santa)


I

Empecemos desde el viernes anterior. Esa noche fue de Mixcoatlecos, reunión de escritores en Mixcoac. No estuvo Maty, ella se fue a Querétaro con sus nietas. Pero estuvo Silvia Duboboy, que volvió de Suiza donde se pasó unas semanitas de lo lindo, en compañía de su hijo, que vive allá. Nos platicó que casi se pierden de noche, en medio de la nieve, pero lograron ganarle a la oscuridad con determinación. Esto es interesante que te lo cuente una mujer de su edad, que ha hecho ejercicio toda su vida, pues es una muestra de que la disciplina reditúa, y hasta te puede salvar la vida.

   
Luego nos platicó sus aventuras en Valle de Bravo, donde vive la mayor parte del tiempo; sus experiencias con el bote (barco, cayak u lo que sea), y las razones por las cuales ella prefiere estar en la ciudad en época de vacaciones, y no por allá, pues “el lago ya se volvió muy peligroso, la gente es muy irresponsable y suceden muchos accidentes”. “Aparecen muertitos que la noche anterior se tiran al agua gritando: ¡Viva México! con la botella de cerveza en la mano”. Así es que por eso asistió a la reunión, para brindar con vino, comulgar con queso y pan y otras exquisiteces que suelen acompañar estos fines de semana.

Leímos texto cada quien (Cármina, Paco y yo). Sin embargo, nuestras creaciones parecieron no interesar más que los bocadillos y bebidas que la buena voluntad y la generosidad de todos, especialmente de los anfitriones (Paco y Arturo) dispusieron en la mesa.




II

Ya nos habían buscado Laura, Carla y Marijó para pasar una tarde de chorcha con ellas en su casa. El sábado no pudimos pues yo tenía que entregar una propuesta de trabajo que me llevó hasta la noche terminarla, pero el domingo sí. Pasaron por nosotros a la casa, como a las 5 de la tarde y nos invitaron un delicioso helado Santa Clara. Yo comí uno de menta y chocolate en barquillo de chocolate, mmm… delicioso, y Claudia uno de fresa con nuez. Le encantó. Estab muy contenta.

Nos sentamos los cinco -¿las cinco, debería decir, si yo era el único hombre?- Así entramos montados en burrito blanco a la ciudad sagrada de Jerusalén. Sin querer inauguramos la semana santa sacudiendo los ramos de la amistad y la lectura. Esa tarde Carla nos entregó un tambache de libros que eran los de Pita (mi abuela materna, que murió hace casi dos años). Ella tenía su Exlibris: “Lupita Regil”. Nuevo acervo para la biblioteca Poeta y Bruja. Aunque creo que lo más valioso de ahí son tres novelas de Isabel Allende que leeré, de pronto.





III
 
El lunes de vacaciones -para la mayoría de la gente; no para nosotros- fue día de producción. Un proyecto que traíamos desde agosto Miguel y yo con Alan, artista plástico, pero por una causa o por otra se fue postergando hasta ahora. Salimos a las 11:30 de San Ángel rumbo a las Pirámides, a la planta de Mármoles Puente. Hicimos como hora y media de camino, según previó el Waze. Al anunciarnos, nos recibió el gerente, un hombre de baja estatura, muy amable, vestido de traje azul marino, sin corbata. Bajo la luz de aquella nave industrial cubierta de domos, hacía un calor sofocante.

Peñalta, o “el maestro”, iba de un pasillo a otro, a paso firme, buscando algo que se prefiguraba en su mente, al tiempo que se dejaba impactar por las formas caprichosas de las planchas de mármol, ónix o cuarcita, que son las piedras que más le han dado para su trabajo de hacer visible lo invisible; lo que el tiempo ha encapsulado sólo para algunos que pueden ver (“el que pueda ver, que vea”).

Miguel fue acompañado por un joven asistente, Isaac, que lo seguía con el monopié detrás de Peñalta para captar el proceso de búsqueda y selección de la piedra sobre la que habrá de trabajar. Tomas de cerca, tomas de lejos, tomas de arriba y de abajo, con el “steady cam”; montados en la grúa, descargando la plancha, diagramando la plancha de cuarcita, hasta elegir la pieza del lote indicado. Volvimos a la ciudad antes de las seis de la tarde. La intención de continuar con las tomas “en estos días” quedó en eso. La semana de vacaciones para la mayoría continuó siendo una rally de trámites para nosotros (Claudia y yo).





IV

El martes fuimos al Centro Médico en la mañana a sacar una nueva cita con un nuevo cardiólogo a quien tendremos que llevarle, el próximo martes, los resultados de rayos X y de un electrocardiograma que nos ordenaron en el hospital de Venados, al detectar un probable “missmatch” entre la prótesis mecánica que me pusieron y el tamaño de mi corazón. Cosa que puede corregirse en mucho si bajo treinta kilos (pecatta minuta).

Ir al hospital me drena mucha energía. Y aunque Claudia lo aligera todo con su sonrisa y su don de gentes, pues no hay poli que no se pare a saludar, me doy cuenta de que si no fuera por ella cada beso que ella lanza yo lo convertiría en mentada.


Pasamos a ver al Director de TPQ (Terapia Post-Quirúrgica), Dr. Cruz Gaona, que a decir de ella ha sido su “Ángel de la Guarda”. Y la verdad es que sí, pues la supo escuchar en momentos de gran desesperación, cuando mis cirugías, y la apoyó en todo, sin restricciones, al grado de permitir que se retacara su oficina con las cajas de diálisis que yo necesitaba durante mi estancia en septiembre, cuando me hicieron el cambio de válvula.

Debo recordar que el Dr. Riera, Jefe de cirugía, un hombrón alto, guero, de mirada vivaz y sonrisa inteligente, me ofreció compartirme su conferencia donde hace una comparación entre la válvula mitral del corazón y la arquitectura de la Catedral de la Sagrada Familia, a través de razonamientos matemáticos.

Al salir, alrededor de la una de la tarde, no habíamos desayunado, pero podíamos adelantar la hora de comer, nos fuimos a resolverlo a las Kekas de Cumbres de Maltrata. Libres al fin de trámites, saboreamos la comida y disfrutamos el café de olla. Ya no llegamos al flan hecho con la receta de la abuela, que ahí es sublime, porque había que cuidar el nivel de fósforo en sangre.



V

El miércoles estábamos terminando una junta de trabajo en Coyoacán con un productor para cotizar un proyecto, cuando nos llamó mi cuñado Eduardo para ver si podíamos coincidir para comer juntos como a las 3:30 p.m. Nos reunimos con cierta frecuencia para ponernos al día . Él muy amablemente nos invita y nos platica sus avances con sus modelos de Meccano o ahora en la construcción de las cajas donde se llevará sus modelos a Querétaro.

Yo tenía cita para un estudio de Rayos X, y muy probablemente ya estaría libre para esa hora, así que quedamos de hablarnos cuando saliéramos del hospital. Justo cuando le llamé salía Claudia con el CD de la radiografía en la mano, y los alcanzamos a él y a mi hermana en el Vips de Eugenia, casi esquina con Eje Central. Ahí les gusta, por cercano a su casa, aunque sea muy ruidoso y el servicio sea muy malo. Pero comimos rico.


VI
 
Para el jueves ya habíamos quedado con Faby y Toño, los sobrinos del Ajusco, que vendrían por nosotros -los jueves no circula el coche- para llevarnos a conocer su casa, comer y pasar la tarde con ellos. Comimos tacos de cecina, quesadillas, arroz a la mexicana, cervezas, aguacate, refrescos. Oímos música, que de otra manera no nos hubiéramos enterado que existía. Hacia las 8 de la noche nos regresaron a la casa. Al llegar los invitamos a pasar. Seguimos platicando, el tiempo pasó y fue creciendo el apetito de la noche. Hacia las once quisimos Pizza, pero ya estaba cerrado todo. Acabamos en Superama comprando una pasta y salsa que Claudia mágicamente compuso para crear un exquisito fetuccini con el que paliamos la ansiedad del jueves santo. Esa noche ya no conectamos a diálisis. Estábamos muy cansados. Pero lo íbamos a hacer el viernes. Sólo que a pocos minutos antes de empezar la operación, entró un mensaje de mi tío Javier: “queremos invitarlos a comer al Califa”. y ¿qué son unas horas de retraso en diálisis por una reunión que teníamos tantas ganas de tener desde hace tanto tiempo con ellos, y unos buenos tacos? Nos encontramos en el Califa de la Condesa. Platicamos, reímos, nos pusimos al día con los tíos y el primo Sebastián. Volvimos a tiempo como para darnos cuenta de que, a diferencia de otros años (muchos) este sí llovió a las tres de la tarde, cuando la tradición señala que murió Jesús en la cruz. Y también cuando empezaron las campañas de los candidatos a la presidencia. Un fastidio. El resto de la tarde y la mitad del sábado me la pasé conectado a la máquina de diálisis, en recogimiento pascual; viviendo el viacrucis de la desintoxicación y el pecado de soberbia, expresado en los mensajes de Mead y Anaya, hasta que tuvimos que irnos para estar a las cuatro en el Brasileríssimo de Satélite, lugar donde fue la comida de celebración previa al bautizo de mi catecúmena sobrina (hija de Georgina y Leo). Qué comilona. Gran variedad de espadas, ensaladas, empanaditas de queso y elote con salsa chimichurri, y unas batidas de tamarindo y maracuyá que nos duraron hasta el regreso. Investigué la raíz etimológica de catecúmeno, y es “aquel a quien se le dice al oído la doctrina”. Supongo que tiene que ver también con catecismo, catacumbas; algo secreto, que se hacía en cuevas, en tiempos de los primeros cristianos.




VII
   

Sofi vestía de blanco y llevaba una corona de flores blancas ceñida a la cabeza, sobre su pelo castaño, lacio, y sus ojitos de sorpresa. Un angelito dispuesto a recibir su primer sacramento.

La ceremonia en la Parroquia de San Fernando en Valle Escondido inició a las 7 en punto. Todo a oscuras. Cada uno con su vela en la mano fuimos compartiendo el fuego nuevo a partir de la llama del Cirio mayor acompañados por el canto del pregón. Yo no recuerdo haber estado en una ceremonia igual; la del sábado de gloria. Se hicieron las lecturas correspondientes (Isaías, Éxodo, etc.), continuó la liturgia, los cantos, las alabanzas, los ritos. Se abrió la Gloria, se prendió la luz, cayeron confetis metálicos del techo, nos repartieron matraquitas y banderitas blancas, la alegría de la resurrección de Jesús se volvió canto.

Fueron cuatro los bautizados: un bebé, dos adultos y mi sobrina. El padre la nombró María Sofía Ruiz Castillo, y vertió el agua sobre su cabeza, ungió los óleos y la bendijo. Ceci, su madrina le recogió el cabello y la acompañó a la pila bautismal. Georgina y yo nos acercamos -yo en representación de mi hermano.

Creo que, aunque para la tradición católica es deseable que el bautizo se haga siendo bebés, le viene muy bien a Sofi hacerlo al casi cumplir sus nueve añitos, pues ya está mucho más consciente de su significado. Luego vendrá la confirmación, la comunión, y así...


Al terminar la ceremonia el padre nos invitó a convivir en el atrio de la iglesia con unos taquitos al pastor. Había como cinco trompos. Los feligreses, que no habían comido como nosotros en Brasileríssimo, se formaron y les sirvieron de todo. Antes de retirarnos pedimos agua de jamaica. Nada más.


Regresamos contentos, satisfechos y tranquilos. Periférico estaba muy fluido, sin tráfico, ni de ida ni de vuelta. Sólo así se puede uno concentrar en qué bache caer.



jmrr

jueves, 29 de marzo de 2018

Muerte ladrona


    
 

No puedo creer que te hayas muerto, mi Leo.
Me faltas tanto,
me ausencias,
me huecas.
Me dueles en el corazón que me arreglaron
para soportar tu ida.


Recuerdo tu cuerpo preparado para lucir bajo el cristal
de tu ataúd, el día de tu velorio.
Pero tú ¿dónde estabas?
¿Quién entró a la casa de nuestra amistad,
al palacio de nuestra hermandad y violentó
tanto nuestras risas,
los quereres que se forman con los días y las horas?
¿Por qué demonios,
con qué derecho detuvieron de golpe tus latidos,
tus angustias,
tus dolores,
si apenas acababas de entender cómo vivirlos?
-o creías haberlo hecho-.


Muerte ladrona.
Escribo con el llanto en el gañote,
con el mareo del dolor inexplicable,
sin respuestas, lleno de dudas,
los ojos anhelantes, inundados
de rabias y preguntas.


¿Dónde estás, hermano?
mi siempre joven y hermoso Leyo.


Este calor de pensarte, de llorarte,
de saberte infinito y a la vez ennadecido;
minúsculo, reducido a los recuerdos,
que se agotan;
a las fantasías del “hubiera”,
al futuro inexistente del “si acaso”.

En unos días van a bautizar a tu hija,
la más pequeña,
catecúmena de 9 añitos.
Que su nombre la guíe por la senda
del saber y la plenitud.
(Sofía)
Quiere llevar tu nombre,
ser Ruiz, como tú y como yo, como la Nena y papá,
como mis abuelos y todos los tíos que no conocimos.


Ella no lo sabe así, todavía.
Al pedir tu nombre
reclama su herencia:
la bonhomía de mi padre, amparo infinito y eterno,
la risa fácil de Chava, su noble renuncia
para contemplar en la butaca de la vida
el espectáculo de sus quereres;
el amor a la música de su tatarabuelo Panchito,
el deleite de las palabras, la declamación y
la autonomía de la tía María;
la alegría y el gusto por la música del tío Pepón,
-que también yo heredé-.


Tenías mucho de papá.
Quizás fuiste tú
quien más recibió de su esencia.
Idealista, por un lado,
práctico, sociable y chabacano, por otro.
Querías con desesperación ser un patriarca, como él,
ejemplar.
Tuviste tus tiempos.
Te gustaba la familia.
Hiciste dos.
Las amaste en su tiempo,
desde tu hermosa contradicción bienintencionada.
Destruiste lo andado una vez;
anduviste lo destruído, otra y otra.



Ya son seis meses de tu partida, y aún
sigo esperando tu llamada,
con la ilusión de saber de ti,
-aunque llames del más allá,
haciendo sonar el windchime,
o trayendo chupamirtos que nos miran
de frente.


Lhasa te ve y juega contigo
en las madrugadas.
Yo confío en su intuición y sonrío.
Le doy una cucharada de azúcar
a la melancolía.


Amado Leo,
dejas tanto:
todo lo que no caminamos,
la música que no hicimos,
las risas que no gastamos,
el tiempo que nos separa.



Será más difícil administrar tu ausencia
que distribuir en carcajadas tu memoria.


jmrr

viernes, 23 de febrero de 2018

El Matalote 5


Leo
      


I

El lunes 9 de octubre de 2017 mi hermano fue asesinado. ¿Por quién? No sabemos todavía. Se levantó un acta ante el Ministerio Público de la zona, pero no ha habido noticias; ¿Cómo? con un arma calibre veintidós cuya bala (loca) penetró en su abdomen, lacerando vasos y órganos vitales; ¿Dónde? Saliendo de una bodega en Azcapotzalco. Iba caminando. Tenía una cita en Polanco para comer con mi primo Paco. Iban a festejar el cierre de un negocio y la promesa de una posición en la empresa de los clientes gringos con quienes habían trabajado otros proyectos y les había gustado su desempeño. Ese día mi primo y él habían hablado varias veces por teléfono celular desde temprano. Paco venía de Acapulco. Llamadas de relajo y albur, como de costumbre; de cariño y festejo.

Una versión dice que un empleado de la misma bodega le había dado un aventón hasta un cruce de avenidas, y al bajarse del coche vio como a unas cuadras adelante lo abordaron dos jóvenes en moto para asaltarlo. No hay descripción de su aspecto. Uno manejaba, el otro le robó una mochila que traía cargando y le disparó. ¿Qué caso tiene dispararle a una víctima de asalto si ya obtuviste lo que querías? ¿por qué no se llevaron la cartera ni el móvil? ¿fue un blanco de oportunidad o estaba todo planeado? ¿por qué eliminarlo así? ¿se ha devaluado tanto la vida? ¿es tan fácil arrancarle el último suspiro a un desconocido, o iban tras él por mandato de alguien?

En otra versión un hombre que pasaba al verlo herido en el piso cogió su celular y al revisar la cantidad de llamadas hechas al número de Paco, hizo contacto con él para avisar. Mi primo solicitó apoyo a la Cruz Roja, según los datos que le dieron, y le habló a Georgina, esposa de Leo.

Una versión más dice que el empleado de la bodega que le había dado el aventón llamó a Georgina para reportar la situación. Ella habló a la Cruz Roja y se encontró con él ya agonizando. Alguien más dice que él, al darse cuenta de la gravedad de la herida sacó su celular y se lo entregó a una pareja que pasaba, diciéndoles el nombre de su esposa mientras caía al suelo y perdía la consciencia.


II

Yo tenía pocos días de haber salido de la segunda operación de corazón. Esa mañana estaba con Claudia en una revisión de rutina en Cardiología de Centro Médico. Mientras me atendía la enfermera ella recibió una llamada en su celular. Era Eduardo, mi cuñado. Fue la consulta más estúpida de la historia del hospital. No entraré en detalles pero les diré que algo que nos preocupaba mucho acabó solucionándose como quien se quita un pelo de la ceja con la pinza adecuada.

    
Al terminar la consulta Claudia me pidió que me quedara sentado e invitó a las enfermeras a que se quedaran un segundo porque tenía que decirme algo, y quería que me tomaran la presión después de ello, pues le preocupaba cómo iba a reaccionar mi corazón. La escuché atentamente. Ella dijo, tomándome de las manos: “Mataron a Leo en un asalto”. Después de unos segundos unas lágrimas calientes brotaron de mis ojos y poco a poco el dolor fue alojandose en mi pecho como la espuma de una ola que arriba en la caleta; cálida, suave, tierna. Bajé la cabeza. Seguí llorando. Miré a Claudia con los ojos inundados y la abracé. Ella me consoló. -Gracias, -le dije. Dejé que mi cuerpo asimilara la nueva realidad, el nuevo orden. Pensé en mi papá. Pensé en mi mamá y en mi hermana, que ya venían en camino de Querétaro, junto con Vero, mi prima, y su esposo, Luigi.

Traté de imaginar la acción. Y el resultado. Mi hermano muerto por un hijo de puta desconocido; ¡¿por qué?! Mi Leyo cariñoso, insoportable, incontrolable, lleno de amor y sueños y contradicciones y enojos y puntadas y abrazos y besos y te amos, había quedado tendido en el piso en una de las delegaciones más violentas de la ciudad, tratando de resolver, conseguir o conectar algún “bisne”. Esa mañana esta ciudad nos cobró tributo y entregamos un muerto en holocausto a la impunidad. Cada día se cometen 60 asesinatos dolosos en el país; Leo, uno más de los sesenta cadáveres que produce la falta de educación y la crisis económica, la falta de voluntad política de las autoridades para desvincularse del crimen organizado, para que los ciudadanos podamos tener confianza en que no estamos desamparados ante una ley que no se cumple. Al día siguiente mataron a un maestro de la U.N.A.M. afuera de un Oxxo, sólo porque sí. El asesinato doloso se está volviendo la “causa natural” de muerte en estos días.


III
       

Leo era mi hermano (es), mi hermano menor. Cuatro años más chico que yo. 44 tenía. Y nos queríamos -a su modo- ; nos adorábamos, tanto o más que cuando éramos pequeños y nos agarraba la risa sin motivo, o se fastidiaba porque yo oía música toda la noche; y jugábamos a las luchas isleñas y nos daba risa un pedo, un eructo, un juego de palabras o el retrato de una actitud común caricaturizada hasta la náusea. Porque nos conocimos y pasamos de la competencia a la admiración mutua, por la aceptación del mundo en el que cada quien creíamos que vivía el otro; y no tratábamos de imponernos. Simplemente confiábamos en que nuestras diferencias nos hacían especiales, nos complementaban, y nos permitían asomarnos al mundo del otro como quien mira por el ojo de una cerradura hacia un cuarto al que sabe que nunca accederá. Festejábamos nuestros triunfos, compartíamos las angustias y nos acompañábamos cuando caíamos. A veces rebotábamos, y volvíamos a reír. Reíamos por no llorar ante tanto dolor que el alcoholismo le infligía; y el encierro y los demonios y las ganas de dejarlo atrás.

     

Iba bien. Al día de su muerte llevaba varios meses sin tomar. Aunque el daño ya estaba hecho en el cerebro persiguió al amor de su vida hasta el último aliento, y amó a su hija como a una diosa, y él era un dios para ella: su papi. 


         

   Aún así se había alejado mucho, en presencia física, de la familia. Nos veíamos poco, realmente. Pero cuando lo hacíamos era una fiesta. (cumpleaños de Sofi, mi cumpleaños o el suyo). Se sentía juzgado, minimizado, poco valorado su estilo de vida, inseguro. Pero hablaba por teléfono, y luego de saludarme rápido pedía hablar con Claudia y le contaba sus cuitas y ella lo escuchaba, y lo consolaba o le daba sus soplamocos cuando lo ameritaba. Eso le gustaba a él. Necesitaba contención. Su ansiedad era tan grande y tan dispersa y tan enorme que buscaba que algo o alguien le pusiera límite; ellos se decían “hermanitos”. Era difícil, porque había que atinarle al estilo de límite que él buscaba en cada momento. Para eso Claudia es muy buena. Sé que eso hacía con algunas otras personas; siempre buscando, siempre insatisfecho.

La distancia entre las zonas donde cada uno hacíamos la vida tampoco ayudaba mucho para encontrarnos seguido, pero Georgina siempre zanjaba ese inconveniente con tal de vernos reunidos riendo a carcajadas; carcajadas de dolor de estómago y córrele al baño, de moco tendido y suspiro, por cualquier babosada. El 29 de agosto nos vimos los tres hermanos, Claudia, Georgina y Sofi por última vez en un Toks que, por cierto, ya no existe: el del Insurgentes sur, por El Gallito. Celebramos anticipadamente el cumpleaños de Martha, mi hermana (el sandwich), y auguramos éxito para mi operación a corazón abierto que sería el 1ro de septiembre, a tres días. Durante mi estancia en el hospital, así como Claudia se fletó durante un mes todos los días trece horas diarias a mi lado, Leo llamaba o mandaba mensajes todos los días, dos y hasta tres veces para saber de mí y saber de Claudia. Me hubiera gustado verlo alguna vez por ahí en el hospital, pero ya sabíamos, como él nos lo aclaró varias veces que era “muy maricón para estas cosas”. No le gustaba verme débil o enfermo; pensar en que una situación así podría desembocar en mi muerte. Prefería mantenerse al margen, informado y dispuesto a todo.

De hecho, por esos días (mediados de septiembre de 2017) Leo se unió a una brigada de rescate para ayudar a los damnificados del temblor del día 19. Ahí conoció a un grupo de chavos y chavas comprometidos con quienes se integró de maravilla, por su buen humor y liderazgo único para motivar a las personas -siendo él quien sufría una condición que podría deprimir a cualquiera- . “¡Animoooooooo!” era su grito de guerra. Fue ahí, entre los escombros, el polvo y las desveladas que encontró vocación y se sintió cobijado. Toda la angustia que lo corroía por dentro la pudo convertir en energía para salvar gente, motivar equipos, y dejar un mensaje de amor entre sus compañeros. Todos esos ideales de unión y familia, de amistad y compañerismo que tanto buscaba, los encontró con un grupo de desconocidos a los que adoptó en su corazón y ellos a él. Cristianos, no creyentes, judíos; a todos los supo ver como individuos y ellos reconocieron su luz.

     

Los vi llegar al velorio en Gayosso Santa Mónica. Chavos fresas que venían con sus cascos de trabajo y una palabra de agradecimiento y adiós al amigo que apenas conocían, pero que les había dejado mucho. Habían abierto un grupo de Whatsapp donde propagaban sus consejos y sus frases de amor y compañerismo. Su ataúd se llenó de flores blancas y encima pusieron un casco blanco con su nombre. Aquel que en su incipiente adolescencia me confesó que le gustaría hacer una frase como la de “yo sólo sé que no sé nada”, hoy es recordado por sus puntadas, sus observaciones escatológicas y sus frases moralizantes.

Durante el día y hasta las diez de la noche cuando salimos de Gayosso, vimos llegar gente de todo tipo que lo conocía y se enteró de su muerte. Nos decían cosas fabulosas de él. Todos resaltaban su bonhomía, energía y buen humor, -además de su guapura y estilo, claro.

Hacía tiempo que vivía en un hotel por el rumbo de casa de Georgina. Llevaba varios meses sin tomar alcohol, y apenas un par de semanas de haber conocido a este grupo donde dejó sus últimas energías sirviendo. Georgina me comentó la forma en que ella entendía esto: “Encontró dónde ejercer su vocación las últimas semanas; dónde hacer lo correcto, y se ganó inmediatamente el pase al cielo. Cumplió su misión”. Mi madre y mi hermana están tranquilas porque confían en que en sus últimos momentos él se entregó a Jesús y fue directo a la presencia de d-os. Nosotros lo oímos decir que él era como su abuelita Pita: Católico, Apostólico y Romano porque era lo que le habían enseñado sus padres. Estoy seguro que de haber convivido con un grupo budista habría aceptado también esa forma, y de haber tenido un amigo musulmán lo mismo. Leo lo que buscaba era la paz. Y se la ganó.

Regreso a la diversidad de personalidades que se reunió en su velorio. Estaban los chicos fresas del grupo de rescate, los gangsters, los fashionistas, los cristianos, los católicos, los agnósticos, la familia, los padres de familia de la escuela de Sofi, los del patinaje, los vecinos, los empresarios, los nuevos clientes que ya no pudieron contratarlo; los amigos de mi hermana, mis amigos, los amigos de mamá. Todos fueron a despedirlo y a celebrar la alegría que les dio conocerlo y la admiración que les suscitaba su ímpetu, reflejo de un espíritu ardiente.

No supimos entenderlo. Rebasaba los límites de nuestra ufana tolerancia. Sí, de pronto era demasiado, por eso se había alejado de nosotros.


IV

La mascota del equipo, el perro, el baterista oficial del grupo, el DJ desconsolado porque nunca encontró la perfección en el sonido que calibraba, el neurótico que convertía un auto bien lavado en una joya de aparador, el amigo que daba lo que fuera por ayudar a una causa, resolver un problema, conseguir un contacto, arreglar una falla de cualquier naturaleza material, el porrista más apasionado de su hija. El inge, el arqui, el lic, el jefe, el patrón, el dueño, que lucía impecable aún en pijama. El dandy que hermoseaba la calle de Mazaryk al pasearse frente a las tiendas de lujo, saludando conocidos. Polanco, su terreno. Su sueño logrado.

Los días posteriores a su muerte se escucharon en la casa campanitas y más de una vez nos visitó un colibrí verde; Lhasa, la perra, se asustó al verlo. Hubo signos de su presencia, corrientes de viento inexplicables. Quizás quería darnos un mensaje que no supimos descifrar.

Lo extraño, quiero hablar con él. Oír su “¿Qué onda bro?”, gritar en la bocina “¡Ánimooooooo!” cuando más nos lleva la chingada, y reir a carcajadas hasta que nos volvamos a ver.

jmrr