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martes, 24 de abril de 2018

El Matalote 17 Yo me quedo con Meade


      


Me dejo caer sobre la silla roja frente al escritorio. Estiro los brazos. Entrelazo los dedos de las manos. Giro hacia adentro las muñecas, y estiro un poco más. Suelto el aire por la boca y doy un golpe a la barra espaciadora de mi pc. Corre en youtube Scherezada de Rimsky Korsakov, dirigida por el esférico Vangelis. Y pienso: ¿porqué estamos buscando o queriendo hallar un ganador del primer debate presidencial hacia las elecciones de 2018 en México? ¿Es la neurosis de esperar que por fin algo pase; que un evento tenga consecuencias? Creo que el ejercicio media-democrático del que participamos una gran parte de los mexicanos el domingo pasado es el fenómeno en sí; la oportunidad de ver a cada uno de los candidatos desempeñarse conforme a las propuestas e ideas que han semblanteado en sus campañas.

Caer en el garlito de ¿quién ganó? es hacerle el caldo gordo a la industria de las encuestas. Quien verdaderamente debió haber ganado en el debate es la sociedad civil. Y sí sucedió. Porque, a través de sus moderadores, se les hizo preguntas que tiene la gente; porque pudimos ver sus reacciones, sus miedos, sus ambigüedades, su temple, su claridad de plataforma o no, sus puntadas y recursos retóricos; su "expertise", así como el manejo de situaciones incómodas, medias y falsas verdades que nos dicen mucho del qué y el cómo obtiene cada uno lo que busca. -Ya saben de qué hablo. No tiene caso repasarlo-; es decir, de lo que hace falta para gobernar, no para ganar una elección. No estamos hablando de Rock Stars, sino de estadistas.

Es un acuerdo generalizado que la primera hora y pico todos le echaron montón al “Peje”. ¿Cómo perderse la oportunidad de cuestionar, encarar, y pedir explicación de las barrabasadas que dice una sílaba tras otra? Como se ha comentado en diferentes post-debates, el Mesías tropical* representa el polo negativo del sistema -creyendo que con sus propuestas, aparentemente “anti-sistema”, se limpia la piel de su priísmo genético y del neoliberalismo que tanto ataca. 

Parodiando al querido Umberto Eco, “no somos integrados, sino apocalípticos en vías de desarrollo”. O lo que es lo mismo, No somos optimistas ingenuos, sino pesimistas en evolución”. Al “Peje” se le vio abatido, cansado y huidizo. Vaya, ni se despidió de sus cuates, al final.
Me sorprendió el desprecio con que en el post-debate, con Carlos Loret de Mola, Soledad Loaeza, Héctor Aguilar Camín, Roy Campos y Leo Zuckerman evitaron comentarios sobre “el bronco” como si su presencia les ofendiera. -y sí-. Es un delincuente electoral”, dijo Camín, pues para efecto de encuestas, que es lo que a ellos les interesa, no cuentan ni él ni Margarita Zavala. En su visión sólo son votos que se atomizan y se pierden, o se van al Frente. Pero para efectos de dar voz a los distintos sectores de la sociedad y que podamos oír nuestro discurso en voz de algún candidato es un buen ejercicio, desde mi punto de vista. Sin embargo, tampoco creo que este formato favorezca el verdadero debate. Estar de pie frente a un podio no es propicio para entrar en las complicidades y reveses que implica una discusión de ideas.
Mucho me reí y aplaudí la -ahora le dicen disruptiva- y escandalosa idea del candidato Javier Rodríguez de cortarle la mano al ladrón (literalmente). Un anacronismo delicioso que nos devolvería a la Edad Media -funcionó en Singapur-, pero que seguro bajaría los índices de criminalidad en esta sociedad surrealista en que vivimos. Y como dice mi suegra, “¿qué le van a querer cortar al violador?” Soluciones hay muchas, el reto es lograrlas desde el Estado de Derecho que nos conforma como una sociedad civilizada, un país con más de doscientos años de historia independiente, y una democracia incipiente. No podemos obviar la historia, ni las repercusiones de nuestras políticas públicas en en el escenario mundial. Sería una forma de institucionalizar la violencia; una tarugada que resulta peligrosa proponerla al pueblo heredero de los aztecas, pues puede ser que en verdad les entusiasme y se vuelva realidad, porque México es el país donde no pasa nada, pero donde todo puede pasar.



Cinco candidatos que, “haiga sido como haiga sido”, representan a diferentes Méxicos participaron en un debate que nos permitió verlos defendiendo, ya no sólo su ambición personal de dirigir el destino de un país tan rico como el nuestro, sino queriéndose apegar al contrato social -excepto el que miente y ofende, pero luego se disculpa-.
Lo disfruté -aunque estoy harto y cansado de las mismas cantaletas vacías-. Sin embargo, el espectáculo del domingo en la noche tuvo momentos que nutrieron la llama de la esperanza, al oír el discurso de Margarita, aunque no tenga mucha habilidad retórica, al reconocer la estrategia de Meade por no engancharse con pavadas, sino ver hacia adelante y exigir congruencia, y la reivindicación de la función pública. Cuando se hacen a un lado las descalificaciones y se deja en manos de quien debe estar la justicia, todo lo demás cobra relevancia y podemos concentrarnos en construir futuro, aprender del pasado, no repetir los mismos errores (corrupción e impunidad).
En el discurso de Margarita, Meade y Anaya yo pude ver la voluntad de hacer las cosas bien; el reflejo del hartazgo social de un “ya, por dios”, dejémonos de nimiedades infantiloides y mariconadas puritanas y tomemos a este país por los cuernos, con voluntad y carácter.

Y ya nomás para dejarles un mal sabor de boca, yo creo que quien tiene la experiencia, la preparación, el networking, y el sistema probado a su servicio -nomás que no roben- es, querámoslo o no, Meade. Me ha gustado que ante señalamientos que pretenden demeritar la imagen del partido -aunque solito se basta-, o generalizar los vicios de algunas personas, achacándoselas a la cultura del sistema, el candidato del partido en el poder hace precisiones que son muy importantes para señalar, denunciar y castigar a aquellos que dentro o fuera del sistema delinquen, pero también celebrar y reconocer que en ese y en todos los partidos existe gente honorable, ideólogos convencidos, funcionarios probos, que no se prestan a corruptelas; y si de apoyar al que más posibilidades tiene de, no sólo ganar, sino de propiciar el cambio que necesita México, yo me quedo con Meade.

No a un cambio radical en el rumbo del país. Consolidemos nuestro esfuerzo (en el caso del ciudadano raso, nuestro sacrificio a huevo). No es tiempo de más incertidumbres. Votemos con la razón.


jmrr

domingo, 8 de abril de 2018

El Matalote 15

Chairos

Surge, desde las alturas del Mirreynato (verdadero poder que marca la agenda de consumo en moda, política y cultura social, según escribe Ricardo Raphael en su libro del mismo nombre), esta expresión lapidaria y exitosísima, que ha servido para completar el trabajo de polarización de la sociedad que los ideólogos de izquierda han empezado, desde sus nichos de influencia y esfuerzos propagandísticos, donde se critica al sistema neoliberal con contrapropuestas inviables, que obvian el Estado de Derecho y el rumbo de un país interdependiente del resto del mundo. No digo con esto que la versión tropicalizada del neoliberalismo del PRI no haya transgredido principios constitucionales, pero eso habrá que revisarlo y ponerlo en orden para seguir con las reformas urgentes, cuyo retraso en su aplicación nos está ahorcando a los ciudadanos de a pie.


Poco antes de que iniciaran las, cínicamente llamadas, pre-campañas de los candidatos a la elección presidencial del 2018, se empezó a escuchar este término entre los grupos de derecha, doblemoralistas y simuladores, para referirse a los seguidores de izquierda, como una forma muy efectiva de menospreciar o invalidar las razones por las cuales apoyan a sus candidatos. (Lo que Octavio Paz llamó el deporte nacional: el ninguneo. Lo traemos en la sangre)


El término “Chairo” es una bomba nuclear en el complejo imaginario del mexicano, pues despierta los miedos ancestrales, las pugnas intestinas entre castas, clases y grupos que hasta la fecha siguen rigiendo la movilidad social y determinando las oportunidades de desarrollo de los individuos (meritocracia), pues ya no sólo hay que compensar el hecho de ser indígena, pobre, moreno e inculto, el tiro de gracia es este epítome que invalida cualquier esfuerzo por salir de la condición en que se ha nacido.


Es la declaración de exterminio de la clase hegemónica hacia el resto de la población, hacia todo lo que no es como ella; la anulación del otro. Y es lo más antidemocrático que se puede practicar; un estigma social que hace del naco que se quiere superar un naco “reloaded”, empoderado, que es imposible permitir. Eso sí le da pavor al sistema. Más que el comunismo. Y está dispuesto a combatirlo con todo. Por eso la difusión de este insulto es la mejor estrategia para combatir al pueblo emancipado que, por primera vez parece que ahora sí se le subió a las barbas al poder.


Tuvo tal relevancia el término en redes sociales que llamó la atención de El Colegio de México, que lo estudió y luego emitió su propia definición, que a la letra dice: “Sustantivo y Adjetivo (ofensivo) Persona que defiende causas sociales y políticas, en contra de las ideologías de derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes”. Diccionario del Español de México, ColMex.


Nótese desde dónde está redactada esta definición. No es lo mismo decir “persona que defiende causas sociales y políticas, en contra de las ideologías de derecha”, a decir “persona que defiende causas sociales y políticas a favor de las ideologías de izquierda”. Hay una amenaza implícita hacia la derecha.


El término Chairo es una bala de fuego enviada desde el poder, entiéndase, la clase culturalmente dominante, para desempoderar un movimiento social que se les está saliendo de control, y apelan a lo más íntimo, a la inseguridad más básica del pueblo: sus orígenes, su pasado oscuro, su humillación ancestral. Una guerra psicológica de profundidades insondables.



Ahora quiero elaborar un poco sobre la última frase de la definición: “persona que se autosatisface con sus actitudes”. Es necesario que sepamos todos que Chairo, deviene de chaqueta, que en el habla popular machista significa masturbación. Es como cuando una señora bien dice que algo “está cañón”, obviando la palabra “cabrón”, por un modismo que resulta “cool”, y es socialmente aceptada como correcta y no vulgar, lo cual sería impensable en una dama de su condición. O sea, que si saben esto, se hacen pendejos todos los que dicen una cosa por otra para no caer en léxico de la broza.


Chairo es el que se masturba física o mentalmente con sus propias ideas; real o metafóricamente con su propia condición, y no se expone a las diferentes formas de pensar o con la evidente realidad; no se relaciona con otros porque no le importan o porque son inalcanzables. Es el chaqueto, el puberto que se satisface solo. Con eso no se hace política, sino cuando mucho, sólo se ejerce el auto-erotismo o la ética de salón. Nunca la mayoría de edad. Menos la política o la social.


Nunca una ideología consistente basada en teoría del Estado o en filosofía social que sirva de apoyo -antes bien los debilita- a los grupos de vocación social o causas populares, en su mayoría derivados del mal leído y peor entendido Marxismo-Leninismo, y su triste intento de implementación práctica, cuyo evidente fracaso se firmó en 1989, con la caída del muro de Berlín; sazonados, éstos, con un mucho de chabacanería nacional, resentimientos sociales, malos hábitos tercermundistas (como las canonjías otorgadas por los líderes charros y los sindicatos que imponen por la fuerza su cultura del nepotismo), lo cual hace un ceviche de demandas sociales desmedidas, venganza, odio al que no sufre las mismas condiciones, y falta de objetividad ante el avance estructural del país y su participación en el entorno internacional.


El chairo, entonces, es el término con el que se quiere despreciar al opositor del stablishment, justificando que sus argumentos son “chaquetos”, baratos, inmaduros, populistas, ingenuos, de corto alcance, poco académicos; o sea, no son de “gente bien”, instruida, creíble, respetable, estudiada, confiable.


Y es que se tiende a pensar que los seguidores de las izquierdas son nacos que no están preparados porque siguen pensando en la implementación de un socialismo real en el que, idealmente, la riqueza se repartirá mejor, y buscan un cambio radical, cueste lo que cueste. Y no lo dimensionan porque no tienen nada que perder. Esa es la percepión de las élites sobre el resto de la población.


Lo cierto es que, a la fecha, no hay ningún movimiento que sostenga este ideal que no esté fundado en la utopía, las fantasías megalómanas de su líder y la revancha social de sus integrantes; es decir, MORENA y su encantador de ratones, Andrés Manuel López Obrador, el rey de los “chairos”.




Lo siento. Sobran ejemplos de declaraciones, mala interpretación de la ley, desconocimiento de las teorías políticas, semejanzas chavistas, pretextos, amenazas, opacidad y el riesgo latente de un presidencialismo tiránico que no respete a las instituciones democráticas una vez que se haga con el poder.



Urge un cambio, sí. ¿pero es el momento de tirar el trabajo de cincuenta años por la borda por una moneda al aire que tiene dos caras; o rescatar lo bueno y gobernar con ética y honestidad, respetando el Estado de Derecho que nos rige y nos protege desde la Carta Magna?





José Manuel Ruiz Regil



Poeta, publicista y analista cultural